sábado, 25 de agosto de 2012

"Está sentada ahí, hablando sin parar", de Berna L. Vaianella


Está sentada ahí, hablando sin parar.
Ella ahí, diciendo en nombre nuestro, en nombre mío.
Qué bien dicha me siento cuando habla.
Hay que decirlo a las demás naciones. Porque es importante, hay que decirlo con las palabras y con el cuerpo, por eso de vez en cuando se para y alza la voz. Estando sentada no se pueden decir ciertas cosas.
Y ella tiene que decirlo todo.
Tiene el cuerpo amaestrado por sus palabras.
Es para que se sienten por lo menos a dialogar, qué menos. Cómo van a negarse, en este tiempo, en esta coyuntura. No les pide que nos reconozcan que son nuestras pero sí, se los exige también con el cuerpo, con la voz, con sus ojos bisturí.
Sus palabras, hojas de doble filo que te cortan y atraviesan.
Diplomática de guante blanco pero habla como si picara carne con las manos. Eso de la carne no es PRO, es sucio, crispado, engrasado como un choripán. Ella tiene algo que me gusta tanto, una habilidad exquisita para comer choripán con cubiertos.

Estás ahí sentada hablando, sin detenerte, sin perder el hilo. Ariadna contra todos los minotauros. Dando razones, lista de motivos rotundos.
Que sí nena, que si las tuviera yo te las devolvería todas. Que cómo me gustaría ser palabra para que me tuvieras en tu boca, y me usaras, y me esgrimieras a tu favor. Ser las malvinas para que me hagas una causa tuya causa de la patria nuestra ser las malvinas para darte todos mis recursos naturales ser infiltrada entre los kelpers para hablarles de vos si te besara por cada palabra que usás como me gusta no te quedaría tiempo ni aire para seguir hablando.

Seré la primera dama. No. No, vos serás siempre la primera dama, yo la segunda. No discutiremos nunca sobre el aborto, es un problema que no tendremos.
Voy a cuidarte cada paso. Apartaré a tus edecanas y voy a agarrarte la cintura después de cada discurso, te voy a abrazar y te voy a besar para quedarme con el sabor de las frases que dijiste, me voy a quedar siempre con el resto, con el gusto que te quede en la boca después de hablar.
Ahora mismo, mis manos en tus caderas y no hago otra cosa que sostenerte cada palabra con el oído y con la mirada. Nunca menos.

Repentinamente, en un gesto de altruismo inútil, renuncio a tu cadencia, a vos, para que, en lugar de ser mía, mía amor mía todo el tiempo, mía cada palabra tuya, renuncio a tu furia acomodada a las circunstancias, a tus diatribas, a escucharte declamar a solas mientras te bañás, renuncio a vos en exclusiva, para que seas la presidenta de todos y todas, la presidenta de 40.000.000 de argentinos.

¿Que cómo he aprendido a hablar? Me preguntará un biógrafo tuyo perspicaz. Así, ahí, esa vez, a solas con vos en el Tango 01, eso voy a contestarle. Esa vez, después de tu discurso frente al Comité de Descolonización de la ONU.
El clima decretó una demora en la partida. Para eso, para esa escena con vos en el avión y no para otra cosa, hice alguna vez el curso de azafata. Te hice el más minucioso de los chequeos previos al despegue. Te hice la vista flaca. Estabas plenamente en regla. Sin embargo, aquello fue una emergencia de toda índole sin alternativas ni escalas. Puse en práctica los procedimientos regulares y los extraordinarios para resistir en el agua, en el aire, en el fuego. Era tanta turbulenta vida. Estábamos tan cerca que mirarnos era un exceso. Y nos propasamos por todas partes. Desabrochamos todos los cinturones. Ninguna bandera flamea atada. Nosotras, altas en el cielo, inflacionarias, hiperproductivas, recuperamos las Malvinas, terminamos con el hambre en la Argentina y como teníamos más y más energía nos entrecruzamos la cordillera e hicimos la Patria Grande.
Sin leer una línea. Sin perdernos de vista. Sin reparos ni miramientos con la confianza que sólo se puede tener en los muertos.  Tu movimiento Evita y yo la Simón. Militantes cuerpo a cuerpo. Inmensas frente a la victoria.
Ahí, yo tenía 27 años y así aprendí las palabras.

Berna L. Vaianella