Cuando
los ríos corran hacia el oeste
Garuaba. El agua golpeaba Buenos Aires en transparente e imperceptibles
ráfagas que mojaban a todos los que bípedamente,
como yo, transitaban por las angostas calles de Retiro. En este punto, hacer la
aclaración que garuaba de igual forma para los que por razón desconocida se veían
obligados a la silla de ruedas y escapaban, sin tracción, de la posibilidad de
un resfrío, sumar a la excepción a tullidos símiles a flamencos que gracias a
las muletas y en un juego de péndulo con su única pierna se movían agiles entre
la multitud sin problema alguno y por último para no hablar únicamente de los
que le falta, también nombrar a aquellos morochos tres piernas que les sobraba
suficiente carne como para acceder a una tercera extremidad.
Estos se desperdigaban por las aceras de todo Buenos Aires vendiendo
relojes y joyería de plástico haciendo del tránsito peatonal, cuando estaba en
su punto máximo, un embudo. El tumulto era fértil para que proliferaran los
codazos, los empujones y los manoseos de vagainas, tetas y culos, tanto
masculinos como femeninos. Nunca supe de magreo a algún pene y si existió, es
obvio que no hubo queja ni impedimento alguno para que se llevara a cabo. Me
abría paso por entre medio del gentío, con mi gigante mochila al hombro y otra
más pequeña en el pecho. Esta iba cargada de libros, lo que la hacía más
pesada, con ello el peso que se distribuía de forma impar, me tiraba hacia
delante. Parecía una gallina queriendo picotear el suelo. Por esta mala postura,
de forma involuntaria, aceleraba el tranco y con el culo parado corría el
riesgo de que algún negrito picaron y falto de amor, aprovechase la oportunidad
servida y se ensañase con mi huesudo culo y me clavase unas estocadas de carne
que las sentiría, más menos en los riñones. En mi itinerario de partida no
estaba contemplado morir atravesado cual anticucho. Así que, a apretar los
cachetes y hacer el esfuerzo de espalda para erguirse lo que más se pueda y
mantener la virginidad de culo.
Llegaba al terminal de Retiro cuarenta minutos antes de la salida del bus.
Quería asegurar en ventanilla que todo estaba en orden. – No quiero ni una
sorpresa mas- me decía mientras buscaba la empresa que me llevaría a Chile.
Hace ya dos semanas que debería estar en mi casa. Hace dos semanas debería
haberme embarcado en un vuelo Pluna que partía desde el Aeroparque, Buenos
Aires, escala Carrasco, Montevideo, destino Aeropuerto Arturo Merino Benítez,
Santiago, Chile. Unos diez días antes de mi vuelo, hubo un paro de los
trabajadores del Aeropuerto Ezeiza y los del Aeroparque, a este se plegaba el
sindicato de trabajadores de Pluna en protesta por las condiciones de trabajo. Había
comprado un pasaje ida y vuelta y en la ida había visto que en esta empresa
estaba todo como el orto. Nos cobraron el peso del equipaje por kilo sin previo
aviso, a lo que todos saltaron como si tuvieran ají en el culo, incluyéndome,
pero al ver la cara de pesar de la mina que cobraba, que era también nuestra
azafata, pague con mi mejor cara, resignado a salirme del presupuesto que ya
iba restringido. Soy un Blando, lo sé. Por ello mi reacción fue de empatía con
los trabajadores – Esta bien, tienen que hacer valer sus derechos, cerdos
capitalistas, y bla, bla, bla-. Pero para estar seguro llame a la Aerolínea, a
ver qué pasaba. Después de esperar unos minutos con música ambiente en la oreja,
me contesta una monótona y cansada voz diciendo que la empresa hoy (viernes) no
había emitido comunicado alguno y que para mayor información volviera a llamar
el lunes, pero que hasta ahora no había habido suspensión de vuelos. Pase el
fin de semana tranquilo, confiado en el poder de negociación del sindicato de
trabajadores de Pluna y que todo llegaría a buen puerto para ellos, y por
consiguiente, para mí. El lunes llego con titulares en primera plana del
comunicado por parte de Pluna del cese de vuelos por la pésima situación
económica de la empresa y la petición a los usuarios de ponerse en contacto con
la aerolínea para buscar una alternativa a sus vuelos. –¡ A la mierda la
empatía, me ponen en un avión a Chile, me devuelven la plata o les rompo todo!-
y después de varias horas al teléfono, un
nuevo comunicado anunciando la quiebra de la empresa, dos viajes en vano al
aeroparque, demandas colectivas, visitas a la embajada, insomnios y diarreas,
otra vez la resignación. –Me cagaron estos hijos de puta- y no hay más.
Camine Retiro de un extremo a otro para llegar a los últimos andenes en
donde, con previa confirmación en
ventanilla, me esperaba un solitario asiento en el primer piso del bus que me
devolvería a Chile.
-Miiii Bueenos Aires queriiido-, cantaba Gardel mientras le pagaba dos
pesos a loco de las maletas para que no golpeara mi mochila. Mi Buenos aires querido,
pensaba yo en mi asiento al mismo tiempo que por la radio transmitían tremendo
gol de las Leonas a las neo zelandesas en Inglaterra poniéndolas en el camino a una injusta
medalla de plata. El viaje empezaba y los alrededores de Retiro me despedían
con herrumbrosos dedos de construcciones que nunca tocaban su techo. Esos
fierros expuestos a la salinidad de Buenos Aires me daban el gesto del adiós,
cuando me abatió el sueño en una última ojeada al Luna Park. Cuando me desperté
la noche me envolvía como una mortaja, la garua se había vuelto pesada lluvia y
el bus emprendía un viaje ascendente a través de la pampa y la noche.
Me dormí y Baires desapareció. Pero no de un plumazo y tampoco en esa
noche. Se me escurrió de las manos desde antes del fallido vuelo en Pluna.
La derrota ha sido una agridulce compañera a lo largo de mi vida. Me vi
derrotado en mi primera deserción del colegio, a los 15 años cuando escapé de mis
compañeros de curso. Un grupo de cuicos histéricos que tenían como único
objetivo de existencia un free pass para las discos de moda de Temuco. Todo en ellos era moda, su peinados, sus
jeans, su forma de hablar incluso la de putear, las minas eran pelolais, los
hombres no tenían un nombre que los distinguiera, pero fácilmente uno los podía
reconocer por su concertada superficialidad. Eran un gran vacío moviéndose al
unisonó, al ritmo de daddy yanke, en un perreo violento, en un ponceo, en sus
tomateras con Jhonny Walker que solo terminaban cuando sus bilis se
desparramaban en la gravilla del
estacionamiento de la disco.
Escape hasta mi Chillán natal, donde mi abuela Maestra de reiki usui shiki
rhyo, me mantuvo a punta de mantras, Coelho y Brian Weiss. Otra derrota más,
una traición a mi mismo por creer en estas putas de la espiritualidad. Yo, me
envuelvo en una sabana, vendo mejor la pesca y cobro más barato. Cuando logre
sacudirme de encima el olor a pachuli, empecé a estudiar como alumno libre. Las
pruebas tenían dificultad suficiente como para complicar a un niño de 5 años,
pero así y todo termine con un promedio 4.0. –¿¡Que mierda paso?!- gritaba mientras pateaba las piedras de
camino a la casa de mi abuela. Paso que la subvención por alumno en el sistema
Chile califica, que es lisa y llanamente un dos por uno, es mucho mejor que las
7 lucas que les pagan a los profesores por la corrección de las pruebas en el
sistema de alumno libre, y por ellos había una orden desde el mismo liceo donde
rendí las pruebas para calificar mal a los alumnos libres y así el otro año
tener más matriculas de Chile califica en el mismo Liceo. Así me lo explicaba
mi abuelo, que ante la interrogante fue a preguntar al director del liceo que
resulto ser un antiguo miembro del mismo coro de adultos mayores en el que por
años había estado mi abuelo. Dada la confianza entre los dos le confidencio
todo el sistema para cagarse a los que entraban como alumnos libres, en este
caso, su nieto.
Volví doblemente derrotado a mi casa, ahora en Pucón, porque me cagaron
con los exámenes libres y porque volvería al sistema regular de educación.
Cuento corto, dure 3 meses en un colegio en donde la profesora de historia,
descontando el hecho de que no tenía idea de lo que hablaba, se apoyaba en mi
hasta para que le tomara las pruebas a mis compañeros y por una supuesta aura de genio y de alumno
modelo me eximían de los trabajos de arte y los de lenguaje. Tire a la mierda
cuadernos y uniforme y volvi con mi abuela, aunque esta vez sin mantras, ni
Coelho y sin ni una wea mística. Irónicamente termine mi cuarto medio en un dos
por uno, ósea por el sistema Chile califica, sin licenciatura, ni ceremonia, ni
poleron de curso. Pero si con una buena borrachera con mis compañeros al
terminar los exámenes finales. Estos como yo, habían desertado de
innumerables liceos, había los que
siendo expulsados por segunda vez cayeron en el dos por uno, estaban los que
nunca se preocuparon de estudiar y repitieron tantas veces que necesitaban este
recurso para no salir cuando de viejo ya no se le parase. Éramos lo que boto la
ola, el último manchón de mierda en la suela, irremediablemente flojos, un
lastre para la sociedad y la verdad es que ¡nos importaba una mierda! El vino
nos lleno hasta convencernos de nuestra derrotaba y feliz existencia.
Reímos con ganas de romper nuestras
comisuras en una carcajada brutal, gritábamos en un frenesí hastiado de las
miradas hipócritas de nuestros vecinos que
aunque igualmente borrachos nos miraban por sobre el hombro. Caminamos de vuelta a nuestras casas
abrazados para no caernos en el abismo que había en la cotidianidad, nos
fundimos como uno, en esos pasos que sabíamos que no se repetirían, por un
somnoliento Chillan al alba. Y para llorar también todas las trágicas historias
de amor con las que habíamos cerrado nuestra conversación en el bar, antes que
nos echaran por estar cerrando, cantamos ese himno de los Picantes que dice:
¡Y desde aquí te digo, Maraca Conchetumare, metete por la raja tu falso
amooooor!
Nos despedimos para no volver a encontrarnos. Desesperanzados nos vimos
mirando hacia el mañana y como no había un camino posible para nosotros, no
había la posibilidad de errar el rumbo. Caminábamos, sin fuerzas de rodillas,
casi arrastrándonos, pero sin la inercia del deber, sacrificamos nuestras
ganas, por algo de libertad y nadie le importaba.
Entonces cuando mi hermana por skype me decía no había más plata para
sostenerme en Buenos Aires y que la verdad es que lo único que estaba haciendo
allá era un taller literario y que con suerte en la situación actual llegaban a
fin de mes, estaba en completa calma, nada de lo que me decía me sorprendía,
-mierda, hace mucho me acostumbre a la decepción- . Volver a Chile es mi última
derrota, digo última en un sentido cronológico, mi suerte después de esto va
seguir su derrotero.
Me despierto y estamos llegando al paso los libertadores. En una
inhalación siento la mezcla de olores a pata, culo, pico, zorra, sobaco y peo,
aunque estos últimos me los pude haber tirado yo, y pensándolo detenidamente,
el hediondo de mierda puedo ser yo, así que me guardo todo gesto de
desagrado.
Con la papeleta de inmigraciones en mano nos bajamos del bus hacia la
aduana. Nieva intermitentemente, da la impresión que una delicada ave de hielo
estuviese botando sus más finas plumas sobre nosotros. Hace un frío de cagarse,
me meto la mano a los bolsillos del pantalón y me tanteo las bolas para jugar
en la fila de la aduana ping-pong de bolsillo y resulta que con el frío las muy
hijas de puta se me subieron –Chucha la wea, ahora tengo ovarios-
Después de haber pasado por la revisión del Sac, vuelven a subir todo el
equipaje de vuelta. Cuando el bus retoma la marcha veo como la cuesta se vuelve
casi vertical y el camino es un interminable zig-zag este se transforma en una
ploma e inerte serpiente.
Esta cuesta ya es Chile. Miro el abismo y anticipo la caída, este es mi
hogar.
Rodrigo Alarcón San Martín