viernes, 11 de octubre de 2013

Hoy voy a decir la palabra

Hoy voy a decir la palabra Cáncer.,
Cáncer, Cáncer, Cáncer,
Cáncer, Cáncer, Cáncer,
Cáncer, Cáncer, Cáncer.
Hoy voy a decir la palabra Cáncer,
Por mi Mamá, que cuando lea esto
me va a decir “No digas la palabra Cáncer”
Y por mi Papá que nunca lloró
pero lloró cuando escuchó la palabra Cáncer.
Hoy voy a decir la palabra Cáncer,
porque todos deberían escuchar la palabra Cáncer
tanto los que están enfermos como los que no,
tanto los que lo sufrieron como los que no.
Porque nunca nadie va a poder acercarse
a sentir o a conocer realmente
todo lo que esconde la palabra Cáncer.
Y porque nadie merece que callen su verdad.
Hoy voy a decir la palabra Cáncer,
y voy a exclamarla y gritarla,
mientras tenga las fuerzas
por todos aquellos que no deben quedar en el olvido,
y para intentar, aunque más no sea,
atenuar el dolor
de ese cáncer
que es el miedo


y el desamparo.

Grillito Espacial

Mara está sentada en la estación de subte.

Es flaca, está vestida con colores oscuros y sus rulos ocupan más espacio que la cabeza. Escucha música a través de los auriculares.
En la estación solamente hay un par de personas.
Mara mira a las pocas personas que hay a su alrededor y se pregunta ¿De dónde vienen? ¿Quiénes son? Mara piensa que le gustaría conocer gente nueva, pero entonces recuerda que ya tiene todo lo que necesita. Que nada ni nadie le hacen falta.
Aunque tal vez sea que nada ni nadie le son suficiente.
Mara lleva un tiempo preguntándose a quién está buscando. Siempre supo que buscaba a alguien.
De chiquita dibujaba las caras de las personas todas iguales. Con el tiempo fue dándose cuenta de que realmente no veía la diferencia en los rostros.
No había caras ni amigas ni enemigas. Ni bonitas ni desagradables.
Mara no se sentía capaz de juzgar a un libro por su portada.
Y por eso estaba a oscura, y no veía a nadie.
Mara sube el volumen de la música y decide no pensar en ello. Todavía tiene unos minutos a solas y no quiere malgastarlos pensando en cosas negativas.
El subte llega y sube. Mara vuelve a subir el volumen de la música.
Casi pierde el equilibrio cuando el tren arranca y casi se cae sobre un señor de traje que le dice que tenga más cuidado.
En el vagón hay más gente que en la estación, y Mara tiene que empujar a un par de personas para hacerse un lugar en el cual mantener el equilibrio con facilidad.
Vuelve a subir el volumen de la música y entonces siente que ya no está en el subte y que son sus pies los que flotan sobre los rieles y casi puede ver cómo la gente se distancia de su alrededor, casi puede sentir la fuerza magnética que generan las ondas sónicas que la protegen igual que un casco.
Y entonces el subte se detiene. De golpe. Mara cae sobre una señora y choca la cabeza contra un asiento. Se le rompe el casco. Se han apagado las luces y no se puede ver nada.
La gente murmura nerviosa.
Mara no entiende nada. Escucha los gritos histéricos de alguien que asegura tener claustrofobia.
Unos nenes rompen a llorar. Están muy cerca de ella.
Mara tiene miedo. Mucho, y no tiene dónde buscar consuelo. Manotea en la oscuridad y encuentra las manitos de los nenes que lloran. Y se da cuenta de que ellos estan todavía más asustados y la invade una ola de valentía.
Mara les pregunta dónde está su mamá y los nenes le dicen que no saben. Que la perdieron y que no pueden ver nada.
Y Mara les aprieta las manos más fuerte.
No puede ver ningún rostro, como cuando era chica. Pero ya no es necesario.

En el medio de la oscuridad el miedo y lo desconocido solo basta saber que está el otro. Y no importa nada más.
Grillito Espacial