viernes, 18 de octubre de 2013

Esa noche Ana no pudo dormir. Luis roncaba a su lado hacía rato, los niños dormían sin el menor ruido. A las 5 no pudo más y se levantó. Primero fue al baño. Se miró en el espejo y se encontró vieja, agotada, ojerosa. Pensó que nunca tenía tiempo para detenerse a mirar su rostro en el espejo.
Fue  hacia la cocina y se sentó frente a la mesa. Comenzó a pintarse las uñas, pero las manos le temblaban sobre el individual celeste. Debería haberlo entendido todo, pero no podía predecir el futuro. Nunca fue muy rápida en darse cuenta de las cosas, toda su vida transcurrió en una rutina predecible y certera haciendo todo tal y cómo debía, una buena esposa, una buena madre, una excelente ama de casa.
Sus manos temblaban mientras el rojo esmalte se posaba en sus uñas y manchaba levemente los costados de sus dedos. Se aferraba a ese ínfimo momento como si fuese lo único que podía salvarla: un momento para ella, se decía casi como un mantra, llenándose de odio y sepultando la culpa.
Los niños aún dormían. También Luis. El despertador sonaría en cualquier momento. Con todos los dedos pintados agitó sus manos en el aire mientras tarareaba muy bajito una canción antigua. No pudo con su ansiedad y puso a hervir agua para el desayuno. Vió unas migas en el suelo, y corrió a buscar el trapo. Se corrió aún más la pintura de sus uñas, que aún no había secado del todo después de la tercera mano. Limpió las migas y en ese preciso instante el despertador sonó. Luis tardó un poco en despabilarse, pero se sorprendió de no ver a su mujer a su lado.
La llamó y le preguntó por la camisa blanca. Ana no respondió. Los niños aún dormían. Eran las 6.30 de la mañana y ella no había preparado el desayuno, no había planchado la camisa de Luis, los niños llegarían tarde al colegio, Luis se enojaría con ella, le gritaría, el agua de la pava chillaba detrás de ella, sentada frente a la mesa de la cocina, con sus manos manchadas temblando sobre el individual celeste.   

Verónica