sábado, 26 de octubre de 2013

Estamos varados

Nada se pierde con vivir, ensaya:
Aquí tienes un cuerpo a tu medida
Lo hemos hecho en la sombra
Por amor a las artes de la carne
Pero también en serio, pensando en tu visita
Para ti o para nadie.
Monólogo del padre con su hijo de meses /  Enrique Lhin.

Era nuestro primer día de trabajo en la faena. Teníamos que cercar una hectárea completa. Dos de los lados de la parcela estaban despejados, el tercero era una boscosa ribera de río y el cuarto, gentileza del patrón, no lo teníamos que cercar.

Tú cortaste con la orilladora la maleza de los dos lados despejados mientras yo, a fuerza de machete me abría camino por entremedio del bosque creando una recta por donde pasaría el cerco. El bosque se defendía enredándome los pies con sus raíces, cerrándome el paso con enredaderas y troncos caídos que ya eran parte del suelo, golpeándome con sus extensiones que caían muertas por el filo del machete, haciéndome retroceder y tomar distancia para poder dar un golpe metálico a sus duras carnes, desmembrándolo, cercenándolo, dejando abiertas heridas para que drene toda la savia de los árboles y que queden sus cadáveres yertos en el sendero genocida que dejó mi mano. Yo no quería esto, me parece ridículo cercar una porción de terreno en medio de la nada, en la que sus únicos visitantes, encima ocasionales, eran los jabalíes.

Para cuando cada uno acabó su tarea, el día había avejentado. Después de guardar todas las herramientas comenzamos a caminar de regreso hacia Pucón. Eran unos dos kilómetros hasta la carretera y desde ahí podríamos tomar el bus que en menos de media hora nos dejaría a un par de cuadras de nuestra casa. Trabajamos en silencio todo el día, sólo se oía el flujo del río lamiendo las rocas y las hojas, empujadas por el viento estrellándose en contra de sus hermanas.

Hace mucho que no hablamos, quisiera, aprovechando el camino que nos queda y si no te inoportuno, recordar.

Estábamos en La Serena pero pronto nos mudaríamos de ciudad, hacia el sur. En ese entonces no sabía lo que era extrañar, no había perdido nada aún, excepto un Gohan de plástico que buscaba incansablemente por todos los rincones del patio en donde fantaseaba que luchaba solo contra el mundo y aún así ganaba. Tiempo después supe que el pastor alemán del vecino se lo había comido, no tengo idea de cómo llegó ahí, en ese entonces mis días pasaron imaginándome el sur y ya no importaba ninguno de mis juguetes.

Sabía que toda la familia, incluyéndome, había nacido en el sur, y que llovía mucho y había muchos bosques y Mapuches que eran indígenas del sur, distintos a los Diaguitas que estaba acostumbrado a ver. Estos eran belicosos y no se rindieron nunca ante los españoles, por ello la Araucanía a la que íbamos era indomable.

Me lo contaste tú. Me lo contaste todo mientras íbamos a la quebrada de Talca. Esa quebrada perdida en el valle del Elqui  era nuestra mina de cuarzos. Había una extraña fijación en la familia por los cuarzos, especialmente la abuela que los creía una especie de limpiador energético de espacios, por ello íbamos seguido a esta quebrada y llenábamos la maleta del auto con todos los cuarzos que podíamos.

Ese día, uno de los últimos en La Serena, pasamos de todos los cuarzos, veníamos a simplemente estar. Esa tarde debíamos de quedarnos en casa porque venderíamos el juego de muebles del living. Teníamos que estar ahí para sacarles algo de plata porque no nos los podíamos llevar, aunque preciosos eran muy grandes y el flete, muy caro.

A pesar de ello decidiste llevarme a escalar el cerro más alto de la quebrada, subimos juntos, solo por subir. Me estabas regalando ese atardecer. Nos abrazamos en la cima, empapados los dos en sudor y así compartimos mi primer crepúsculo que se convertiría en nostalgia. Como tú recordabas y anhelabas el olor a tierra, la lluvia y el verde del sur, yo recuerdo y anhelo esa quebrada olvidada tan fértil de cuarzos.

Seguimos caminando y entre nosotros quedó ese tenso vacío que dejan las palabras que pueden horadarnos. Esperamos impacientes que la carretera apareciese y nos sacase de ese limbo.
Quedaba bastante camino, entonces seguí… Te acuerdas de esa vez, también en La Serena, en que volviendo de la casa de la señora Anita, nuestra nana, de un empujón sacaste a mi hermana del auto y la dejaste ahí, en medio de la noche en un lugar desconocido para cualquiera de nosotros, mientras yo te pedía a gritos y llorando que no la abandonases, que era mi hermana, obvié no sé por qué el hecho de que tú eras el padre. Te volviste de cuerpo completo, agarrando el volante con una sola mano para gritarme “¡Cállate, mierda!” y dando una vuelta en u, abriste la puerta del copiloto con la misma fuerza con la que la habías abierto para dejar a mi hermana tirada, y le hiciste una seña para que cruzase y se metiese al auto.

 ¿Por qué viejo?, no me puedo acordar por qué dejaste a mi hermana huérfana por un minuto…

Fue lo mismo cuando ya en Temuco, mi hermana en plena adolescencia, estaba hecha una histérica.  Por una pelea estúpida, en un arranque de furia, pateó la pared de la caja de la escala. Estaba hecha de internit, ¡De internit! Cualquiera que pasara se podía apoyar, y la pared se rompía. No fue para tanto, si mal no recuerdo, tú mismo la arreglaste en menos de dos días. No había por qué gritarle que saliera de su pieza a toda voz, no tenías por qué ante la negativa de salir, patear la puerta hasta sacar de su marco y hacerle un hoyo en medio, patearla hacia adentro y que volase con mi hermana incluida, no tendrías que haberla agarrado del pelo, arrastrarla por la pieza y ante la resistencia golpearla en la cara con el puño cerrado hasta dejarla sangrando de las narices, tenía solo 14 años, dos años más que yo y cómo me pesaban. Dos años más y podría haberla defendido, si fuese más grande o hiciese más deporte tal vez tendría las pelotas de ponerme en medio para recibir yo el golpe, si no hubiese dejado de jugar al fútbol por leer, si nunca hubiésemos salido de La Serena esto no hubiese pasado. Pero estábamos ahí, mi hermana pidiéndome a gritos que llamase a los pacos, mientras que tú le respondías “¡Los pacos, ¿Qué?, mocosa de mierda!, ¡Los pacos ¿Qué?!” al mismo tiempo que la volvías a agarrar del pelo levantándola del suelo ya tibio por las lágrimas y sangre depositada en él, para soltarla en el aire a un metro de altura y que cayese violentamente como una muñeca desarticulada y dejarla tirada, siendo una maraña de sollozos esperando el abrazo cobarde de un hermano que llegó tarde, cuando ya no significaba  nada.

Siempre la golpeabas cuando mi madre estaba afuera de la ciudad, cuando no había quién nos defendiera, ¿o esa era la idea? ¿Hacer mierda a mi hermana a golpes, y a mí cómplice de estos, para que creciéramos y soltáramos la teta?

Tú amas a mi vieja, y sabías que si golpeabas a mi hermana en su presencia, para ella, era peor que si los golpes los recibiese su propia carne. Te acuerdas cuando mi mamá trabajó en ese hogar de menores, y la mayor huérfana era ella, porque al involucrarse no solo desde el sillón de la directora, buscando darles un poco de cobijo a “las niñitas del hogar” y quererlas, legitimando su dolor, ése que estaba presente y era cotidiano, el abandono, se empapó tanto de toda la situación que su físico empezó a somatizar el dolor del cual ya era parte. Un fin de semana, uno de los pocos que estaba libre, mientras los dos compartían el baño, ella se desmaya y tú en un acto reflejo la alcanzas a sostener. Le besabas la frente y repetías su nombre, cuando pudiste recostarla en el piso del baño, llorando no decías mas que “te amo” una y otra vez, como una rogativa para alejar a la muerte, un te amo para sobrevivir los dos.

La amabas y aún así te dabas el gusto de ser un hijo de puta por muchos pasajes. Fue un año nuevo, dos veranos atrás, en que nos sentamos en la mesa los mismos de siempre, para comer un asado y tomar hasta que no pudiéramos mas. Después de la cena, mis hermanas y yo salimos cada uno por su cuenta.

Estabas sin trabajo y por ello el único ingreso que había en la casa era el arriendo de una pieza a dos brasileñas que ya considerábamos familia. Una llego a través de la universidad de  mi hermana y la segunda vivía ya hace un tiempo en Santiago pero como era asmática tenía que mudarse a una ciudad que no estuviese contaminada. En una visita a su amiga decidió quedarse con nosotros y por ello compartían una pieza en mi casa. El dormitorio que compartían resulto ser el mío y yo tenía una cama en la pieza de mis papas. Con esto mis hermanas ahora eran tres
A la madrugada siguiente, nos encontramos todos en el living de la casa, los mismos que comieron en la cena, pero destruidos de tanto alcohol y otras hierbas. Sentados nos quedamos mirando, sin nada para decirnos, pero contentos de estar ahí. Uno a uno nos enfilamos a nuestras camas, mareados y ayudándonos de las paredes para llegar a nuestros respectivos cuartos. Entro al baño para sacarle el agua al pájaro y meo por lo menos un minuto de corrido, me tengo que apoyar de la taza para no mear fuera y agarrarme entre el índice y el anular suave pero firmemente la callampa para apuntar bien. Salgo cansado del baño después de todo el esfuerzo por mear cuando siento en tu cama movimientos lentos y pesados. Solo escucho tu voz, diciendo “venga mijita rica”, cuando mi mamá de un manotazo levanta las frazadas de la cama y corre como puede hacia el baño tapándose la boca con una mano y apartándome del umbral de la puerta con la otra. Al pasar veo que se le escurre entremedio de los dedos de la mano con la que se tapa la boca un amarillo vómito. Después de hacer espacio para que pasara, al mismo tiempo que descarga una porción de cena en la taza del baño, tú te levantas como un hipopótamo somnoliento, manoteando el buzo del pijama de un solo lado, porque con el otro te vas afirmando de lo que puedes, pared, cama e hijo. No te das cuenta que todavía tienes la verga afuera, semi erecta, aún palpitante y bombeando sangre. Te apoyas en el otro dintel de la puerta y miras cómo se arquea mi madre y el vómito empieza a salir también por la nariz, cómo a cada nueva ola los dedos de mi vieja se quieren enterrar en la loza de la taza y el pelo se le ensucia con un vómito cada vez más acuoso. De alguna manera reacciono y le tomo el pelo para que no se le ensucie más. Ya vació todo su estómago pero siguen viniendo las arcadas, con cada una de éstas mi vieja queda suspendida en el espacio con la boca abierta y bajándole por el labio inferior un hilo tímido de saliva, que lentamente se lo quita con el dorso de la mano. Vuelvo la vista hacia la puerta pero al parecer hace mucho te fuiste. Acuesto a mi vieja y salgo hacia el living un poco mas espabilado. Estabas durmiendo con un vaso en la mano y una botella de vino derramada sobre la mesa. El olor era muy fuerte y a cada minuto se avinagraba más y más. Te despierto moviéndote el hombro. Me miras como si me fueras a matar y te respondo con la misma intención asesina. Te levantas lentamente y cuando te vas yendo me dices “limpia esto y cuando termines te vas a acostar”. Para no matarte, simplemente lo hago.

Hubo un momento en el que pudimos o debimos enfrentarnos hasta que alguno de los dos cayera. Era un almuerzo de invierno en Pucón. Sumaba en ese entonces mi segunda deserción escolar, ésta iba a ser la última y la definitiva. En el seno de la familia había una apertura ante mis decisiones que siempre eran radicales. Tú nunca te mostraste a favor, pero tampoco lo rechazaste de frentón. Como era común en ti, todo conflicto en la familia lo tapabas con silencio. Recuerdo que comíamos los cuatro, tú como cabecera de mesa, yo a tu lado derecho y mi hermana y mi vieja frente mío, a tu izquierda. No me puedo acordar por qué empezamos a discutir, en realidad en ese período toda conversación era un polvorín, nos mordíamos mutuamente tratando de buscar la palabra más desgarradora posible y zanjar el tema con uno de los dos herido y callado, yéndose a su pieza sin poder levantar la mirada del piso. Era una discusión como cualquier otra, si me preguntas por qué fue precisamente ésta la que desencadenó todo, tengo que culpar al azar. Cualquier discusión anterior podría haber terminado igual y era solo cuestión de tiempo que estalláramos cada uno con sus cruces a cuestas para escupirnos, golpearnos y si se daba lugar, matarnos. El hecho es que después de insultos llenos de bilis lanzados en la cara de uno y otro, decidiste darme un correctivo, una sola cachetada en la cara, a la que respondí instintivamente con un golpe de izquierda en pleno ojo. “Le pegaste a tu padre” dijiste sentenciando un acto que suponías imperdonable e imborrable en mi memoria como hijo. “Si, hijo de puta, sì”  te contesté conteniéndome de gritártelo en la cara, de gritarte todo lo que me había guardado: Sí, hijo de las re mil putas, cómo se siente que te contesten los golpes. ¿tienes las pelotas para darme otra ahora?, no es tan fácil con mi vieja presente, no es tan fácil golpearme a mí en vez de una niña de 14 años… ¡Tenía solo 14 años la puta que te parió!

“¡Ah! ¿Quieres pelear?” y te empujé botándote de la silla, me paré rápidamente y agarré el atizador de la estufa para volarte la cabeza. Tú agarraste la pala de las cenizas y nuestras zurdas se entrecruzaron cada una agarrando el pecho del otro, mientras nuestras diestras sostenían en el aire sendos pedazos de fierro que prometían bajar en velocidad para estrellarse y borrar una vida. Nos miramos fuera de nosotros y a la vez en la misma furia. Pero estuvieron mi hermana y mi vieja llorando a los gritos, mi hermana pidiendo por favor que nos calmáramos y tratando de bajar la pala de las cenizas y mi mamá me pedía suavemente que bajara el atizador al mismo tiempo que con la delicadeza que las nubes riegan las cumbres, tomó mi mano derecha hasta que la bajé y lo solté. Bajamos nuestras armas, pero no dejamos de mirarnos ni tampoco dejamos de querer matarnos. Seguían llorando mi hermana y mi vieja entre nosotros y ahora mi mamá solo decía entrecortadamente “Estamos enfermos… todos… enfermos”. Nos soltamos la ropa y empezamos a disputarnos el dolor de nuestras mujeres, tratando de abrazarlas a las dos, empujando la mano del otro cuando se posaba sobre la que teníamos más cerca. Nos culpábamos mutuamente con la mirada como diciendo “Mira lo que hiciste”

Por fin llegamos a la carretera. Hay una congestión en el tráfico terrible, vemos cómo se empieza a formar una fila de autos a un par de kilómetros más allá. El bus pasa más que lleno y no se detiene a pesar de nuestras señas. El cielo se cierra y empieza a lloviznar. Pasa un segundo bus igual de lleno que el anterior. Ante la impotencia, haces dedo para que nos lleven. Te digo que es inútil, que estos cuicos de mierda se van a fijar en nuestras zapatos con tierra, en nuestros jeans rotos, en nuestras caras sucias y no nos van a llevar aunque sus empresas dependiesen de eso.- Vamos viejo – sólo nos queda caminar. Camino yo primero y a cada tanto miro hacia atrás para ver a qué distancia vienes. Me sigues a unos cien metros. A veces espero un poco para acortarlos, pero llevas un paso cansino que vuelve a estirar la distancia entre nosotros. Caminamos, mientras la lluvia toma cada vez más fuerza. Somos dos tristes sombras que se empecinan en llegar a su respectiva hora ajena para no encontrarse.
La lluvia se vuelve una tormenta y el viento nos golpea en ráfagas capaces de tumbarnos. Te grito, te llamo, pero por el sonido de la lluvia reventándose en el asfalto, mas el viento rugiendo como un animal antediluviano, no me alcanzas a oír. Te busco con la mirada y no puedo ver más de un metro más allá. Grito tu nombre a todo pulmón y la lluvia y el viento hacen que caiga contra la carretera. Me protejo como puedo pero sigo gritando y sigo gritando.

La lluvia amaina y siento en mi espalda un tibio sol de otoño, este es otro tiempo como otro lugar. Reconozco esta alameda, es la entrada a Chillan viejo. Te busco en todas direcciones, sé que estás en algún lugar de este otoño. Camino en dirección a la salida sur y a lo lejos veo un gentío que camina en desorden. Te veo en medio de una colmena de chillanejos, todos con los rostros permeados en vino, trillas, cuecas y campo. Este es el Chillan donde todo comenzó. Buscas un rostro en particular, yo también busco pero me conformo con uno cualquiera, cualquiera puede ser mi abuelo. Sigo caminando hacia ti y soy parte del gentío, yo mismo podría ser mi abuelo. Ese que no existió, que ante la pregunta infantil de “¿dónde está el abuelo?”  me respondiste, mintiéndome y matándolo “está muerto”, una extraña y tácita muerte que no solo cesó sus latidos, sino que lo borró del recuerdo de su hijo, de toda existencia para sus nietos . Ante la insistencia de un “me habría gustado conocerlo”  bastó un grito rabioso y contenido diciendo “bueno, simplemente no se puede”

Llego al centro del gentío y nos miramos largamente reconociéndonos. Ambos callamos, porque tú eres incapaz de verbalizar tus errores y dar una disculpa que no fuese una careta y yo no puedo decidirme a sentir empatía por tu dolor. Nos miramos, desde entonces y para siempre horrorizados ante el espectáculo de nuestros rostros silentes, impíos los dos, amándonos a pesar de todo, pero huachos, falto de padre, los dos.

RODRIGO
La estocada
     
     Sergio era un dolor en las pelotas, insoportable en todas sus formas. Especialmente por su verborrea y su necesidad obsesiva de ser escuchado. Tenía un conocimiento chamuyero de todos los temas posibles. Según la ocasión podía ser astrónomo para explicar su propia teoría de cómo mueren las estrellas, haciendo una mezcolanza de súper novas con enanas blancas con el big-bang para calcular “a ojo” cuanto nos demoraríamos en años luz en ver como una estrella al azar desapareciese del firmamento para, un minuto después, dar cátedra de como se debería manejar al país económicamente erradicando los sindicatos, que eran lo que frenaban el crecimiento.    Era un completo tarado, pero si yo, su mejor amigo no lo soportaba ¿Quién? Si hasta sus viejos arrancaban de los largos discursos en que empezaba afirmando un punto para después de dar vueltas a sí mismo, como un perro que se persigue la cola, terminar diciendo exactamente lo opuesto a lo que sostenía en un comienzo (y eso que era hijo único).

   Crecimos juntos, somos compañeros de curso desde Kinder y amigos desde entonces. Sergio no era tan rompe bolas cuando chico, por lo menos no más que yo o que cualquiera de nuestros compañeros. Ninguno de los dos sobresalía de la media, lo único que nos distinguió fue que éramos inseparables, nos sentábamos uno al lado del otro en todas las clases, vivíamos cerca así que íbamos y volvíamos del colegio juntos, todas las tareas grupales la hacíamos juntos a pesar de la tentativa de los profesores de separarnos, siempre nos ingeniábamos para volver al otro. Hubo solo una faceta en la que a la par fuimos mejores que el resto, los dos jugábamos bien a la pelota. Éramos volantes con llegada, pero Sergio como era zurdo iba por la banda izquierda y yo como diestro corría por la derecha. Cuando empezamos a jugar por la selección de nuestro curso, nos bautizaron como los hermanos korioto por el anime “Los súper campeones”, incluso más de una vez ensayamos el “Tiro mellizo” en el que los dos le daban a la pelota al mismo tiempo, pero no nos daba para tanto.

   Pasaron los años y llego nuestra adolescencia, el tiempo en el que buscaríamos diferenciarnos. Pero no pasó así, lo único que cambio en nosotros fue que nos invadió una abulia terrible que, sumado al descubrimiento de la mano en círculo, nos dejo inhabilitados de cualquier actividad física. Así dejamos de ser los hermanos korioto, para ser unos pajeros cualquiera.

   El punto de inflexión para nosotros fue a los diecisiete cuando los dos en la misma fiesta y con la misma mina perdimos la virginidad. Belén iba en un curso paralelo al nuestro pero todos la conocíamos porque fue a la primera que le salieron tetas, lo que la  volvió la mejor mina con la que se podía estar por mucho tiempo. Su cuerpo se desarrolló precozmente, tenía un muy buen cuero pero de cara era media Federica. A los de los cursos mayores les chupaba un huevo, viendo una oportunidad con una pendeja la aprovecharon y fue la primera en tener una seguidilla de novios, todos de cursos mayores. A los diecisiete venía con muchos polvos encima y todos sabían que proponiéndoselo la mina te cogía. Si te acostabas con otra mina podías decir que te la chamullaste y tú te la habías tirado, pero con Belén era distinto, siempre era ella la que te cogía a ti, casi como una especie de iniciación, un raro servicio a la comunidad de vírgenes de nuestro colegio.

   Cansados los dos de echarnos la paja le pedimos a Belén nuestro primer polvo. Nos dijo que no aceptaba tríos por una mala experiencia con dos locos que ya se había graduado, pero sí nos podía coger por separado. Aceptamos y quedamos en vernos en una fiesta a la que todo nuestro curso estaba invitado. Compramos juntos nuestros primeros condones, unos que decían que retardaban la eyaculación, no porque fuésemos precoces sino porque aunque fuese Belén queríamos dejar una buena impresión, si la cagábamos de entrada se podía echar a correr el rumor y no cogíamos más. Antes de salir de casa, me llama Sergio para recordarme que me lavase la pija, por si nos la chupaba, yo le respondo que era improbable, - Peros somos buenos tipos, en una de esas viene con regalo la cosa- aunque ya me había duchado y hasta perfumado, me metí al baño y en el lavamanos me enjaboné el chino tuerto y me lavé por segunda vez hasta las pelotas.

   Llegamos con un elegante atraso que nadie noto porque ya estaban todos borrachos y además nadie parecía esperarnos. Preguntamos por Belén pero no sabían o no entendían de qué estábamos hablando, uno que venía de vomitar el patio y por ello un poco más espabilado, nos dijo que estaba en una pieza del segundo piso. Como lo habíamos conversado, Sergio se adelanto y fue a por su primera vez. Yo salí al patio y me dedique a tomarles el pelo a mis compañeras de curso que se metían los dedos para vomitar por turnos en un lavadero que estaba en una esquina. Vomitaban para poder seguir tomando y suerte que el lavadero no tenía rejilla para filtrar los pedazos de comida que vertían desde sus estómagos, sino hubiese quedado rebalsado en kilos y kilos de comida regurgitada. En eso estaba cuando desde dentro, Sergio me hace la señal para decirme que es mi turno.

   Cuando subí solo había una lámpara de velador encendida. Belén estaba desnuda al borde de la cama. Tenía las piernas estiradas y las entrecruzaba a la altura de los tobillos se apoyaba en la cama con los dos brazos, curvando hacia atrás los hombros, lo que la hacía sacar pecho. Con un gesto de su mano me hizo entender que tenía que desnudarme. Tímidamente me saque prenda por prenda, mientras hipnotizado miraba los pequeños pezones morenos que coronaban sus pulposos senos, tan recorridos y experimentados, tan lamidos y besados, ante esa luz que le golpeaba las carnes, de perfil y en tono sepia, se me antojaban perfectos, sabiendo que no podrían ser míos, que este acto sería una luz que me encandilaría y desaparecería para darle el testimonio de las mismas carnes al siguiente en la posta. Aunque estábamos los dos sin ropa alguna, no la podía igualar en desnudez, la suya era una versión prístina del deseo mismo.

   Me acerque lentamente y me senté a unos centímetros de ella. Belén se acomodó y me empezó a masturbar muy suavemente mientras me hablaba. – Mira, a Sergio se le rompió el condón mientras tirábamos, igual no pasa nada porque estoy tomando pastillas, pero si te incomoda lo dejamos para la otra y te hago una paja y listo-

Negué con la cabeza, sin poder hilvanar palabra, se sonrío, me besó con fuerza y se montó encima mío. Sentí como entraba en ella fácilmente lubricada por el semen de Sergio. Tal vez a otro le habría parecido asqueroso, hasta intolerable de solo pensarlo pero para mí era como si fuese mi propio semen. Sin condón creí que acabaría pronto, pero lo hicimos lentamente, de forma acompasada, dándonos tiempo para recorrernos hasta conocernos y cuando ningún poro de nuestros cuerpos era sorpresa para el otro, acabé dentro de ella.

   Ya vistiéndome le pregunté si nos acompañaba abajo en la fiesta. Me contestó que se duchaba y se iba a su casa. No pregunte mas, le di las gracias y me fui en busca de Sergio. Lo encontré acostado a todo su largo en un sillón del living de la casa. Cuando me vio venir sonrió para después reír y enseguida estallar en un grito de alegría, yo me reí hasta las lágrimas y como dos imbéciles decidimos emborracharnos para celebrar.

   Tomamos cuanto pudimos y cuando no nos cabía más pisco en el cuerpo, fuimos a vomitar para seguir tomando y tomando. Borrachos al borde de caer en un coma etílico volvimos a nuestras casas apoyándonos de lo que encontráramos. Fue cuando lo deje abrazado a un árbol en frente de mi casa para poder sacar las llaves y así poder entrar, que se desplomó recto hacia delante, y contra la berma de la calle se abrió la cabeza.       Las putas llaves no querían salir de mi bolsillo, cuando logre sacarlas y con mucho esfuerzo meterla en la cerradura para abrir la puerta, recién ahí me di cuenta de lo que pasó, volví corriendo y por el susto se me paso la borrachera. Lo primero que ví fue su nuca intacta mirando mi casa, mientras silente me acercaba a su rostro pegado al asfalto.   Pude ver su frente cortada en diagonal, la piel se plegaba sobre los bordes de la herida como un cartón que hubiesen arrugado, al centro se veía el blanco del cráneo. Parpadeaba lentamente con un solo ojo, porque el otro estaba empapado en sangre. Alrededor de su cabeza se formaba un charco que desde arriba podría haberse visto como una aureola.

Con un hilo de voz repetía “Sergio, Sergio” me agaché para que me pudieses oír, estaba en un transe de negación e impotencia cuando siento el mismo golpe que debió haber sentido, grito desgarrándome del dolor y caigo enfrentándonos cara a cara. No me puedo mover pero siento el sonido de los vecinos viniendo en nuestra ayuda, antes de desvanecerme veo como me dice sin voz –Vamos a estar bien.

Teníamos diecisiete y gracias a ese golpe el tiempo se detuvo en él. Cada segundo que pasaba nos alejaba, ya no pudimos mas crecer juntos. Al despertarme en el hospital, me dijeron que había tenido un shock nervioso. A Sergio le estaban haciendo un scanner en el cerebro pero a primera vista estaba bien, consiente y lúcido. Cuando pude entrar en su habitación del hospital, tenía un vendaje en toda la cabeza. Lo único que cambió es que hablaba mucho y con todos, esperaba secretamente que se le pasase, pero aparte de romperse la cabeza rompió su crisálida y se volvió un gigantesco rompe bolas. Nunca hablamos de lo que paso esa noche, de cómo la berma nos había golpeado a los dos por igual, de la conciencia compartida del frío asfaltado, ambos desvirginados, desmayados sobre la noche que abrió y cerro el telón de nuestra melliza verdad: sin importar qué, no nos separaríamos mas.

A parte de la verborrea, tras el golpe, Sergio tenía un dolor punzante en línea con el pezón, entre la tercera y la cuarta costilla derecha contando de abajo hacia arriba. Sentía que un bicho le estaba escarbando las carnes en esa zona, que comía esos tensos tejidos de entre huesos, y rasgaba y cortaba por mero gusto. Al verse al espejo, palpándose ese lugar no encontraba nada fuera de lo normal, ninguna inflamación o coloración que indicase que había algo extraño en su cuerpo. Ante la presión de su índice el dolor no acrecentaba, de hecho nunca se hizo más agudo, solo permaneció tanto, pero tanto tiempo que ya ni siquiera lo consideraba un dolor, era una pequeña molestia que el tiempo se encargo de reducirla hasta el punto de casi hacerla desaparecer.

Ese día yo tenía que cursar a la tarde, y como era costumbre, almorzamos juntos en mi departamento y después cada uno salía por su cuenta.

Mientras cocinaba, Sergio mirando al cielo me dice que va a llover, yo le pregunto que como lo sabe. –Huele a oxígeno-  responde. – ¿Cómo mierda huele a oxigeno? ¿Qué? Tienes una nariz atómica. –Cuando va llover se siente el olor a oxígeno- insistió. - No, hijo de puta, ¡no!, no sé qué mierda estas oliendo pero no se huele el oxígeno. No hay una fragancia a Argón cómo no te llega una brisa cargada en el perfume del hidrógeno-.

-Bueno, quizás me expresé mal-.

La reacción normal de Sergio en estos casos era seguir este diálogo hasta que, cansado, lo mandase a la mierda o lo dejase hablando solo. Nunca se daba por vencido y menos reconocía el error. Por la sorpresa me quedé sin saber cómo reaccionar y almorzamos en silencio.

A parte de reconocer su error que ya era mucho, no había un cambio notable en él. Siguió inmutable con sus mismos gestos y manías de un adolescente de 17 años.

Hacía ya una semana que el baño olía a mierda. Al destapar la rejilla me di cuenta que estaba por anegar todo. Traté de solucionar el problema sacando los pelos y otras cosas que había, que eran obstáculo para que el agua corriese. Hecho esto saque el sifón y espere en vano que se arreglara el problema, el agua no corrió y seguía oliendo a mierda. Con el plomero habíamos quedado en que venía a eso de las dos, pero eran las dos y cuarto y no llegaba. Aunque era más importante arreglar el baño porque ya no soportaba el olor a mierda, tenía que cursar. Estando Sergio en pleno ocio post almuerzo, le pedí que esperara al plomero por mí. Al segundo me dijo que sí, que no me preocupara. De nuevo tenía una reacción anormal, un Sergio cotidiano se habría quejado como un niño y habría puesto una excusa cualquiera para no quedarse, y al final, después de pedírselo por tercera vez, aceptaría.

Cuando salí, estaba peleando con un gigante y un mamut en skyrim, tan despreocupado como siempre.

Salí contrariado y empecé a caminar dudando en volver y hacerle compañía. La facultad me quedaba a unos veinte minutos caminando, estaba a un par de cuadras de distancia, cuando siento un frío metálico que me apuñala entre la tercera y la cuarta costilla contando de abajo hacia arriba. Me desplomo en la vereda y contengo el grito de dolor. –Mierdamierdamierda, no debí haberlo dejado solo-

Di media vuelta y empecé a correr como pude, el dolor había desaparecido y me sentía ligero como nunca. A la entrada del edificio todos mis vecinos empalidecieron al verme. Subí ante el estupor de todos. Por la puerta de mi departamento salía un cuerpo en una camilla, envuelto en nylon. Entro y veo el piso hecho una sola poza de sangre, y en medio de ella, una hoja metálica a medio sumergir en la vida de mi amigo desparramada a mis pies.

Su dolor era el vaticinio de esa puñalada que me correspondía, y su permanencia en la tierra era la prolongación de mi vida. Ahora que todo tiene sentido poco importa, pues se ha muerto mi extensión más bella punto y coma Sergio.


Rodrigo