Tenía laringitis obstructiva. También tenía 6 años y vivía en La Serena con mis dos
viejos y mi hermana, pero esto es accesorio para llegar hasta donde debo. El
hecho objetivo es que la laringe se me inflamaba al punto de obstruir el paso
del aire y solo veía a mi vieja a mi lado que me tomaba la mano, mientras
escuchaba a mi papá caminando ansioso y llamando a la ambulancia. Tenía que
esforzarme por respirar hasta el punto que por la fuerza ejercida a cada
inhalación la boca aunque seca, se me llenaba de un herrumbroso sabor a sangre.
Cada
respiración me era más dificultosa y cada vez mis pulmones recibían menos aire.
No fue solo una vez en la que me vi privado de respirar por la obstrucción de
mi laringe. Siempre de noche, siempre mi vieja tomándome la mano y para
completar la escena mi papá llamando a la ambulancia una y otra vez, el mismo
cuadro, una y otra vez.
La
muerte era la asfixia. Cercana pero vaporosa muerte, que me tomaba por el
cuello en las noches hasta que la ambulancia llegase con sus tanques de oxígeno
y sus gases mentolados quitándome las garras de la calva del pescuezo,
expulsándola a la fuerza de nuestra casa, dándole una patada en el huesudo
culo, un portazo en la cara y celebrando que se haya ido a la mierda. Esto no
era tan así, porque vengativa volvía una noche al azar y se pudría todo y mi
mamá me tomaba la mano cuando yo me esforzaba por respirar mi papá llamaba a la
ambulancia el gas mentolado y la pálida a la mierda otra vez.
Mi
viejo por su trabajo debía recorrer grandes distancias por el norte de Chile.
Vivíamos en la frontera sur del desierto de Atacama, unos kilómetros hacia el
norte y caímos en la más brutal soledad. Por conocer y aprovechando que mi
viejo podía, le pedí que me llevara al desierto. Aceptó y partimos al medio día
hacia el norte, orillábamos el mar y el desierto nos circundaba, nos
adentrábamos en él, yo como copiloto de mi infancia partíamos a la nada. Al ver
una casa abandonada nos estacionamos al borde de la carretera para explorarla,
encontramos unos casquetes de balas de fusil y una araña pollito, grande y
peluda pero inocua y aburrida. Mientras mi papá preparaba unos sándwiches yo
fui a caminar por unas quebradas que estaban a unos metros de la carretera,
quería encontrar algo grandioso como una momia o un dinosaurio, algo para
contarle a mi hermana cuando volviese. Recorría cada rincón con la mirada para
que nada se me escapase y sin darme cuenta me metí en las fauces del único
animal que reside en el desierto de Atacama, el silencio. No es metafórico, es
real, sentí una viscosidad en todo el cuerpo, un frío a 30 grados y a pleno
sol que parecía que me iba a desintegrar átomo por átomo, no podía moverme ni
pedir ayuda. Obviamente no se escuchaba nada, ni el viento, ni la carretera,
pero tampoco podía escuchar mis latidos, no tenía pensamientos, solo un miedo
cerval que no me dejaba respirar, me quedé congelado en un espacio que ninguna
ley en el universo regía, ya no sentía y poco a poco se iba evaporando mi
conciencia sin poder resistirme ni detener, este silencio me iba a hacer
desaparecer. Un auto a lo lejos, lo sentí venir y escuché la goma de sus
llantas sobre el pavimento caliente, pude girar en esa dirección y corrí,
escapé como pude de esa quebrada sabiendo que ese animal tuvo compasión de mí
o simplemente no le era apetitoso engullirme. Cuando me vio venir mi papá
corriendo y empapado en sudor me preguntó que qué pasaba. Nunca acerté a
cabalidad una respuesta como aquella vez que le respondí con silencio.
Después
de eso, la muerte no volvió a apretarme el cuello, tal vez porque ya había
pasado por mucho o le había perdido el miedo conociendo algo peor que la
asfixia.
Rodrigo