martes, 15 de octubre de 2013

Tenía laringitis obstructiva. También tenía 6 años y vivía en La Serena con mis dos viejos y mi hermana, pero esto es accesorio para llegar hasta donde debo. El hecho objetivo es que la laringe se me inflamaba al punto de obstruir el paso del aire y solo veía a mi vieja a mi lado que me tomaba la mano, mientras escuchaba a mi papá caminando ansioso y llamando a la ambulancia. Tenía que esforzarme por respirar hasta el punto que por la fuerza ejercida a cada inhalación la boca aunque seca, se me llenaba de un herrumbroso sabor a sangre.

Cada respiración me era más dificultosa y cada vez mis pulmones recibían menos aire. No fue solo una vez en la que me vi privado de respirar por la obstrucción de mi laringe. Siempre de noche, siempre mi vieja tomándome la mano y para completar la escena mi papá llamando a la ambulancia una y otra vez, el mismo cuadro, una y otra vez.

La muerte era la asfixia. Cercana pero vaporosa muerte, que me tomaba por el cuello en las noches hasta que la ambulancia llegase con sus tanques de oxígeno y sus gases mentolados quitándome las garras de la calva del pescuezo, expulsándola a la fuerza de nuestra casa, dándole una patada en el huesudo culo, un portazo en la cara y celebrando que se haya ido a la mierda. Esto no era tan así, porque vengativa volvía una noche al azar y se pudría todo y mi mamá me tomaba la mano cuando yo me esforzaba por respirar mi papá llamaba a la ambulancia el gas mentolado y la pálida a la mierda otra vez.

Mi viejo por su trabajo debía recorrer grandes distancias por el norte de Chile. Vivíamos en la frontera sur del desierto de Atacama, unos kilómetros hacia el norte y caímos en la más brutal soledad. Por conocer y aprovechando que mi viejo podía, le pedí que me llevara al desierto. Aceptó y partimos al medio día hacia el norte, orillábamos el mar y el desierto nos circundaba, nos adentrábamos en él, yo como copiloto de mi infancia partíamos a la nada. Al ver una casa abandonada nos estacionamos al borde de la carretera para explorarla, encontramos unos casquetes de balas de fusil y una araña pollito, grande y peluda pero inocua y aburrida. Mientras mi papá preparaba unos sándwiches yo fui a caminar por unas quebradas que estaban a unos metros de la carretera, quería encontrar algo grandioso como una momia o un dinosaurio, algo para contarle a mi hermana cuando volviese. Recorría cada rincón con la mirada para que nada se me escapase y sin darme cuenta me metí en las fauces del único animal que reside en el desierto de Atacama, el silencio. No es metafórico, es real, sentí una viscosidad en todo el cuerpo, un frío a 30 grados y a pleno sol que parecía que me iba a desintegrar átomo por átomo, no podía moverme ni pedir ayuda. Obviamente no se escuchaba nada, ni el viento, ni la carretera, pero tampoco podía escuchar mis latidos, no tenía pensamientos, solo un miedo cerval que no me dejaba respirar, me quedé congelado en un espacio que ninguna ley en el universo regía, ya no sentía y poco a poco se iba evaporando mi conciencia sin poder resistirme ni detener, este silencio me iba a hacer desaparecer. Un auto a lo lejos, lo sentí venir y escuché la goma de sus llantas sobre el pavimento caliente, pude girar en esa dirección y corrí, escapé como pude de esa quebrada sabiendo que ese animal tuvo compasión de mí o simplemente no le era apetitoso engullirme. Cuando me vio venir mi papá corriendo y empapado en sudor me preguntó que qué pasaba. Nunca acerté a cabalidad una respuesta como aquella vez que le respondí con silencio.

Después de eso, la muerte no volvió a apretarme el cuello, tal vez porque ya había pasado por mucho o le había perdido el miedo conociendo algo peor que la asfixia.


Rodrigo
Juan el bámbaro de Ecuador vive en Constitución, en un conventillo de putas travestis.

Siempre ve a sus compañeras de cuarto pintarse las uñas en motivos florales, o de colores chillones hasta fluorescentes. Ella quiere que las uñas merezcan a su dueña, que sean grandiosas y trágicas, como las teleseries venezolanas que lagrimean todos los trabas en la habitación contigua a la suya, que es donde está la única televisión del edificio. Decidió pintárselas de colores oscuros o que hicieran mucho contraste entre ellos, algo así como surrealista o lo que entiende ella por surrealista así cuando les sacase la pija a los clientes del pantalón le dirían- ¡ah bueno, altas uñas eh!. Pero al final después de tanto trabajo, las manos le quedaron como la diarrea de un arcoiris.

Cuando en su ciudad natal, Cuenca, a los 15 años, su padre lo llevó de putas para que se hiciese hombre fue el primer momento en que decidió ser puto y corrió escapándose de la puta que le manoteaba la pija y lo arrinconaba hasta una esquina donde lo pudiese montar. Desde entonces no ha vuelto a ver a su familia, pero todas las noches le reza a la Virgen del Cisne, la Churona, para que se los cuide y se los proteja.

Tenía unos dientes chiquitos, su sonrisa era puro horizonte cuando grácil y atenta se ofrecía a los clientes apoyándose contra las murallas de una construcción abandonada. Como tenía esos dientes tan chiquitos podía fácilmente recubrirlos con los labios. Tenía una lengua como un kraken, un pulpo gigantesco de cientos de tentáculos que podía tragar hasta el más fuerte, ancho y largo barco. La suma de esto le daba el mejor pete de Constitución.  Solo ella podía despachar en 2 minutos a los machos que decían tenerla hasta el piso. Por su pete sabía que podía estar perdida en el mundo pero mientras hubiese una pija que chupar no le faltaría ni techo ni comida.

De sobremanera entendía que todos los hombres eran iguales. Lo que no entendía era que los putos repitiesen ese comportamiento. Se peleaban las esquinas por una lastimera gota de semen en el culo, tenían que salivarle hasta el escroto para que después se cagaran con una limosna roñosa que soltaban más por temor que por cualquier otra cosa. Veía desde su muro las envidiosas miradas de una por sobre la otra, de la otra bajo la primera. Esas noches simplemente no trabajaba.

Nunca se había enamorado y presentía que nunca se iba a enamorar, eso sí, amaba a las pijas como concepto, las pijas para poder chuparlas. No importaba que fuesen grandes, curvas, venosas, largas, duras, anchas, chicas, blandas o cabezonas. Las quería a todas por igual. Era la Sor Verga o la Santa Mondá. Por ello cuando la inundó su amor, se decidió a vaciar el comedor. Y con pinzas se sacó diente por diente para después dejarlos sobre la mesa, pequeños piñizcos de hueso asombrados de no tener un vecino, desraizados se amontonaban uno sobre otro, sin explicación alguna. Salió a la calle a encontrarse con una pija cualquiera para dar el único pete sangrante en la historia.

Rodrigo