Me grita divertido,
un panchero:
-¿Que paso papá, ya
no estamos tan jóvenes como para matarla con el pie, cierto?
Camino
por la vereda con tres gruesos libros bajo el brazo. En el intento de sacar el
celular del bolsillo con la misma mano con la que apoyaba los libros, uno de
ellos se cae hacia adelante y con el pie trato de atajarla como si fuese una
pelota, como si corriese por la banda derecha y me diesen un pase al vacío en
el que alcanzo a estirar mi pierna para bajarla con el empeine. Veo el límite
de la vereda con la calle, como si fuese la línea de tiza, entonces hago correr
la pelota por la banda en el césped del Nelson Oyarzún de Chillan. Mi equipo,
Ñublense, como siempre está peleando por ascender a primera, aún así tenemos 8
mil personas en las gradas alentándonos. Veo el espacio para correr hasta el banderín
del tiro de esquina y centrarla. Me vienen a cerrar el paso, encaro al defensa y
trato de ganarle el espacio empujando con el cuerpo, estamos cerca del punto de
cornel. En un pique corto amago hacia afuera para que la pelota me quede a tiro
de mi diestra, veo por lo menos tres camisetas rojas en el área. Mi marcador
quedo pasado, piso fuerte con mi pierna izquierda, abro mi pecho y me inclino
hacia un costado, estiro mi zurda al mismo tiempo que me agacho un poco para
que la pelota se eleve y le pego con el borde interno queriendo que el tiro
tenga comba y caiga a la olla, la pelota baja y se encuentra con una frente de
nuestro equipo y se mete en la base del segundo palo, dejando sin posibilidad al arquero que se estira hacia el
palo solo por compromiso. Corro hacia
mis compañeros que vienen a mi encuentro para festejar, pero tropiezo con el
libro que se me cayó, está abierto de par en par el viento pasa las hojas
fuerza. Como no pude bajar ese libro, tampoco pude matarla con el pie en ese
partido, en el Nelson Oyarzún. Recojo el libro lentamente, veo la hora en mi
celular. Son las 9 menos 5. Ya está. Como esa vez, imposible dar vuelta este
partido, llegu tarde de nuevo.
Rodrigo