sábado, 18 de agosto de 2012

"El pantallazo azul de la muerte", de Rodrigo Alarcón San Martín


EL PANTALLAZO AZUL DE LA MUERTE


Mi vieja se muere en 360p y con lag. Por supuesto no lo sabe. Este es un registro para mí, que no sé de memorias. No quiero olvidar el momento en que mi burbuja se rompa y me enfrente a la realidad jurídica de una muerte asistida y parricida, un crimen flagrante, envuelto en una atmósfera de misticismo que ni siquiera comparto. Será también una prueba incriminatoria, pero mi necesidad de recordar es más grande.
El Manga Shōnen en su épica no me enseñó que la muerte podía ser penalizada. Los personajes en realidad no morían, eran “derrotados” para que con el transcurso de la historia volviesen como nuevos aliados en una purgación de sus errores para con el héroe o como villanos más fuertes, con nuevos poderes y una sed de venganza más grande aún. Mi burbuja es en 2D, en carillas que se leen de derecha a izquierda y los personajes son arquetipos. Soy un típico manga otaku, aunque no sé muy bien qué significa serlo, me designo así porque me nombran así. Tampoco sé qué es el serlo “típicamente”, no tengo punto de comparación. Mi burbuja se divide entre los mangas de la Shūkan Shōnen Jump y los de la Shūkan Shōnen Magazine, revistas en que se agrupan los principales mangas que leo. Semana tras semana, recorro los foros de las bibliotecas on line para especular sobre el posible curso de las batallas, tirarle mierda a Oda porque se toma una semana de descanso en One Piece y que me haga esperar para ver a Luffy estirando sus brazos y piernas con una sonrisa que se agranda cada vez más, por ser más grande y fuerte él, una sonrisa que también es mía por verlo avanzar por la Grand Line hacia el One Piece. Ver en Naruto Shippūden la cuarta guerra ninja, siendo Naruto un ninja que en habilidad de batalla ya debe sobrepasar al cuarto Hokage, Minato, su padre y, esperar por el encuentro y batalla con Sasuke que llegará a poner fin a las batallas en el mundo ninja, cumpliéndose así la profecía revelada a Jiraiya en el Monte Myōbokuzan, que decía que uno de sus discípulos traería la paz. Esperar por Bleach, Hunter x Hunter, Katekyō Hitman Reborn!, Nurarihyon no Mago, Toriko, Beelzebub, Air Gear, Fairy tail y Gamaran. Esperar por una hora aproximada de placer en leer la totalidad de estos mangas para luego esperar con unas ansias que te comen por dentro la continuación de las historias en la semana entrante.
Sé que esto es incomprensible para cualquiera ajeno a este mundo, pero repito y recalco, sin ansias de empatía hacia mí, esto es lo que conozco.
Cuándo comenzó a morir mi vieja, no se sabe. Siempre gozó de una salud envidiable. Maestra de Reiki en el sistema Usui Shiki Rhyho, lo digo así porque ella siempre enfatizó en el darle apellido a la palabra Reiki, para que no sonara tan seco, supongo. No sé en qué se diferencia de los otros sistemas de Reiki, ni tampoco sé muy bien de qué trata, solo la vi posar las manos a centímetros del cuerpo de sus pacientes y hacer símbolos que están esparcidos por las paredes de la casa, algunos para la protección, limpieza y otras necesidades espirituales que se deben tener como Maestro. También era Maestra de Flores de Bach, que eran, para mí, un ají en el culo, porque al menor dolor de cabeza me perseguían los frasquitos de Oak o Rock Wáter por la casa, sumando las eternas 15 gotas de Wild Rose respuesta al diagnóstico de depresión endógena que era mas bien una lápida, inamovible, indiscutible, hecho por mi madre sin consulta a ningún especialista. Pero no me quejo, me habría molestado más la verborrea de un psicólogo que las gotas de mierda que me daban. Viendo el lado positivo, siempre había una botella de coñac en la casa, que era necesaria para la preparación de las gotas, la mitad de esas botellas me calentaban el hígado mientras las otras iban a distintas enfermedades en todos los cuerpos enfermos que buscaban una salida menos química a sus malestares. Para mí eran eso, cuerpos que se paseaban por entre los pasillos de la casa, encerrados especialmente en el salóndereikiofinabliotecasaladeestar que estaba en el primer espacio de la casa, con la chimenea a un costado y en perpendicular la camilla, siendo ésta un meridiano que unía el librero con el escritorio donde hacía las consultas de flores de bach, lugar en cual se dictaba la sentencia sobre sus males. En la biblioteca se amontonaban los libros de Osho, Brian Weiss, cuanto Lama existe, metafísica, sabiduría indígena en unas bonitas ediciones de papel couché y fotos a los ojos de los niños indígenas de plana entera, paisajes como amaneceres, atardeceres y varios haces de luz por entre las nubes, una clara sobre explotación de la luz como metáfora de la iluminación espiritual que caía en lo burdo. Toda la colección de Paulo Coelho y en diferentes ediciones, hasta habían las de lujo. El secreto, el toque cuántico, el súper toque cuántico y ya con todo esto, tócame esta otra. No soportaba a esas grandes putas impresas, que se llenaban el bolsillo con una espiritualidad de cuneta, como esos malos y desesperados regalos de navidad que por falta de plata llegaban siendo un Batman deforme que te venden en la calle, y sabiendo que es una cagada, viendo que le falta un cacho en el casco de murciélago, que el símbolo en el pecho tiene fondo rojo en vez de amarillo, que en fin, es una imitación a algo que de por sí ya es bastante malo, lo recibes, porque sí, por que en realidad un Batman deforme es mejor que no tener con qué jugar y en un racionamiento de niños se coloca la funcionalidad por sobre todo, el Batman me sirve para jugar, aunque sea feo y deforme, aunque con el primer juego se le rompan las patas, aunque en realidad no juego porque me divierta, sino por miedo a las manos vacías, a ser el único, solo, no teniendo con qué jugar, por tanto apartado, al menos con una mediocridad puedo estar en un montón y no tener que enfrentarme a mí mismo y responsabilizarme de ello. No hay superación personal en esto, como se vende en la mayoría de las contratapas de los libros de la estantería de mi mamá, solo una oquedad no asumida y un intento de llenarla con palabras, como podría ser con drogas, con trabajo, o en mi caso, con soledad. (El ejemplo del Batman fue el primer golpe a mi  niñez, empiezan las preguntas de por qué mi Batman está como si el Guasón lo hubiese hecho mierda y después de esto llegó a mis manos, mientras los de mis amigos están como para enfrentarse al mundo, teniendo como destino último Ciudad Gótica, y el mío su destino primero es la UTI y recién ahí vemos si nos movemos)
No me habría perturbado tanto si no tuviese un altar a estos tipos al abrir la puerta de mi casa.
Pasando la puerta de entrada, a la derecha, siendo un apéndice del salóndereikiofinabliotecasaladeestar estaba la cocina, que era una fábrica de sopas y tortillas, comida preferida por la población vegetariana de mi casa. En la parte de arriba del refrigerador se guardaban las hamburguesas que eran mi bastión carnívoro, la marca de un “yo también vivo aquí, mierda”. Solía disfrutar el momento de ir a freír mis hamburguesas al lado de las tortillas, ver sonrisas hipócritas o en algunos casos algún comentario del tipo “esas cosas son unas porquerías, deberías comer algo sano”  a lo que me ofrecían las ensaladas de todos los colores, sabores y con todos los aderezos posibles, o las famosas tortillas, dicho sea de paso, tenía cierta debilidad por algunas como las de zanahoria o de papas, pero en esos momentos en que se ponía a prueba mi orientación decididamente carnívora, le cortaba el rostro con un “y a vo`, quien te patió la jaula mono” y las sonrisas se volvían miradas atónitas y mi póker face se unía al silencio de un golpe de knock out. Victoria para mí sobre los pacifistas. Una verdadera cagada.
Hacia el fondo de la sala, a la izquierda del escritorio donde se mostraban las cartas de las flores de Bach, estaba la sala de yoga. Este salón alfombrado y de espejos lo arrendaba la Sylvia, vieja amiga de mi mamá y compañera en la primera iniciación de Reiki. Gracias a esto abrieron su mente, los chacras y Sylvia, las piernas. Terminó siendo pareja del ahora octogenario maestro que mi madre aún venera y acude a él, pidiéndole consejos sobre cursos a tomar y en especial sobre mí. Mi vieja se empeñaba en hacerme encerronas para que hablara con él, invitándolo a comer y dejándonos solos en la mesa. Yo disfrutaba las conversaciones con el “maestro”, que para mí era el Lucho, porque eran cortas y no se andaba con eufemismos, me decía en resumidas cuentas que saliese a vivir, que en un futuro cercano me iba a arrepentir de los años que desperdicié encerrado en mi pieza. Cerraba el corto discurso con un – y acuérdate de ésto, que cada manuela es un polvo menos-. Sabía o por lo menos intuía que mi mayor capital para hacerme la paja eran las clases de yoga. Obviamente no miraba a la Sylvia, los años no le pasaron en vano y las grandes tetas que en un pasado seguramente fueron firmes, hoy las podía usar de bufanda. Eran las alumnas veinteañeras y treintañeras todas en un perfecto estado físico las que me la endurecían. Mi pieza tenía una vista privilegiada al salón de yoga, podía espiarlas corriendo un centímetro mi cortina y ver a través de mi ojo derecho los planos y trabajados abdómenes, las perfectas líneas de las piernas, los apretados culos y el triangulo abismal en donde el sexo se marcaba gracias a las ceñidas calzas; los senos liberados de sus sostenes se mostraban aun más deliciosos (en la imaginación) debajo de holgadas poleras. Me pajeaba dos o tres veces cuando me recuperaba más rápido, por sesión. Me daba unas sacudidas fuertes y apretadas como queriendo sacarme fuego de la tula, aplicaba tal fuerza que después de correrme en la misma cortina, en el mismo  pliegue ya acartonado, duro de tanto semen seco encima, el brazo se me acalambraba y caía exhausto y dolorosamente, por lo que a la paja siguiente me la hacía a mano cambiada para recuperar la movilidad del brazo diestro. La paja a mano cambiada no era ningún problema, incluso a veces resultaba mejor que con la diestra. Acostumbrado a ver toneladas de hentai tanto en manga como en anime y ver todos los videos desde redtube - usaba la mano diestra para mover el mouse y así cargar los videos- entonces por obviedad la mano disponible era la zurda con la que me masturbaba a placer.
Ésta era mi rutina, que no me llevaba esfuerzo alguno, no me planteaba nada más, por consiguiente no necesitaba nada más. Mi vida se fue transformando con mi madre. Era cierto que cohabitábamos un espacio, pero vivíamos separados, sin pugna, respetando nuestros lugares y teniendo un eterno muñequeo sobre mi situación, dándole engañosas señas de avances, como las conversaciones con Lucho. Ella se contentaba con esto y se daba a los placeres de la meditación y la sanación espiritual, mientras que yo regresaba a las publicaciones semanales y a mis sesiones de pajas gracias a las posiciones de yoga y el internet.
Nunca noté las muestras de dolor que mi madre me dio, debido tal vez a una estoica lucha contra el cáncer que se la estaba comiendo o tal vez por mi llana indiferencia. Lo más probable es que fuese una mezcla de las dos. Pero el punto de partida para mí, fue un grito telúrico. A lo que salí de mi pieza acercándome a mi madre que daba quejidos guturales con la cara desfigurada por el dolor. Estaba rodeada de exclamaciones de angustias, órdenes desordenadas y nerviosas comandadas por Sylvia que estaba tan pálida como mi madre. Tomándole la mano, gritaba -131, llamen a la ambulancia, los científicos 232, ésa es la dirección- a lo que le decía a mi mamá casi desvanecida -todo va estar bien- cuando todo estaba para el orto. Yo la veía desde el umbral de la puerta y me obstaculizaba la vista una masa densa de piernas en movimiento y por ella perdía la visión del rostro de mi vieja. Me fui acercando de a poco, paso a paso se hacía más grande el charco de vómito en el piso, donde se distinguían las lentejas que habíamos almorzado, el dolor se agrandaba con ese charco y ella se iba entre quejidos más largos ya casi como suspiros.  Llegué al lado de mi madre cuando  los paramédicos entraban, solo ahí vi la pierna izquierda que por debajo de la rodilla estaba en un ángulo de 170 grados, el pie girado totalmente, recostado en el piso mirando hacia adentro, apuntando a su par, con los huesos de costado y haciendo presión sobre la piel en donde se empezaba a distinguir una mancha púrpura que amenazaba con seguir creciendo hasta apoderarse por lo menos de la zona que no era continuidad en su pierna. De todo se encargó Sylvia, ella la llevó al hospital en la ambulancia, dejándome en claro que si quería iba, pero que seguramente la iban a dormir y ella no se iba a dar cuenta de nada, la compañía era virtual y de ninguna ayuda, quedarían todos los papeleos del hospital. Que ella se haría cargo y enseguida ella se quedaría al lado de mi madre por cualquier cosa.
De repente no había vómito y el piso olía a lavanda por el limpia piso que usábamos, mi madre no estaba y no había nadie a quien hablarle o mirar, de un segundo a otro sin darme cuenta estaba solo como no lo había estado en mi vida. Lloré dándome el lujo de golpear las paredes con la cabeza rompiendo un tabique de madera que separa el pasillo de la biblioteca. El silencio me era corrosivo y lloraba con los ojos cerrados negando todo lo que mi alrededor era. Faltaban mi madre y los putos hippies. Estaba en el escenario del derrumbe de lo conocido, se abría el telón hacia la penumbra y era terrorífico. Yo que había rechazado caminar sendero alguno, que estaba estancado por decisión propia, me vi en la obligación de la espera desde la soledad, encerrado en las paredes que hasta hace unas horas me protegían.
Entrada la noche Sylvia me llamó para decirme que la habían sedado, que estaba en observación y que el diagnóstico estaba en espera hasta que llegaran los scanner y los exámenes de sangre – ¿Por qué exámenes de sangre?- pregunté sin entender qué pasaba – por la anemia y la fiebre que no se le baja-  lo dijo lentamente y en un tono muerto, podía ver a través del auricular la cara de sorpresa con la que estaba hablando, no pudiendo creer que su hijo, la única persona con la que vivía, no se diera cuenta de la debilidad de su madre, de los dolores que le aplastaban el pecho y la facilidad de sueño con la que pasaba el día en la cama, lo que traía por consecuencia que últimamente dejara de lado sus deberes como sanadora, bajando considerablemente el número de personas  que venían como pacientes a la casa, subiendo el número de visitas que, como buenos amigos, la acompañaban en su desgano. El resultado era que se paseaban las mismas personas por la casa, a lo que en mi distancia, todo era en una aparente normalidad. Después de un silencio incómodo, me dijo que Lucho me iba a acompañar en lo que quedaba de noche, y en la mañana, ya con los resultados en mano y un diagnóstico definitivo, podría visitar a mi madre. Lucho llegó después de que yo matase en Diablo III acto 2, un boss de élite en un dungeon alternativo a la historia principal que me dropeó una nueva arma para mi bárbaro de 700 de daño y 300 de puntos de vida y encima con un hueco para engarzar, por lo que fácilmente le podría dar otros 200 puntos de vida más. Con mi bárbaro reforzado volvía a un mundo en donde no existía nada más que la posibilidad de adquirir experiencia para subir mis skills, adentrándome en los aleatorios mapas y no teniendo otra preocupación que ésta.
Lucho hizo una sopa de hinojo que comimos en total silencio. Estaba cansado, preocupado y no se molestaba en disimularlo. Terminó de comer y me preguntó si estaba bien, a lo que le dije que sí, que no se preocupara, cuando en realidad lo que quería decir era estoy hecho mierda.- Me voy a acostar- dijo, a lo que con sinceridad yo habría tenido que responder que se quedase aunque sin decir nada. Que me acompañase porque estaba asustado. Lucho se encaminaba a la pieza de mi mamá, cuando yo ya estaba en la mía, desconociendo los poster de Neon Genesis Evangelion y Gantz. Me acosté y no pude dormir, tampoco quería, me quedé boca arriba toda la noche, así vi la transformación de mi pieza con la luz del amanecer, que empezaba a recortar las siluetas y las iba nombrando en sus colores. Ese amanecer llegó al punto de transformarme. A mí, que no sostenía color en la piel, que era impermeable a todos los colores por encerrarme y no salir al día, a la vida en general.
Madrugué y preparé el desayuno que fueron unos huevos revueltos con orégano y un café. Cuando terminé de comer se despertó Lucho, y se acercó a la cocina para comer algo. Le había dejado huevos así que repitió mi desayuno. Llegamos al hospital a eso de las 9, Lucho había llamado a Sylvia para que nos esperara en la entrada. La vi sentada en el último peldaño de la escalera de entrada, con las rodillas juntas, los pies separados, la espalda curvada, los codos sobre los muslos casi llegando a las rodillas, los dedos de las manos entrelazados, los pulgares sosteniéndole el mentón y las falanges de los índices presionando cada uno un labio. Era como si pelease entre el abrazarse las rodillas y refugiarse en un cascarón o el levantarse, ofrecerle el pecho a esta tragedia, mostrándose firme y dispuesta a la estocada. Caminaba por el filo de la espada y todas las emociones se condensaban en su mirada hastiada del dolor punzante que le quebraba los huesos a su amiga, a su hermana.
Osteosarcoma, cáncer óseo que aparece frecuentemente en los huesos largos, como el fémur, la tibia y el húmero, común en jóvenes de 10 a 20 años, y mayormente en varones. La probabilidad de que se apareciera en mi vieja era una en millones, pero ahí está, ramificándose dolorosamente sin oposición alguna. El cáncer se presenta inusitadamente agresivo, si no se da un tratamiento de quimioterapia enseguida las probabilidades que se ramifique hasta los pulmones es muy alta. Tiempo de vida estimado sin tratamiento, obviando el hecho que sería terriblemente doloroso y lo único que quedaría sería darle ampollas de morfina,  aproximadamente, 5 meses. Sylvia me hablaba desde otro lugar, ya no estaba en su cuerpo y venía a él para darme la información necesaria sobre el diagnóstico de mi madre y la sentencia de…
Tu mama decidió morir.
Me abrazó. Ella tratando de silenciar su llanto rompía en quejidos ahogados, yo lloraba queriendo llorar con más fuerzas, con la suficiente fuerza como para compensar el no haber reparado en mi vieja enferma, el no saber qué hacer, el ser completamente inútil.
Mi vieja estaba semi consciente pero aun así estaba más lúcida que yo. Nunca me había detenido en que las únicas arrugas que mostraba su rostro eran las de la sonrisa, una curva por debajo de las mejillas, que empezaban cerca de la parte baja de la nariz e iban a morir a la altura de las comisuras- Ya que me estoy muriendo llévame a la casa- y se abrieron esos surcos generosos que la hacían pura, fueron al mismo tiempo el meandro de las lágrimas que bajaban hasta mis latidos, la sangre se me hizo espesa y el tiempo corrió más lento, la besé cuanto pude, me recosté con ella, y sentí su calor como no lo había hecho. Conocí a mi madre gracias a su agonía y me es bella, en un sentido que  no había imaginado nunca. La belleza para mí era una concepción anatómica, un par de buenas tetas, un culo redondo, un abdomen plano y un rostro de finos rasgos. Y he aquí mi vieja, bella porque ya no está, bella porque se asumió en la lejanía de la tumba. Cuando la sentí dormida o el sedante logró tumbarla, salí en busca de Sylvia para que me ayudase en el papeleo para trasladarla a la casa.
En cuatro días ordenamos la casa entre Sylvia, yo, Lucho y algunos de los discípulos de mi madre que cada cierto tiempo caían en la casa y ahora ante la tragedia estaban dispuestos para lo que se necesitara, especialmente para estorbar. Sobraban opiniones y manos en esos días, pero por lo menos estaban ahí.
El espacio que antes se llenaba con la imaginación robada a los mangas, hoy lo ocupaba el vacío, era un escampado yerto en el que me encontraba sin pies para moverme, siguiendo el compás de las ondulaciones del suelo, sin rodar ni avanzar, siempre erguido, pasando de un punto a otro, moviendo tal mueble, despejando el living y queriendo, por fin, queriendo con unas tremendas ansias desconocidas hasta ese minuto, que se rompiese la inercia, que nunca me la había planteado como tal, que llegase mi madre, para estar con ella, para estar yo también.
Cambié mi computador a la pieza de mi vieja, en el hecho más significativo que pude dar para demostrar mis deseos de cercanía a mi madre, así compartiríamos un espacio de intimidad que nunca tuvimos. Llegó al octavo día, la esperábamos con sonrisas hipócritas, haciendo una escena de bienvenida feliz, como cuando llegan familiares queridos y que no hemos visto en mucho tiempo. El trámite fue corto, se nos daría una cantidad de ampollas por mes, el paramédico nos explicó cómo inyectar la dosis de forma intramuscular, cuál era la dosis necesaria para mi madre- para un peso de unos 70 kilos la dosis era de 15 gramos cada 4 horas- la dosis aunque alta, era la recomendada y… siguió hablando, todos escucharon atentamente menos yo, sabía que Sylvia se haría cargo de anotar todo y se encargaría o en su defecto vendría una enfermera para administrarle las dosis  y cuidarla. Fui a la pieza, mi madre dormía, me senté a su lado, esperando algo, cualquier cosa en realidad, y pasó que estaba dormida, blindada contra el mundo y el dolor, y yo cada vez más sensible al mismo y al dolor venidero.
Sylvia se adueñó del salón de yoga como su nueva pieza y pasaba el día entre la cocina y la pieza de mi vieja, hablando con ella sobre sus últimas meditaciones en rogativa y haciendo meditaciones en conjunto que mitigaban su dolor. El cáncer era una presencia voraz y real que excedía el cuerpo de mi madre, lo veía en las paredes borrando en su utilidad a los símbolos de Reiki que hace menos de un mes eran custodios de todos los que se sanaban en este lugar. El cáncer desgajaba poro a poro a la Sylvia, que lloraba a puertas cerradas creyendo que yo no la escuchaba. El cáncer  transformó mis mangas haciéndolos menos divertidos, leyéndolos con los estertores de mi madre de fondo y como estaba en frente de ella, ya casi no me echaba la paja.
Era invierno y la lluvia golpeaba el zinc, el frío se colaba por debajo de las puertas y por las ventanas, la chimenea ardía constantemente y… todo era cáncer. Cáncer Sylvia, quebrada en el dolor de mi madre, cayendo por un barranco hacia la tumba de ella, escapando a través de los sueños opiáceos hacia un remanso donde no podían estar juntas y el miedo devoraba a Sylvia por no poder distinguir entre el descanso y la muerte.  Cáncer esta casa que se deshabitaba, se resquebrajaba y era territorio hostil. Más de alguna vez me di vuelta por sentir una leve incongruencia en el eco de mis pisadas, algo había cambiado en las paredes, en el techo. El espacio era una constante metamorfosis y siempre a mis espaldas mutaba monstruosamente. En esos cambios casi microscópicos residía el cáncer volviendo irreconocible todo recuerdo de hogar. Cáncer la lluvia que azotaba la ciudad con fuerza, en un temporal  que inundaba las avenidas y dejaba damnificados. Yo, como cáncer, parasitando desde siempre, cáncer entre los huesos de mi madre y después de ellos, cuando no estén, cuando Yo como cáncer parta con ella. Siendo cáncer supe la caducidad de mi tiempo. Dejaría que éste nos consumiese como uno solo, para al cabo de unos meses, extinguirnos.
El tiempo tenía que hacer su parte, el cáncer la suya y la morfina, amortiguar estas dos. Hablábamos poco con Sylvia,  y con mi madre nos dedicábamos a recordar anécdotas de cuando los abuelos estaban vivos, de cuando yo era un bebé, cuando era una posibilidad, puro horizonte y nada más. Con el correr de las semanas los dolores se acrecentaban, las dosis se multiplicaban, los sueños eran más largos, también los desvelos por no saber cuándo podían volver los dolores. Era un círculo interminable, en el que sólo cabía la abnegación.
Pero una palabra abría las puertas de la casa sin permiso, flotaba intrusa e iba descomprimiendo la densa atmósfera de la morfina. Se escuchaba João de Deus… João de Deus  como un susurro por entre las gotas de lluvia que tomaba ribetes de esperanza en la boca de Sylvia. Cirujanos espirituales, decía Sylvia y mi madre asentía y respondía con entusiasmo. Hasta que me llamaron, me sentaron en los pies de la cama y me dieron la noticia que iban a contactar a João Teixeira de Faria (João de Deus) médium que curó a Lula, el presidente de Brasil de su cáncer de laringe, para que repitiese el milagro en mi mamá. Que Lucho tenía una chance para contactarlo, y que era muy probable que dentro de esta semana tuviésemos noticias. Que por los costos no nos teníamos que preocupar, que Lucho se las ingeniaría.
Sonreí y abracé a mi mamá, ella me decía que íbamos a estar bien, que en definitiva se iba a sanar. Sylvia estaba desbordada de alegría ante un milagro que daba por hecho. Las dejé hablando y divagando sobre esa cirugía invisible y encima a distancia que solucionaría todo. Me resistía a creer que fuese todo tan fácil, que de un plumazo el cáncer desaparecería y todo iba a continuar. Difícilmente podría volver a mis mangas y juegos después de agonizar con mi vieja en la certidumbre del no estar, dando vuelta la última página para que solo quede el momento de poner en paralelo tapa y contra-tapa, despidiéndonos así de todo. Fueron días de contención y angustia para Sylvia y mi vieja, esperando por la llamada de Lucho, esperando por un salvavidas brasileño.
 Estaba en la cocina cuando vi a Sylvia salir disparada al patio hablando por celular, daba vueltas en círculos cortos y rápidos, gesticulaba nerviosamente con la mano que tenía libre. Pasó un minuto o menos y fue tranquilizando su marcha, la mano ahora estaba en su cadera, los círculos eran notoriamente más grandes y se acrecentaban paso a paso, llegó al fondo del patio, caminaba pegada a la muralla que separaba nuestro terreno con el del vecino, fue contra ella que golpeó el celular con fuerza y apoyó manos y cabeza y así se quedó, derrotada, sin más. No me atrevía a nada, era como si nos hubiésemos detenido para no movernos más, ella seguía contra la pared y yo apuñalándola con la mirada. Pasaron las horas y el crepúsculo envolvió con una luz cálida el cuerpo de Sylvia, me pareció estar viendo una triste foto en sepia. Se había roto la esperanza y era peor que morir. La saqué de esa pared antes que la noche la partiera por la mitad en una dentellada de luna y estrellas. – Hay una lista de pacientes, con la curación de Lula se hizo famoso internacionalmente, van de todas partes del mundo para que los sanen. Tu mamá tiene que esperar año y medio para que la pueda atender-  No se atrevía a mirarme a los ojos, y menos a decírselo a mi vieja. Le pregunté cuándo volvía Lucho, me contestó que ya venía en camino, que tomó el primer vuelo y que mañana en la mañana estaba bajándose del avión. –Descansá, yo me hago cargo hoy,  y mañana en la tarde vuelves con Lucho- Alzó la mirada, y llorando me abrazó, no tenía lágrimas para corresponderle pero la abracé fuerte y le besé la frente, quería aliviarle la culpa, que se olvidara de todo, de un todo que éramos mi madre y yo.
Mi madre dormía cuando entré a la pieza, encendí el computador y con el ruido del ventilador empezó a despertar, últimamente despertaba de una forma gradual, tomándole unos minutos estar en completo dominio de sí . La idea inicial para grabar esta muerte era el no olvidar, todo en mí era olvido. La permanencia me era extraña, todo pasaba por mi costado y yo con desidia pasaba por alto cuanto se me cruzara. No voy a olvidar a mi madre, ni menos que la maté. Mi vieja se muere por el hecho de respirar, pero se aferró al último cabo suelto que dejó la vida, un hilo que se evaporaba por la distancia y su lista de espera. João de Deus, que con su mero nombre había revivido a mi madre, hoy la mataba desapareciendo de escena. Solo quedamos mi vieja y yo.
-          Lucho llamó y dijo que la operación es ahora a las 11, que podíamos dormirte con morfina, no hay problema en ello. Yo como familiar te tengo que acompañar. Sylvia me estuvo haciendo Reiki y me limpió el aura para no contaminar la cirugía con ninguna energía negativa.
Mi vieja estaba perpleja, solo atinó a preguntar – ¿Tan rápido?-  Sí, así de rápido. Nos sostuvimos la mirada durante unos instantes, me fui acercando hasta sentarme a su lado y tomarle la mano. Era la despedida y no tenía nada que decir, ni por qué llorar, ni qué sentir. Le acaricié el pelo, que empezaba a escasear y vestirse en cenizas.
Todo era cáncer y hemos de morir. Lo sabíamos, entonces un beso en la mejilla y sin mentira ni hipocresía, partir. Pinchazo tras pinchazo hasta agotar la última ampolla.
Partir.
Estaba hecho y yo seguía ahí, sentado a un costado de la cama, sin ánimos para morir. No quedaba morfina para mí, me tendría que conformar con inyectarme aire en una vena y que me reventase la cabeza. No sé cuántas horas pasaron, la Web Cam seguía grabando, me paré para ver el video de la muerte de mi mamá. El computador no me respondió al tratar de mover el mouse, había un lag tremendo, moví hacia todos lados el mouse y la flecha se tele transportaba de un margen a otro de la pantalla. Ctr+Alt+Supr y nada. Ctrl+Alt+Supr  y la pantalla se volvió azul con un enunciado de Windows.  Golpeé el teclado con los dos puños y las teclas volaron. Reinicié el computador, pero después de darme el encendido volvía a salir la pantalla azul. Era un bucle infinito en el que perdía la memoria de mi vieja muriendo, mis mangas, mis juegos, mi perfecta burbuja.
-El pantallazo azul de la muerte-  es irónico que el nombre sea perfecto como título de esta última escena.


Huachimargo Alarcón San Martín

No hay comentarios:

Publicar un comentario