Me desperté asustado a las 5:55 am. En
unas horas más la ciudad estará sacudiéndose la noche de encima, la luz
comenzará a pincelar en orden vertical y descendente los edificios, las bocas
del subte irán tragando personas por goteo, intermitentemente, mientras que las
vomitará en el desorden de la huida. Huir a paso rápido para llegar a la
comodidad del día a día, apresurarse para caer en el mismo sitio de todas las
mañanas.
Recordaba el sueño por retazos.
Primero caminaba por corrientes hacia el
obelisco, entraba a una librería y tomaba un libro de Bolaños al que no le
recuerdo el titulo y me daba cuenta que era trucho. Por cuarenta pesos no podía
pedir más.
Después me vi en un café mirando
hacia la calle, la gente caminaba marcha atrás, como los camarones, avanzaban
ensimismados nadie chocaba ni se miraba, quise parame para entorpecer su marcha
y ver la reacción, pero estaba pegado a la silla, miré a mi alrededor y el café
estaba vacío. Sentí cómo se me petrificaban las piernas y se adherían al suelo,
la misma fuerza subía por mi columna sujetándome el cuerpo para que no se
moviese más, trataba inútilmente de
despegarme del suelo. Tomaba mis muslos y
jalaba rabiosamente, cuando en lo que pareció un estallido de esa fuerza
inmovilizadora, congeló mi torso y brazos, dejando libre solo mi cuello y
cabeza. Quedé apretando mi muslo derecho y sentía como subía por mi cuello una
hiel que me sujetaba como una garra que apretaba cada nervio, cada intersticio
de mi carne, cada tendón, cada hueso, cada poro, cada átomo. Fui capaz en una
hiperestesia de recorrer mi cuerpo desde la composición base hasta lo que
excedía los márgenes de la piel. Subí el mentón y apunte con este el techo, un
tenso frío endurecía mi cuello lentamente, después mi nuca y al final mi
rostro. Mis párpados se detuvieron y mi vista se tornó niebla.
Por último estoy en mi pieza, está
todo a oscuras, tropiezo con mi cama que está dada vuelta, con la cabecera en
donde deberían ir los pies y viceversa, me saco la ropa lentamente y me meto a
la cama pensando en que tengo que responder a la pregunta de “Rodrigo, ¿Te
gusta escribir?”.
Despierto.
Son las 4:44 am. Camino en la helada
noche de un pueblo Cordillerano del sur de Chile. Soy otro. Me llamo Vicente y
tengo 18 años. Vuelvo de la playa después de haber tirado con el culo al aire y
que se me erizaran los pelos del poto por el frío. Seguro mañana (hoy), me
despierto resfriado. No me importa, valió la pena. Nos juntamos con mi novia a eso de las siete.
Fuimos a la playa que nos
esperaba como siempre abierta y generosa en los vientos crepusculares, el
volcán humeaba y esperamos abrazados la noche. Hicimos una pequeña fogata con
las ramas que el lago había dejado en la orilla. Tomamos el cartón de vino que
habíamos comprado. Nos amábamos en un principio sin tocarnos, yo me enredaba en
sus interminables rizos para quedar arropado en el vaho de su aliento. Nos
conocimos en una compañía de teatro que tenía el sueño ridículo de ser una
vanguardia rupturista. No sé si lo logramos, porque este pueblo nunca tuvo un
antecedente teatral que no fueran los talleres escolares, en donde se sucedían
año tras año las bellas durmientes, las cenicientas, los pinochos etc. y etc.
Cualquier obra que dijera pene o poto o zorra, era rupturista. Tal vez sí
fuimos vanguardia, porque después de nosotros se creó otra compañía a la que en
más de una vez nos vimos despreciando por tocar temas supuestamente
“superficiales”. Nosotros que ensayábamos a diario, que hacíamos trainings de
dos horas, que nos íbamos de claustro una semana antes del estreno, por
supuesto éramos mejores, más profundos, más capaces. Por nuestra superioridad
sobre ellos teníamos el derecho adquirido de la mirada por sobre el hombro, el
saludo cortante, las risas en sus caras y una terrible indiferencia.
Firmaba con el pseudónimo de Vicente el
Levante monólogos que en palabras del director sobresalían a los de mis pares.
En esta rueda nihilista era la crème de la crème. Sincerándome, en los dos años
que estuve en la compañía con suerte escribí quince páginas y los monólogos
presentados eran solo del gusto del director y de mis compañeros porque
llegando al publico se volvían una seguidilla de bostezos de osos. No era muy
distinto con mis compañeros, aunque a diferencia de mí, la reacción era un ceño
fruncido, la boca a medio abrir y la alternancia de la cabeza que ligeramente
se recostaba hacia un hombro u otro. No se entendía una mierda. Lo más simpático
o terrible era que al menor silencio, creyendo que habíamos terminado brotaban
olas furiosas de aplausos. Distinguíamos entre el público las arengas de un
grupo de seguidores que nos acompañaban a todas las presentaciones. Eran una
docena de quinceañeros que mareados después de leer a Cortázar venían a
reverenciarnos como semi dioses de las artes. Ellos, nuestro público fiel, eran
los que menos entendía, (porque creían entender). En definitiva no había qué
entender, eran sólo palabras puestas en concordancia con el movimiento y
epilépticas coreografías. Yo no sabía qué mierda estaba haciendo y no podía
esperar que alguien desde el público me diese la respuesta a una pregunta que
en ese entonces ni siquiera estaba planteada. Pero conocía el para qué: escribía
para emocionar-te. Si algún otro se quebraba con mis palabras era una curiosa
coincidencia, porque escribía con versos encriptados que sólo sabían abrirse
ante nuestras lenguas reposando una sobre la otra y ante la saliva compartida.
Escribía poco y era suficiente. Escribía sin entender, estaba a la deriva,
cercano al naufragio, mas estabas tú y era suficiente.
Llego a mi casa y no hay nadie despierto,
entro en mi pieza, me saco la ropa lentamente, me meto a la cama.
Me duermo.
Cargo el lápiz de forma tal que los trazos
de las líneas son surcos que por partes traspasan la hoja. Es mi herida que
florece ante la hoja en blanco y va abriéndose por entre medio de la costra,
para sangrar anémicamente en un azul tinta. No estás y te dibujo en infinitos
poemas de diez o más páginas. Los poemas son un vómito insoportable por
ciertos. Todos terminan alimentando la chimenea, todo se vuelve humo y ceniza.
Te fuiste hace seis meses y desde hace dos me obligo a ver nuestras fotos para
no olvidar. Creímos ingenuamente que resistiríamos la distancia y la soledad.
Buenos Aires en ese entonces estaba a unos metros más allá. Hoy es otro mundo.
Buenos Aires hijo de la puta rompe catre y traga moco que te la llevaste hasta
donde no la puedo alcanzar. Chile y la conchetumadre, maricón e hijo de puta,
que la desterraste por no tener educación gratuita o por lo menos decente. Y yo, un pendejo de mierda que llora
la carta en poemas en vez de ir a buscarla. Debiese mostrarme un dictador,
enfrentarla y decirle,-!te vienes conmigo y se acabó la mierda!- Pero no,
porque soy moderno y la enamoré diciéndole que la conocí libre y la iba
mantener así. Como si dependiese de mí que fuese libre, como si alguien de
verdad en este mundo, fuese libre. Entonces decirle en un mail que la amo y la extraño,
todos los días, con los mocos hasta el piso, con las mejillas erosionadas,
hecho mierda. Escribo y no sirve de nada, en vez de sanarme me envenena. Salgo
a caminar y este pueblo entero es la oquedad que dejaste en tu partida. No sé
cuántas horas he estado caminando en espiral. Cada vez estoy más lejos. Me
pregunto si escapando de tu recuerdo me acerco a ti en distancia. ¿Estaré más
cerca de Buenos Aires tratando de arrancarte de cuajo, en este asfaltado hacia
la cordillera, hoy, a las 3:33 am? No lo sabré vagando errante por entre medio
de la nada. Entonces…
Vuelvo
Soy Rodrigo, otra vez. Estoy en mi Chillan
natal y trabajo de albañil, la verdad no tengo idea de cómo pegar un ladrillo,
ni cómo se hace la mezcla, ni cómo funciona el bolo, pero aún así, soy el único
albañil en la faena. Cuando me sumé a la obra, ya estaban los pilares y el
radier hecho, por lo tanto quedaba tirar las líneas y empezar a pegar los
ladrillos. Poco a poco fui aprendiendo el tres de arena por uno de cemento y
que la mezcla no quedase aguachenta, las mañas para que el plomo no se moviese,
cómo asentar el ladrillo para que en la próxima corrida no tuviese que estar
emparejando con la mezcla que va entre hilera e hilera. Fui aprendiendo el
oficio a costo de algunos errores. Veía las primeras murallas de soslayo,
porque no resistían ni el peso de una mirada directa, las siguientes tendrían
que darles un par de patadas, solo un par. Pero las que había construido al
último ésas sí se podía llamar murallas. Aprendí rápido para aprender sólo, ya
que las promesas del constructor en jefe de supervisarme y ayudarme solo se
cumplieron en la primera hilera que hice. Todo lo demás lo construí solo. Si
alguien reclama, que le reclamen a él, yo no nací sabiendo.
Me pagan bien, con seis días trabajados
hago 60 mil pesos. Junto 40 y con los otros 20 todos los sábados, me voy de
putas. Me espera una concha abierta y honesta, sin promesas, sin besos, sin
sueños, sólo con los billetes en el velador y a embutir el salame. Lo único
malo es que tengo que plastificármela. Tirar a fierro pelado tiene otra tarifa,
pero es mejor - condón en el pene que comprarle los pañales al nene- uno nunca
sabe.
Ya no escribo, ahora solo vivo. Carmen a
mi lado prende un cigarro, y me dice que si quiero me puedo quedar un rato más
para conversar. Después conocería su verdadero nombre y entonces la concha me
esperaría sin billetes de por medio, habría besos y tal vez sueños. Promesas
nunca las hubo y tampoco las habrá. Carmen –todavía Carmen- baja a buscar una
botella de vino y vasos. Miro
la hora y ya son las 2:22 am.
Para tirar en una casa de putas
tienes que estar dispuesto a por lo menos un trío. La nostalgia es carne entre
medio de todas las sábanas. Cuando te estás vistiendo o cuando estás pagando,
te cae encima y te descuera de un solo navajazo, y queriendo apartarte de ella
empiezas a llenarte de vino, sabiendo que con cada sorbo te vas adentrando en
sus fauces. O simplemente te vas, haciendo la del hijo de puta, la que hacemos
todos, en esa actitud cabrona de un no me importa nada. Pago y me voy. Cuando
ya estás trasquilado y no te vas sino que huyes. Huyes con la potencia
magnética que tiene el sudor de las putas. Porque vuelves perdiendo el muñequeo
contra la nostalgia, pero a cambio te llenas de la honestidad de vaselina en
las putas. Yo no me voy ni me emborracho (aun). Cierro los ojos y veo con
nostalgia el haber escrito cuando era necesario. Escribir desde la inocencia,
sin miedo al paso en falso. Saber que las palabras me contenían en una
totalidad desconocida y que se podía llegar a ella a través de las metáforas.
Cierro los ojos, aprieto los párpados y...
Recuerdo.
Es julio en Temuco y llueve como no lo
hacía hace cinco años. Vengo del norte en donde dejé una feliz infancia. Llena
de desierto, siempre soleada. No conocía la lluvia y desearía no haberla
conocido. Me asusta la fuerza con que en ráfagas la lluvia golpea el zinc del
techo. Me asusta por haber visto una plancha de zinc volando por en medio de la
calle y temo que nuestro techo salga volando. Tengo nueve años en una tormenta
que no para hace 3 meses, tengo nueve años en un sur frío y extranjero. Mi
vieja pasa más tiempo en la casa y nos abrió el mundo a mí y a mi hermana a
través de Neruda, Mistral, Huidobro y Shakespeare.
Raúl, te acuerdas?
Te acuerdas, Rafael?
Federico, te acuerdas debajo de la tierra, te acuerdas de mi casa con balcones en donde la luz de junio ahogaba flores en tu boca? Hermano, hermano!
Te acuerdas, Rafael?
Federico, te acuerdas debajo de la tierra, te acuerdas de mi casa con balcones en donde la luz de junio ahogaba flores en tu boca? Hermano, hermano!
Y después venía el mercado de Argüelles, y la sangre y la injusticia
y el dolor, y la interrogante apelando a este sur que hoy habito. Entendí por
qué Neruda decía “Explico algunas cosas” para que ignorantes como yo supieran
qué pasó en esa España. Siempre que abría España en el Corazón volvía a esa
estrofa, en donde se apelaba a la esperanza y se aferraba a ella sabiendo que
todo se había ido a la mierda.
Era una tarde de domingo obviamente de
lluvia. Por la tele pasaban la “cultura entretenida”. No me acuerdo del
contexto, pero esa tarde fue cuando oí por primera vez el discurso que dio
Allende a Chile el 11 de septiembre del 73` por Radio Magallanes. Lo vimos en
familia y callamos mientras bombardeaban la moneda, y por entre el humo de las
explosiones el presidente próximo a su muerte decía que pagaría con su vida la
lealtad del pueblo. Neruda y Allende, fueron mi primer poema, un plagio
descarado a los dos, en el que usaba las balas de “Explico algunas cosas” y el
general rastrero de Allende a Mendoza que en mi poema se lo decía a Pinochet.
Sabía que ese poema eran dos grandes voces apelmazadas que yo estaba robando,
advertí gracias a esto que el oficio de escribir tiene mucho de vampirismo.
Pero aun así ese poema era mío. Por la tormenta se suspendieron las clases para
el lunes. Teníamos permiso para dormirnos tarde. Yo ejercí mi derecho a
cabalidad y resistí el sueño hasta las 1:11 am. Entonces le leo el poema a mi
viejo que estaba trabajando en la computadora. Me escucha distraído y cuando
termino, me dice “Está bueno, ¿De dónde lo copiaste?”
Mi primer poema fue en el cenit de la
tormenta, después de él, la calma.
Son las 0:00 en Rivadavia al 5900, Buenos
Aires, Capital federal. Esta es la madrugada en la que me transforme en poeta.
A esta madrugada la tendré que sobrevivir. Mi pasado se trasvasijara desde la
memoria hasta esta pensión de estudiantes en donde golpeo las teclas para ser
mi pseudónimo en una obra de teatro que me deja un gusto a tragedia, ser
Rodrigo a secas en entre las piernas de mis putas chillanejas y terminar en la
reminiscencia de mi primer poema. En
el balcón de este departamento no hay luz que ahogue flor alguna, sólo hay un
gomero que está próximo a la deshidratación. Tampoco está Lorca, ni Alberti, ni
González Tuñón. Sí esta Facu, flor de pajero y un buen amigo, está Ivo que es
un cago de risa, Marga, preciosa desde su mecha rosa, Nerina que me acompaña
hacia el cáncer de pulmón, sin deseárselo claro, está Georgina desbordada en el
mediterráneo, está Paula tirándole justa mierda a Farmacity, Daniela esta desde
sus alumnos de Pompeya, está Grisel con la inocencia que perdí y que le
envidio.
-Entonces, Rodrigo; ¿te gusta escribir?
-No lo sé. Fue un pestañazo, un descuido y
ya han pasado 22 años, volveré a pestañar y tal vez caiga en los sesenta, puede
ser que recién entonces esté a medio camino de tener alguna certeza sobre mi
oficio. Hoy puedo decir que he escrito desde siempre, porque antes de escribir
no existía, por esto, cuando llegó el momento de decidir si me gustaba o no,
era lo único que sabía hacer.
Rodrigo Alarcón San Martín
No hay comentarios:
Publicar un comentario