LA ÚLTIMA HOJA
Había brisa sur esa mañana, lo que anunciaba que los días venideros estarían despejados. Al interior de la casa – ya deshabitada – quedaba una ventana abierta por tanto cuando me enfrenté a la calle, la misma brisa que me envolvía cerró la puerta de un solo golpe que me dio de lleno en la espalda. El impacto me hizo dar mis primeros pasos hacia el otoño y desde ese momento, somos uno.
Partí ciego, porque no sabía dónde depositar la mirada, una forma de ceguera es perderse entre las cosas que te desfilan por enfrente de las narices y no verte a ti mismo en ninguna de ellas. Pero partí, mis suelas estaban hambrientas de tus huellas y con el velamen hecho mierda tenía la vaga certeza que mi derrotero era, al menos, el margen de tus sombras.
Cuando te conocí te llamabas Josefina y tu apellido era Melo. Eras un ser de aire, suficientemente liviana como para que de un suspiro, volases. Alegre y extrovertida eras el blanco de bromas de todos por tu apellido. No te importaba el coro interminable de, MELO chupa, MELO masca, MELO lame, MELO arremanga. Seguramente si hubiésemos sabido que en los años venideros tu apellido se perdería y tu nombre cambiaría por cada corrida que tragases y en verdad en ese entonces estarías chupando, lamiendo, sin culpa ni placer, la pichula de cuanto cliente te destinaran y cuando había más plata en las manos de los cafiches la estarías arremangando con una constante fricción que no significada nada más que ciento cincuenta lucas extras en el bolsillo al final del día y entre diez y quince minutos de montarse arriba de la chota y en los momentos que te sofocaras morderías como pequeña venganza pezones y orejas, que algunos resistirían pero se les olvidaría con la primera embestida de sus erecciones entre tus carnes y otros responderían con una emoción inusitada pidiendo con un susurro a la oreja, que también los rasguñases o los sodomizaras – méteme un dedo en el culo mamita – y así las putas eran ellos, y te sentías peor, por verte reflejada, feliz, tiritando de placer por una uña que rasgaba el ano, su ano, tu ano. Te llevabas de recuerdo mierda y sangre por debajo de las uñas, mierda y sangre sustanciales en tu nuevo yo.
Si hubiésemos sabido, seguramente, nosotros, los siete, los muy hijos de putas, lo habríamos dicho con más ganas, no intentando romper la rutina inventando nuevos sustantivos al MELO, por puro ocio, sino tratando de herir, como nos herimos varias veces a pesar de necesitarnos y querernos. Bueno, éramos imbéciles en nuestra adolescencia, y en mi caso personal después de ella y para siempre.
Te amo. Leyendo esto pareciese que no, pero te amo. Para explicarlo voy a volver a la narración del otoño, dejando en claro – para empezar - que esta narración es otoño.
Terminamos la media y nos perdimos por entre los callejones de los pre-universitarios, quienes en la PSU no la habían visto ni cerca, a los que le s había ido bien en créditos con aval del estado o créditos CORFO y los menos, una ínfima porción, obtuvieron las preciosas y escasas becas en las universidades del consejo de rectores y no esas becas mentirosas que prometen en comerciales las universidades privadas. Paradójicamente el número de las buenas becas debe de ser proporcional al número de personas que pueden pagar de su bolsillo la universidad, pero en muchos casos son las mismas, que terminan afanándole al estado y ayudando a que la desigualdad sea más notoria. Yo pertenecía al grupo de los endeudados, sabía que con mi carrera el crédito lo iba a terminar pagando cuando volviese a cagarme encima de unos pañales; estudiaba literatura, que era una habilitación de taquito a la cesantía o con mejor suerte terminaría siendo taxista. Pasaron los primeros años en donde el vino es la única nota perentoria que podría darse como crónica de ellos, las costras violáceas en los labios como parte de la vestimenta y los vómitos burdeos como mantras que me mantenían en un estado de calma evitando así tirarme de un paso de sobre nivel- ésta era la posibilidad de suicidio de un universitario endeudado porque el clásico destaparse los sesos, era un lujo, me alcanzaría la plata para la bala y tendría que incrustármela en la cabeza a punta de martillazos, ya era bastante triste la situación como para ser titular de La Cuarta- .
Y entonces el otoño, entonces tú. Eras la misma, envuelta en finezas, mas demacrada, hecha mujer. Yo todavía pendejo, todavía enamorado de tí, a la distancia me sonreíste y las hojas caían por tus costados, por los bordes de tus mejillas y pestañas, caían y yo miserable, me había empequeñecido al punto que cabía entre el espacio que dejan los dientes cuando empiezan las encías, debería haber ahorrado para la bala y el revólver, matarme ahí mismo, y abrirle el pecho a la felicidad.
Me abrazaste y me levantaste dándome vueltas, tú parecías el hombre y yo la mujer, pero a la mierda, la escena para alguien que lo viese desde afuera era la del reencuentro de dos amantes, eso pensaba mientras giraba, estaba a punto de llorar cuando te detuviste, nos miramos y me invitaste a un café, yo sólo asentí. Te seguí por una alfombra marrón que desembocaba en el café de las hojas muertas – así se llamaba- Me hiciste tragar el mejor monólogo que he escuchado, pero aun así fue agotador, preguntaste por los otros cinco, yo me sinceré diciendo que después del liceo no los vi mas y no intenté contactarlos, ni ellos a mí, me decías que estudiabas tarde mal y nunca, que habías cambiado dos veces de carrera pero que ahora te habías decidido por Ingeniería Comercial, que vivías en La Reina y que trabajabas a medio tiempo. No sospeché nada, a pesar de que contestabas llamadas por tres celulares distintos, una Blackberry y los otros dos parecidos, Touch, de modelos que se encuentran por el costo de un mes del alquiler de mi pieza hacia arriba. Nos separamos con la promesa de volver a encontrarnos, quise tu número de celular, pero te adelantaste pidiéndome el mío, lo anotaste en la Blackberry y no volvimos a conversar nunca más.
Los rumores me llegaron con el verano, de vuelta de mi mochileo por el sur profundo, donde la cordillera le pelea los centímetros de tierra a los glaciares, éstos avanzan a tramos de siglos hacia el mar que los lame para resquebrajarlos y disolverlos, envolviendo así el paisaje en la furia de los tiempos. Volvía con ese rumor de vertientes que tiene el sur, cuando el rumor de las putas de las estaciones me barrió del mapa. Putas exclusivas que tenían una estación designada, que hacían rotaciones para clientes V.I.P no solo de Chile, sino de América. Hubo los que dijeron del mundo. Las rotaciones en Chile eran las mineras del norte, las casas de solteros de La Dehesa y atenciones especiales a senadores en Valparaíso en algún yate privado; lugares de veraneo como los departamentos aledaños al sector cinco de Reñaca, la península de Pucón, laguna Vichuquen, y las grandes crianzas de salmones en Chiloé y Puerto Montt. Dijeron por donde nunca se sabe, que una de las exclusivas putas se había calentado con un cachador de la pampa, huachaca, asiduo parroquiano a la Piojera, bueno pa` la piscola y de facha. Que el papito corazón intentó hacerla de oro, pero le salió por di troy con la barbie, porque después de enchufársela un par de veces, los gorilas supieron que la mijita estaba con el charangueto goteando por este héroe suburbial y sin más lo agarraron y sin ojos ni lengua ni orejas lo colgaron de un poste cerca de estación central, por supuesto la policía no intervino y nunca se supo. El final de historia; se vio a la barbie desfigurada con varias costillas rotas y la sonrisa eterna paseando por Puente Alto. Un par de gorilas en escolta la mostraban como advertencia a quien se quisiese levantar a una de las estaciones de nuevo. Cuento el rumor como me lo contaron. No, debo admitir que me lo contaron de otra forma pero para hacerlo más entretenido lo cuento como me parece más divertido a mí, sigo la tradición chismosa de que la historia tome cada vez más tintes de épica y llegue a un punto que colinde con lo imposible. Cuánto hay de verdad y mentira en el rumor de moda de mi universidad, no lo puedo decir, me gustaría decir que es mentira, pero me toca decir que es probable. Me llegó de manera especial el rumor, imaginarse una primavera hecha carne, de piel blanca y tersa, de ojos azules casi transparentes, de pelo negro, largo hasta la cintura con curvas que te desbordaban y con una sonrisa de labios pequeños, las floraciones interminables en su sexo y todos los colores en su saliva. Una morena como invierno con tetas y culo descomunales, que te caía encima como tempestad y te abatía en la primera embestida, una ventosa en vez de vagina, que te exprima como para no eyacular nunca más, un verano, perdonando el cliché, rubio tácito, delicado como la luz, pero omnipresente, abrasador. Y un otoño… como Josefina. Con su pelo color miel, sus facciones delicadas, sus ojos cansados y esa belleza que pareciese póstuma, la belleza de los mausoleos. La busqué por todos lados. En su universidad no se había aparecido hace meses, incluso me hice amistades de su carrera, una manga de cuicos que soportaba por la información que me entregaban, me trataban como el loco enamorado y poeta, un Romeo de medio pelo que podría ser divertido exponer a sus amigos intelectualoides en los bares del barrio Lastarria como un animal de zoológico que con su mera presencia divertía y que había que tirarle maní para que hiciese su gracia. Se cambiaba el maní por tragos como la albaquita o mojitos y en vez de bailar o gritar, se recibía algún poema para esa musa ausente y hasta olvidada por sus supuestas amistades. Te buscaba y no estabas en invierno ni en primavera ni en verano, fallaste un otoño, y de nuevo invierno, primavera, verano y al otoño siguiente, me llamó una rubia, a la que no le recuerdo el nombre, amante de la saga Crepúsculo que me tenia las bolas llenas por insistirme que lo leyese, para justificar su calentura con Robert Pattinson de una forma literaria. Me decía que habías vuelto, que te había contado que yo te buscaba, que estaba enamorado de ti y te pidió que me llamases -pobrecito –. Puta rubia descerebrada, le habría hecho volar las paletas y un par de muelas de una patada si la hubiese tenido en frente, pero hipócritamente le di las gracias y que por favor me mantuviese informado por cualquier cosa, a lo que me dijo que por este favor ahora sí que sí me tenía que leer Crepúsculo, no aguanté más y para no mandarla a que le dieran por el culo le colgué. Corrí inútilmente para alcanzar el metro, corrí histéricamente por las escaleras mecánicas para ahorrar cada segundo, empujé a quien se me cruzaba en el camino y llegué por supuesto tarde, ¿Unas horas? ¿Un año? ¿Una vida? Supe que botaste la carrera y que partiste, sin decir más, hacia el norte. Yo ya había terminado mi tesis sobre la influencia de los poetas mapuches en la literatura joven de la novena región, y cómo éstos se empapaban de un autoproclamado mestizismo, que vendría siendo un ansia por ser mapuche siendo huinca. Pagué por mi tesis y mi cartón, y partí. Te supe así el otoño de las putas de las estaciones. No cabía duda. Vendí cuanto tenía, o sea mis libros, gracias a ellos tuve para vivir el primer mes en Antofagasta. Encontré trabajo de mesero, lo que me venía bien, por tener algo de tiempo libre para buscarte entre los bares más caros del litoral antofagastino. Trataba de sacar información de donde no había y elaboraba los posibles itinerarios que en tu otoño seguirías. No bastaba con Chile, no, tenías que ser un otoño que cruzaba hemisferios, incluso los océanos. Llegaba mayo y ya debías estar por moverte, así que hice los preparativos para moverme contigo. Un otoño más cerca, hasta que las hojas caducasen entre nuestros cuerpos. Me moví de hemisferio. Supe que el otoño intertropical era casi de seis meses. Viajé por entre los países de América central, sé que en Belice te pisé los talones y que trabajaste en el mismo hotel donde yo hacía de copero. Mi inglés se había pulido y conseguía trabajo también como free-lance haciendo crónicas de viajes imposibles bajo un seudónimo que gustaban a un grupo de viejas cuicas que se les despertaba el libido con mis historias de sexo interracial e internacional. Escribía para un portal bastante conocido y gracias a eso tenía siempre plata en bolsillo para que no me devorase el invierno. Supe lo que era el miedo a través del invierno. Con las primeras lluvias antes del equinoccio cuando los arboles se desnudaban y no había marrón en sus ramas, sabía que estabas ya fuera de mi radar, y tenía que moverme para no perderte la pista. Hasta que decenas de otoños más tarde por fin me di cuenta que eras esclava de tu título- inamovible, por cierto- como el otoño más cotizado, en ese punto, del mundo. Yo no podía cruzar espadas contra los que te encadenaban, un suicidio estúpido, no tengo vocación de mártir. Pero necesitaba liberarte de alguna forma, para así encontrarnos, y que por fin descansaras de los labios hipócritas Yo te llenaría con un beso que por fin no te enjuagase la boca, sino que te la llenase de esas pinceladas de oro que son los álamos en nuestros años, de los lingues de nuestros sur sangrando en los cerros de la cordillera, de las tormentas feroces que se desatan en el Caribe, de ese otoño que ansías tanto como yo. Juntos, juntos caducar hasta marchitarnos y morir. Entonces usé mi nombre de pseudo intelectual perdido en el mundo, para desenmascarar a los que movían los hilos de las putas de las estaciones. Empecé con una ficción sobre el viejo rumor del cachero de la Piojera que tuvo inesperado éxito, y de ahí conté las historias que había recolectado, de otoños primerizos y algunas primaveras que por alguna razón siempre terminaban trágicamente. También estaban las historias de las invierno, femme-fatale que llevaban a la locura a los mas crédulos que las probaban, eran una droga mortal pero que nadie se arrepentía de probar. Morir en invierno era parte de un pacto implícito que llevaban tatuados los infelices (¿?) que sufrían los golpes de viento y lluvia. Esas historias acrecentaron mi terror por el invierno.
Estoy cansado, no de buscarte, ni siquiera de no encontrarte. Solo sé que las pendientes del camino ya me mella los huesos. Así que aprovechando una publicación de una compilación de mis cuentos de las putas de las estaciones, vuelvo a Chile con la esperanza aún más fresca de encontrarte. La publicación se llama “Las estaciones a piernas abiertas”. El nombre no lo elegí yo, es una mierda, pero una mierda que puede vender, lo reconozco. El lanzamiento del libro en un connotado café del barrio Lastarrias, en el que te lloraba hace varios otoños atrás. Me reí de buena gana al notar la contradicción de encontrarme vendiendo mis miserias en el mismo lugar donde te buscaba en unos etílicos poemas. Me reí -JAJAJAJA – así con mayúscula, con la mandíbula a punto de dislocarse y con lágrimas en los ojos. A todos parece haberle gustado y rieron conmigo, no entiendo por qué mierda se reían, los habría encerrado y quemado juntos en una pira hecha por mis libros que esperaban ser autografiados. Yo no te nombré como Josefina el otoño en ninguno de mis cuentos, a lo sumo cuando te quería nombrar te llamaba mi otoño y esos cuentos al ser tan cercanos creo que perdieron fuerzas y no llamaban la atención de las masas, por eso cuando me abordó un señor de unos sesenta años bronceado declarándose lector asiduo de mis crónicas que hacían referencia a josefina como mi otoño, supe que me enfrentaba a un capo de la banda que te tenía en sus manos. Lo miré sin ganas de nada y para no darle más vueltas al asunto le pedí gentilmente si me podía llevar contigo, me sonrió como no voy a olvidar, como le sonríe un abuelo a su nieto después de entender una lección de vida que le quiso dar. Hace años que te está esperando- me dijo- entonces apareció un Toyota Yaris, que me desilusionó completamente, yo esperaba por lo bajo un Chrysler. Me subí al lado de un gorila, que podría haber sido el que le sacó los ojos al cachador de la pampa, a éste pareciese que yo le era completamente indiferente, el señor del bronceado se sentó de copiloto y movió el retrovisor para poder verme, empezó a narrar lo cerca que estuve, pero nunca lo suficiente como para encontrarte de verdad, eras el otoño en plenitud y por tanto la tenían que defender a plomo si era necesario. No entendí si yo fui un peligro, o estaba tan perdido como un peo en un jacuzzi y mi falta de inteligencia fue en definitiva lo que me alejó de Josefina estando tan cerca. Salimos de Santiago, y me dijeron que durmiese porque faltaba mucho camino por recorrer. Lo tomé como una orden o un eufemismo de –duérmete o te dormimos- yo estaba cansado y mas el nerviosismo me dormí como un tronco. Me despertaron con un zamarrón brutal y un –llegamos- cortante. Cuando salí del auto vi caminar al señor del bronceado por una loma de césped que parecía sacada de la campiña inglesa o de un campo de golf. No tenía la más mínima idea de dónde estábamos, pero como sonámbulo lo seguí. Sólo ansiaba verte y me encontré arrodillado en tu lápida pidiendo explicaciones, por qué tu fecha de muerte era tan cercana y quién mierda te mató. Y resulta que te mataste, que te agujereaste la sien por no poder zafarte de tu otoño, resulta que te maté por buscarte, por nombrarte en mis cuentos, que me odiaste también porque como una sombra te perseguía sin darte respiro. Entonces hoy, en un gesto de humanidad, los mismos que te esclavizaron me van a matar en tu tumba a pedido mío, no antes de escribirte esto, abrirán la tumba y seremos un último otoño. Apoyo la frente en la lápida y siento el frío del cañón apuntándome en la nuca. Una sonrisa enferma se sale por las comisuras, estoy llorando cuando no puedo borrar la sonrisa del encuentro. Suena el seguro de la automática. Inútilmente, termino diciendo esto, perdón. Tal vez te amé de una forma errada, voy a morir de cara frente a tí, me voy a dormir entre tus otoños.
Fin
Para empezar querido, nunca fuimos siete, solo éramos nosotros dos en la media. Tus insaciables ansias de epopeyas te nublaron la visión de la realidad como también la memoria y al final, te mataron. Yo también te amé. Pero te empecé a amar hace ciento cincuenta y seis otoños atrás, cuando te mataron. La culpa se reparte en partes iguales entre tu tozudez y quijotesca aventura y mi desidia ante tu enfermizo amor. No lo pongo en duda, no era obsesión, era amor, pero uno que nace de cada millones y generalmente nadie está presto a recibirlo, amar de esa forma es significancia de soledad.
El diario que escribiste es cierto hasta cuando llegaste a Antofagasta, las cuidad de las tres p, polvo putas y pasta. Lo de las putas de las estaciones es falso, nunca existió, solo un manejo de coincidencias y malos entendidos que dispararon tu imaginación. Yo sabía que me querías, pero ¿Qué podía hacer? Una puta con pareja no es puta. Y tenía que trabajar para comer, aunque fui más zorra que cualquiera y dejé de ser puta cuando ahorré lo suficiente como para no trabajar en tres vidas más, todavía joven y dispuesta, me habría entregado a los placeres si no te cargase en la conciencia, pero no te recrimino nada, tal vez el hecho de no esperarme si no, esta historia no tendría este final, y podríamos habernos marchitado juntos como debiese haber sido. Mi historia entra en la legalidad de la prostitución y la voy a resumir porque esta historia debe contarse como tuya incluso por sobre la mía.
Estando de puta para clientes exclusivos me topé con una persona que trabajaba para una AFP, que a diferencia de todos mis clientes habituales, no tenía ni apellido ni era un profesional en las minas, sino una persona corriente pero con mucha plata. En las primeras citas era más bien tímido, éramos conocidas como putas cultas, estábamos por sobre el nivel de las peruanas y colombianas que llegaban a pelearse la calle con las nacionales que gastaban las suelas en el asfalto del desierto y cobraban una veintésima parte de nuestros honorarios en media hora. Pero le agradé y siempre me buscaba, entonces viendo la posibilidad de salir de este pozo lo seduje con las primeras citas gratis incluso dejándome caer, por su departamento –precioso por lo demás, con vista al mar- en donde me quedé un par de fin de semanas. Mi mayor error fue haberle dicho mi nombre verdadero. Pero estamos en cómo me hice millonaria y cuál era el truco para serlo.
¿Cómo alguien como él tenía propiedades, auto del año y un departamento que se desbordaba en su plusvalía? No podía ser más simple la mayoría de los mineros tenían unos fondos de pensión gigantescos, por tanto la comisión al vendedor de seguros por cada minero era también millonaria, sólo tenía que convencerlo de cambiarse de AFP y que se jubilase por ella. Un par de mineros con una buena jubilación al mes y a cobrar los millones. El problema era convencerlos y caían en el juego del regalo lápices, gorros y poleras. Quien fuese más dadivoso en ese sentido se llevaba a los mineros, los planes de rentabilidad eran un agregado casi sin importancia ante colosales cifras. Entonces tracé mi ruta, primero deshacerme de este vendedor, que me siguió acosando hasta el hartazgo pero tomé lo que tenía ahorrado y desaparecí sin decirle nada a nadie. Me cambié de barrio, dejé los tacones, los vestidos con caídas de gasa, transparencias y escotes, para ser una más del montón. Me inscribí en un curso respectivo en una AFP cualquiera y como me esforcé en ello salí primera de la promoción, lo que me significó un premio de doscientos cincuenta mil que me era poco dinero, pero que recibí con satisfacción. Entonces comprimiendo la historia a más no poder, abrí las piernas para todos los mineros arriba de sesenta años que quisiesen jubilarse, incluso tuve los que se jubilaron anticipados por un par de polvos conmigo. Como eran la mayoría jefes de hogar no había peligro de chantaje o de que me traicionasen yéndose en último minuto a otra AFP. La verdad todos fueron muy caballeros, en la rudeza de su ignorancia nunca me trataron como una conquista o un pedazo de carne donde descargar las bolas, así que me sentí incluso haciendo un bien por estos abuelos que ya se retiraban a sus familias, para no volver a las horribles minas ni al trabajo por turnos, descansar porque dejaron la piel, las manos, los pocos sueños que tuvieron, enterrados en las mantos de cobre que alimentaban a todo el país, pero que al final la mayor ganancia era para otros, ¿Cuáles?, no se sabe a ciencia cierta. Gringos seguramente, gringos de mierda que le chupaban la sangre a la cordillera, pero a ellos capataces, soldadores, camioneros les bastaba con salir a vivir lo último que les quedaba en paz y qué mejor que tirarse a una veinteañera con experiencia como regalo de jubilación. Así trabaje tres años, solo tres años, y amasé una fortuna que ni siquiera puedo calcular.
Ahora tú. Después de esos tres años te busqué, fui a tu casa, recorrí los pasillos en donde jugábamos, todavía tu madre tenía esas ampliaciones de los dibujo de Ginsberg de las cartas del yagé que tanto te gustaban. El gran vomitador y el Ser, si mal no recuerdo. Me acuerdo de la penumbra en tu cuarto y los primeros abrazos que nos dimos por miedo a esos dibujos, yo te pedía casi a gritos histéricos que por favor los sacaras, que si no los sacabas no volvía a poner un pie en tu pieza y tu estirando la trompa como diciendo “me la chupa que estés o no estés” prefiriendo Ginsberg por sobre mí.
Entonces la tía me llevó de la mano hacia el living, me sentó enfrente de ella y con un esfuerzo de voluntad descomunal, me contó que me habías perseguido hacia el norte, en un delirio de putas y otoño que nunca acabo de entender, pero que estaba en un diario que dejó escrito, un diario novelesco que tiene más esquizofrenia que verdad.
¿Y cómo murió? pregunté cuando las dos llorábamos en silencio, cada cual con su carga. Tu madre con tu ausencia y yo con tu presencia que venía de un plumazo a borrar todo lo que había construido para los dos, tu presencia desde el vacío. En una pelea con un borracho, que decía que eras una puta, y que le habías robado los clientes, hace un año o un poco menos. El borracho que era un vendedor de seguros alcoholizado gritaba tu nombre por la costanera y él que venía de su trabajo de mesero, lo escuchó y se le fue encima, defendiéndote como el perfecto otoño. Para los testigos fue una de las peleas más raras de sus vidas, acostumbrados a ver peleas de borrachos, eras a la vez el otoño perfecto y una ladrona de clientes. Tenían un punto en común: eras puta, pero para mi hijo era maravilloso, por el otoño o no sé qué verso, y para el otro una simple puta, entonces fue cuando éste rompió la botella de olmeca que llevaba consigo contra el piso y en un golpe limpio le cortó la garganta. Mi hijo murió desangrado antes de que llegase la ambulancia, porque aun con la garganta rebanada, gritaba tu nombre, afirmando que eras el otoño perfecto y que te iba a encontrar. Aun más trágica fue la escena, porque el que más lloró su muerte, fue su victimario, que escapó sólo para pegarse un tiro.
Ya no había nada más que hablar, nos miramos en silencios por horas y sólo escuchábamos los gemidos acallados por nuestros puños. Me paré, tomé el diario y con un gesto le pregunté si podía llevármelo, me respondió con la cabeza que sí, nos besamos y apretamos nuestras mejillas una contra la otra, compartimos nuestras lágrimas sabiendo que era una despedida definitiva, entonces lloramos más fuerte y nos abrazamos y gritamos al unísono como si el mismo dolor nos atravesase el pecho. Ese vacío en que cabían todos los universos nos unía indisolublemente, supimos que desde entonces el dolor de una, serían las lágrimas de la otra.
Hace ciento cincuenta y seis otoños, querido. Vagué por el mundo y logré lo que soñaste, un otoño en Seúl, un otoño en Baires, en Madrid, en la estepa mongola, en Sudáfrica, en E.E.U.U y lugares que estoy segura que no sabías que existían. Estoy vieja y ya preparé todo, moví con el permiso respectivo tu cuerpo hacia una loma de pasto más verde, imposible. Adivinas, te escribo con la frente en tu lapida, a mi señal me darán un balazo limpio. Tenías razón. Me mataste, pero de todas las formas que pude haber muerto en estos otoños no se me ocurre una mejor que la que me describiste, yo te quise amar, llegué una vida tarde. Vamos, que el invierno nos come los talones, es nuestro otoño en donde descansaremos.
Fin
Rodrigo Alarcón San Martin
No hay comentarios:
Publicar un comentario