Juan el bámbaro de
Ecuador vive en Constitución, en un conventillo de putas travestis.
Siempre ve a sus
compañeras de cuarto pintarse las uñas en motivos florales, o de colores
chillones hasta fluorescentes. Ella quiere que las uñas merezcan a su dueña, que
sean grandiosas y trágicas, como las teleseries venezolanas que lagrimean todos
los trabas en la habitación contigua a la suya, que es donde está la única
televisión del edificio. Decidió pintárselas de colores oscuros o que hicieran
mucho contraste entre ellos, algo así como surrealista o lo que entiende ella
por surrealista así cuando les sacase la pija a los clientes del pantalón le
dirían- ¡ah bueno, altas uñas eh!. Pero al final después de tanto trabajo, las
manos le quedaron como la diarrea de un arcoiris.
Cuando en su ciudad
natal, Cuenca, a los 15 años, su padre lo llevó de putas para que se hiciese
hombre fue el primer momento en que decidió ser puto y corrió escapándose de la
puta que le manoteaba la pija y lo arrinconaba hasta una esquina donde lo
pudiese montar. Desde entonces no ha vuelto a ver a su familia, pero todas las
noches le reza a la Virgen del Cisne, la Churona, para que se los cuide y se
los proteja.
Tenía unos dientes
chiquitos, su sonrisa era puro horizonte cuando grácil y atenta se ofrecía a
los clientes apoyándose contra las murallas de una construcción abandonada.
Como tenía esos dientes tan chiquitos podía fácilmente recubrirlos con los
labios. Tenía una lengua como un kraken, un pulpo gigantesco de cientos de
tentáculos que podía tragar hasta el más fuerte, ancho y largo barco. La suma
de esto le daba el mejor pete de Constitución.
Solo ella podía despachar en 2 minutos a los machos que decían tenerla
hasta el piso. Por su pete sabía que podía estar perdida en el mundo pero
mientras hubiese una pija que chupar no le faltaría ni techo ni comida.
De sobremanera
entendía que todos los hombres eran iguales. Lo que no entendía era que los
putos repitiesen ese comportamiento. Se peleaban las esquinas por una lastimera
gota de semen en el culo, tenían que salivarle hasta el escroto para que
después se cagaran con una limosna roñosa que soltaban más por temor que por
cualquier otra cosa. Veía desde su muro las envidiosas miradas de una por sobre
la otra, de la otra bajo la primera. Esas noches simplemente no trabajaba.
Nunca se había
enamorado y presentía que nunca se iba a enamorar, eso sí, amaba a las pijas
como concepto, las pijas para poder chuparlas. No importaba que fuesen grandes,
curvas, venosas, largas, duras, anchas, chicas, blandas o cabezonas. Las quería
a todas por igual. Era la Sor Verga o la Santa Mondá. Por ello cuando la inundó
su amor, se decidió a vaciar el comedor. Y con pinzas se sacó diente por diente
para después dejarlos sobre la mesa, pequeños piñizcos de hueso asombrados de
no tener un vecino, desraizados se amontonaban uno sobre otro, sin explicación
alguna. Salió a la calle a encontrarse con una pija cualquiera para dar el
único pete sangrante en la historia.
Rodrigo
No hay comentarios:
Publicar un comentario