Esa noche Ana no pudo dormir. Luis roncaba a su lado hacía
rato, los niños dormían sin el menor ruido. A las 5 no pudo más y se levantó.
Primero fue al baño. Se miró en el espejo y se encontró vieja, agotada,
ojerosa. Pensó que nunca tenía tiempo para detenerse a mirar su rostro en el espejo.
Fue hacia la
cocina y se sentó frente a la mesa. Comenzó a pintarse las uñas, pero las manos le temblaban sobre el
individual celeste. Debería haberlo entendido todo, pero no podía predecir el
futuro. Nunca fue muy rápida en darse cuenta de las cosas, toda su vida
transcurrió en una rutina predecible y certera haciendo todo tal y cómo debía,
una buena esposa, una buena madre, una excelente ama de casa.
Sus
manos temblaban mientras el rojo esmalte se posaba en sus uñas y manchaba
levemente los costados de sus dedos. Se aferraba a ese ínfimo momento como si
fuese lo único que podía salvarla: un momento para ella, se decía casi como un
mantra, llenándose de odio y sepultando la culpa.
Los
niños aún dormían. También Luis. El despertador sonaría en cualquier momento.
Con todos los dedos pintados agitó sus manos en el aire mientras tarareaba muy
bajito una canción antigua. No pudo con su ansiedad y puso a hervir agua para
el desayuno. Vió unas migas en el suelo, y corrió a buscar el trapo. Se corrió
aún más la pintura de sus uñas, que aún no había secado del todo después de la
tercera mano. Limpió las migas y en ese preciso instante el despertador sonó.
Luis tardó un poco en despabilarse, pero se sorprendió de no ver a su mujer a
su lado.
La
llamó y le preguntó por la camisa blanca. Ana no respondió. Los niños aún
dormían. Eran las 6.30 de la mañana y ella no había preparado el desayuno, no
había planchado la camisa de Luis, los niños llegarían tarde al colegio, Luis
se enojaría con ella, le gritaría, el agua de la pava chillaba detrás de ella,
sentada frente a la mesa de la cocina, con sus manos manchadas temblando sobre
el individual celeste.
Verónica
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