Es el primer invierno después de la sangre. Una tibia
tormenta sin suficiente fuerza, se posa en el sur de Chile como tantas otras
sin decidirse a barrer con todo, con nosotros, conmigo. Llueve sin
intermitencias y el agua corre por las calles disimulando que no conoce, ni ha sido
testigo de mi hijo muerto… también llovía ese día.
Era un diciembre lluvioso cuando de vacaciones salimos los
tres, tu hermano Benjamín que en ese entonces tenía cuatro años, Sofía y yo.
Esperamos el año nuevo lejos del ruido de los balnearios y los tumultos. Arrendamos
una cabaña de Chillan hacia la cordillera, camino a las termas en un lugar
llamado Shangri la. A cada escampada de lluvia salíamos a caminar por senderos
que bordeaban bosques de hualles. Nos maravillábamos con cada gesto de tu
hermano que descubría lo que era una montaña, la tierra húmeda, las ahora
cercanas cumbres con glaciares en sus laderas, la lluvia sin smog, solo el
bosque crujiendo al moverse y el sonido del viento al estrellarse contra sus
ramas. Las caminatas era cortas por que en cualquier momento volvía a largarse
la lluvia, disfrutábamos de igual forma si de vuelta a la cabaña la lluvia nos
alcanzaba y teníamos que correr con tu hermano a cuestas los tres riendo y
empapados.
Estábamos en la puerta del verano y las lluvias venían en
retirada. Sofía había acostado a Benjamín, exhausto de tanto jugar en la
terraza de la cabaña. Los días eran largos pero apenas caía el sol, Benjamín
abandonaba su cuerpo de niño lleno de
novedad, dejándolo en el piso desarticulado como si no lo fuese a ocupar mas,
se iba a soñar arrastrándonos a nosotros, aunque despiertos ensoñando, maravillados
con su respiración tan leve y bella, mientras lo arropábamos en su cama guardando
que su viaje hacia los sueños tuviese vuelta.
Esa noche llovió por última vez en ese diciembre, llovía
quedamente con gotas muy finas que apenas se escuchaban en el zinc de la
cabaña. Hicimos el amor con Sofía confiados en ese Shangri la, en la lluvia de
diciembre que era agua que vaticinaba sol, confiamos hasta los orgasmos, empeñados los dos en que juntos veríamos el
curso del tiempo atravesarnos y desgajarnos, mas juntos no habría desperdicio
de segundo alguno. Así amasamos tu cuerpo
entre la cordillera y la lluvia, viniste siendo estío y reclamaste ese pequeño
latido en gesta, desde entonces eres Enrique.
Pasaron tres años y
crecimos todos, crecieron nuestros hijos, creció la casa, el auto se transformo
en una camioneta, tenemos una nana, Sofía y yo pasamos menos tiempo en casa
porque tenemos que trabajar más, nos acostumbramos con desgano a fuerza de
rutina.
Enrique tenía tres
años cumplidos, Benjamín ocho y cuidaba de su hermano mientras nosotros no
estábamos en casa, no lo perdía de vista, siempre lo llevaba en su espalda
jugando al caballito o caminaban de la mano siempre juntos. Mucha veces después
me pregunte porque justo en ese momento Enrique sin que nadie lo viese se puso
a jugar detrás de la camioneta en su punto ciego para el conductor, lo veo
caminando con sus pasos cortitos mirando el cielo cerrarse amenazando con
llover veo el pálido reflejo de las nubes en sus pupilas cargadas de asombro,
cuando un motor arranca y lo oye sin asustarse y una masa de metal, vidrios y
caucho avanza sin darse cuenta de sus blandas carnes todavía de su ternura, de
su “apa, ama, te amo” de sus dientes de leche, de su fascinación por el agua y
no querer nunca salir de la tina, de sus besos babosos y prolongados, de
su manitas escarbando y jugando en el
pelo de Sofía para quedarse dormido, de su mantita malva que no se la podemos
lavar por nada del mundo y se enoja si la ve limpia o con un olor distinto al
suyo, ese que deposito después de tantas noches abrazados, y vino el golpe,
sordo, solo metal abollándose. Y me bajo apurado, ahora homicida, el peor hijo
de puta que existe.
Llueve mientras grito, la mientras muerte unge su cabeza con
barro, lluvia y sangre, bautizándolo con un nombre imposible de nombrar para
nosotros, tan ajenos al silencio, tan irrespetuosamente vivos para con él. Sólo lloro y grito.
Benjamín, vio como levantaba el cuerpecito de su hermano
entre llantos ahogados y gritos, de espalda contra la pared clavo su mirada
forzándose ser testigo de todo, cuando llego la nana y nerviosa también
llorando trato de llevarlo hacia adentro, Benjamín de un manotazo la corre, no
se pierde gota de sangre ni los sesos de su hermano escurriendo por mi pecho,
levanta la cabeza para ver como lo acomodo en el asiento del copiloto y hasta
le pongo el cinturón, nos ve alejarnos a toda velocidad para llegar tarde a urgencias
de un hospital que sólo me ayudara a hacer el papeleo para el funeral.
Después de volver del hospital y tratar de explicarle a
Sofía lo inexplicable, Benjamín se acerca y dispara a quema ropa un, “¿Papá,
por qué mataste a mi hermano?”. Y me pregunto también yo, por qué lo mate, y no
encuentro respuesta para ninguno de los dos y Benjamín sin estridencia ni sorna
me clava la pregunta todos los días.
Sigue tocando la puerta y cada golpe es un, “¿Papá, por qué mataste a mi hermano?”
“¿Papá, por qué mataste a mi hermano?” “¿Papá, por qué mataste a mi hermano?” “¿Papá,
por qué mataste a mi hermano?” “¿Papá, por qué mataste a mi hermano?” “¿Papá,
por qué mataste a mi hermano?”.
Hoy es el primer invierno después de la muerte de Enrique.
Benjamín acaba de llegar y está esperando a que le abra la puerta, la golpea
suave pero seguido. Sabe que estoy aquí, con miedo de él, como animal apaleado
que espera el golpe de gracia. Me levanto y camino hacia la puerta, me oye
desde fuera y deja de tocar, le abro y nos quedamos mirando largo rato, espero
que me pregunte de nuevo, pero ahora sabe que con solo mirarme me está
preguntando por su hermano.
-
- No lo sé hijo, pero… - no puedo terminar la frase. Pero… pero cómo no culpar a la lluvia.
- No lo sé hijo, pero… - no puedo terminar la frase. Pero… pero cómo no culpar a la lluvia.
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