miércoles, 22 de agosto de 2012

"Cachetazo", de Topomole Rudnitzky


CACHETAZO

Pagué también por ella y dejé monedas de propina, y salimos. Nos dimos un beso y saboreé saberla mía. Por las mañanas ella hacía la tarea para la noche en arrebatos insólitos de autodisciplina; yo cursaba todos los días bien temprano; ambos vivíamos muy lejos y ambos teníamos que dormir, y maldita lástima que fuera así. Insistió en que no la acompañara al colectivo, pero lo vimos pasar por una esquina, corrimos y lo alcanzamos. Más bien, ella se subió y yo la saludé desde afuera muy fugazmente para mi gusto. La escuché saludar al chofer, y fui a esperar mi colectivo, solo.
Siempre hace más frío de noche, y esta era especialmente noche fría. De todas maneras, tenía mucha sed de algo helado mas no efervescente. Revolví el bolsillo pero no encontré un billete a mano. Unos tipos en un auto pasaron con alguna música grave y explosiva y me gritaron algo; les regalé un grito gutural, así podían identificarme como compatriota cavernícola. Hundí las manos heladas en los bolsillos cada vez más adentro, al punto justo antes de que las costuras empezaran a chirriar. Escupí distraído y observé como el garzo describía un arco magnífico y caía justo sobre mi zapato. No pude evitar sonreír.
Me agaché y ocurrió; inclinándome para remover el escupitajo de los cordones del zapato izquierdo, primero me inundó una luz blanca y muy fuerte en los ojos, y al instante siguió un generoso y grosero cachetazo en mi mejilla izquierda; si era un reto a un duelo, lo ganaba por fulminante.
Me provocó un considerable ardor que sin embargo no duró mucho. No fue tan terrible. Me desorienté un poco pero eso tampoco duró mucho, y pude ubicar a mi agresor en un regordete montado a una moto modelo delivery con insulsa canastita al frente. No miraba a sus espaldas, creyéndose quizás inmune, o con la seguridad de que nadie se recuperaría de ese acto de maldad ni se atrevería a encararlo.
Subestimó a su víctima; yo estaba muy pero muy confiado luego de pagar por mi dama y haberle masajeado los dientes con la lengua, por lo que me encaminé hacia donde el rufián se había detenido por razón de una luz roja. El cartel de prohibido cruzar peatones empezó a titilar. Presioné el paso intentando hacer el menor ruido posible, y en el momento en que el semáforo dio verde me le puse al lado y, aparentándome corajudo y de bulto pesado, le grité,
—    ¡Te voy a cortar las bolas, gil! —
El tipo se asustó, me miró con sorpresa tras de unos anteojos miserables y en mal estado, con bigote creciendo por la fuerza y la boca entreabierta deslumbrándome con unas paletas de amplia separación; no atinó a acelerar en cambio, de la confusión, y comenzaron a tronar las bocinas de los demás autos. La moto echaba un ruido brutal. Creo que eso lo hizo asustarse más. Lo vi muy presionado y apurado, con mucho estrés, se le notaba en el acné de las mejillas.
—    ¿Qué hacés, estás loco, como me vas a pegar así? — grité de nuevo, un poco menos convencido.
—    No chabón, nada que ver — mugió débilmente con voz finita.
—    DALE FORRO MOVÉ — gritaban de fondo los conductores.
Y creo que eso lo hizo apurarse más y logró meter primera y aceleró a fondo. Encabronado como estaba y un poco pasado de testosterona, corrí a la par unos metros y negándome a que escapara impune terminé por subirme a la parte trasera del asiento. Casi vaquero. Me llegó una nueva bofetada pero esta vez vino desde la canastita al frente y fue con olor a jamón y queso. Quizás pollo.
Yo tampoco entendí mucho.
—    ¡NO! ¡¿QUÉ HACÉS?! ¡BAJATE! —, chilló, intentando estabilizar el manubrio.
—    ¡FLACO! Me pegaste, boludón, ¡no flasheés! —, me justifiqué (casi me excusé), desconcertado.
—    ¡Con todo respeto te lo digo pero te confundís!
—    LAS PELOTAS —, le espeté.  Tenía las dos piernas colgando fuera, casi rozando el asfalto. La moto sufría rechinando bajo el peso de dos personas; la rueda de atrás echaba un sonido siniestro cada tantas revoluciones y los cambios pasaban con tanta dificultad que daba la impresión de que tres hombres al borde de la muerte carraspeaban al mismo tiempo y por casualidad entraba tercera. Yo estaba furioso y pude propinarle un manotazo al manubrio mientras aullaba que detuviera la moto.
—    ¡La pararía pero después no arranca, te juro, le bajan las revoluciones y no prende después! ¡Y déjame al mando que mirá si nos caemos!
Todas las oraciones que salían de sus rechoncholabios, en especial “déjame al mando”, me dieron un odio supremo, aunque el hecho de que la moto se ahogara al detenerse me llenó de dicha. Ahí caí en la cuenta de que estaba viajando con un agresor desconocido, mirándole la espalda transpirada, con mi entrepierna demasiado cerca de la raya de su culo.
—    Te voy a romper todo, gordo, no te hagas el pelotudo —,
—    ¡Si, bueno, si, te cacheteé pero fue una maldad nomás, estaba servida, estabas servido, estabas ahí justito en la posición perfecta y no lo pude resistir!, tenés muy larga la cara, muy ancha, y mi mano abierta calzaba perfecto así que tuve que ¡plaf!, ¡ahí!
—    SOS UN INFELIZ.
—    ¡Fue una bromita! — intentó excusarse de nuevo, y se ajustó el casco. Tenía puesto un casco de bicicleta, y andaba por las calles en moto…
—    ¡¿Cómo vas a andar con eso, imbécil?! ¡Te vas a matar, esos cascos no te protegen de nada a estas velocidades! ¿Qué tenés en la cabeza?
—    ¿Eh?
—    ¡¿QUÉ TENÉS EN LA CABEZA?!
—    ¡VALEN MUY CAROS! ¿OK? ¡Los de la pizzería no me dan y los de moto son muy caros!
—    SOS UN INFELIZ.
El tipo ya estaba resignado, me decía “está bien, está bien”, disculpándose por su travesura. Me generó cierta piedad y un poco de risa, porque intentaba manejar una moto marginal con exceso de peso y encima aguantar el acoso verbal de un extraño, y si por separado se volvía un desafío, todo mezclado y empanado se volvía imposible.
Me dolía la garganta de gritarle. No sabía que más decirle, no había más, quería llegar a mi casa. Las correas de la mochila me cortaban la circulación, tenía demasiado material. El tipo no frenaba, porque iba de camino a llevarle una grande de muzza a alguien. Por nuestro lado, a una velocidad que no juzgué mayor a veinte kilómetros cada dos horas, nos rebasó con facilidad un colectivo.
—    Ya tendría que estar en casa —, dije quejumbroso. Yo también me había resignado.
—    Si querés te llevo, es lo mínimo, digo, ¿no? ¿Ya que estamos?
—    Me parece justo.
—    Bueno, vamos.
Ambos estábamos resignados.
—    Pero primero te venís conmigo a llevar este pedido acá cerca.
Yo estaba más resignado que él.
Con el tanque de nafta que no daba señales de vaciarse recorrimos dos barrios que me eran desconocidos. Detrás nuestro dejábamos una estela pestilente olor pizza tibia y fainá mojada; todo el conjunto en cajas de cartón lo terminó por pagar un tipo, molesto por la evidente tardanza, que iba adornado de musculosa blanca, pecho hirsuto y cerveza de barriga.
Más de 80 kilómetros habríamos hecho y la nafta no se terminaba; la velocidad de vértigo a la cual nos arrastrábamos por el asfalto era la responsable. Mi chofer suspiró.
—    Bueno, te llevo, eh, ¿ya que estamos? ¿Qué zona?
—    Tigre.
—    ¡Lejísimos!
—    Tigre.
—    Bueno, vamos.
Y me estaba llevando. Hacía caso a mis indicaciones; consistían en lo que recordaba de mi trayecto diario y un poco de imaginación para ganar tiempo. Íbamos tan lento. Tan lento. El tipo intentó pisar a una paloma y esta ni se inmutó, no le pasó ni cerca. Conducía en onda verde permanente. Me la pasé aferrado a sus salvavidas fofos por el resto del viaje, porque seguridad es primero siempre.
— Trabajar en una pizzería es un embole —, comentó. Yo había sido cadete todo el año anterior, era un trabajo de mierda.
Le señalé mi calle cuando alcanzamos una esquina con poca luz y anduvimos por más de quince cuadras hasta llegar a la puerta del edificio. Tuvo que esquivar la profunda cuneta a la cual nadie prestaba atención hasta que sacrificaba una pareja de amortiguador guardabarros o rotula talón, y él lo hizo con suavidad, muy atento.
Me bajé de la moto. Mi impresentable chofer la mantuvo encendida dándole duro al acelerador en punto muerto.
—    Acá es, listo —le dije. Ni un alma en Tigre nocturno.
—    Bueno.
—    Gracias.
—    Listo.
El motor a punto de explotar.
Nos miramos. Supe que él esperaba algún gesto de agresión, algún insulto, un reproche; bien merecidos, sin embargo nada salió por mi parte, estaba cansado. Ya no quería más. Era el fin del recorrido, el fin del día. Lo pensé. Pero no. Se sacó el casco y me miro casi con cariño; pestañeé exhausto.
—    Chau che.
—    Chau.
—    Tito — Pensé, ¿TITO? ¿Este es un Tito?
—    Chau Tito.
—    Chau che.
—    Nacho.
—    Buenas noches Nacho.
Caminé hasta la puerta y me metí en el edificio; él se aseguró de que entrase bien y recién entonces se calzó el casco de bicicleta, aceleró y saludó con la mano mientras se iba.
Eché una risita nerviosa cuando cerré la puerta de casa; me creí un demente pero venía de viajar con tito Tito gordo en su moto crota cuando en un principio quería molerlo a golpes, así que no lo juzgué extraño. Arrojé las llaves sobre mi mesita de luz y también la billetera, la cual brilló por su ausencia de ruido, y eso si que me extrañó; revisé en su interior y me di cuenta que me había gastado toda mi plata pagando la cena, y que había dejado las monedas para el colectivo como propina. No tenía un peso encima.

Topomole

No hay comentarios:

Publicar un comentario