lunes, 9 de septiembre de 2013

Minu


¡SU BOCA! Su boca es un rictus. Sus labios, dos delgadas carnosidades que en paralelo dejan entrever pequeños y amarillos dientes
¡ESOS OJOS!  Parecen dos lágrimas ambarinas que están prestas a derramarse. Tú no tenías esos ojos. No puede ser tuya esa boca sin lengua que no conoció palabra alguna.
No veo más que tu enjuto rostro acercándose. Está todo negro en rededor. No te acerques más… No te acerques más… No te acerques más… No te acerques más...   ¡LA PUTA MADRE NO TE ACERQUES MÁS!
Ahora son tus largas uñas que asoman por la ribera de tu rostro. Son cinco artríticas lanzas por mano que me apuntan. Abuela no… por favor… déjame despertar… ya sé, ya sé que la cagué.
Tus manos se abren como las alas de un murciélago, mostrándome infinitas líneas en las palmas, todos los caminos escogidos se van cerrando cuando diriges tus pulgares hacia mis ojos.
¿Por qué te dejaste crecer tanto las uñas de los pulgares? Parecen las garras de un águila.
Ya está, quiero despertar. ¡YA ESTÁ! ¡NO! ¡ME VAS A ARRANCAR LOS OJOS, CONCHE’TUMADRE!
¿Estás llorando Gueli? Yo también, parece que va a ser nuestra última vez…   ¡NO! MIS OJOS  VIEJA DE MIERDAAA…

Son las 4:44 A.M y otra vez me despierto empapado en sudor frío y revisando si mis ojos siguen en sus cuencas. Una noche cualquiera mi abuela no me va a dejar despertar nunca más o simplemente me va a matar del susto.
 La promesa que le hice de cuidar a la Minu la cumplí a cabalidad, pero nunca me imaginé que nos íbamos a terminar enamorando. Minu tiene 8 años, pasó los últimos 7 años acompañando a mi abuela y hace un año, desde que mi abuela murió, vivimos juntos. La casa de mi abuela,  a su muerte, quedó en venta y para no dejarla inhabitada yo me vine a vivir en ella mientras se vende.
En las semanas de agonía, me pidió, me suplicó, que por favor cuidara de la Minu. A la mayoría de mi familia no le gustan los animales entonces por un mero ejercicio de descarte las opciones de herencia animal se redujeron a mí. Esa afinidad con casi todos los bichos, especialmente los perros y los gatos, fueron uno de los pilares en nuestra relación como abuela-nieto. Cuando era niño, mi vieja no me dejaba acercarme a un perro a menos que su dueño fuese conocido y tuviese un pelaje perfecto, estuviese desparasitado, desgarrapatizado, despulgarizado, estuviese con todas sus vacunas al día, perfumado y que tenga un lindo collar con una linda cadena (que hiciese juego con el collar) y fuese muy bien portado, no ladrase de mas y que cagara en un rincón del patio. Con mi madre cerca, lo más próximo que estuve de un perro fue una vez que me llevó a la casa de una amiga solterona que, muerto su perro salchicha lo mandó a embalsamar, entonces pude acariciar al animal muerto ante el horror de mi madre que de vuelta en la casa me lavó desde las manos hasta los hombros y me mandó a cambiarme de ropa. De gatos ni hablar, esos bichos aparte de traicioneros se lamían el orto a vista y paciencia de todos y después vomitaban montones de pelos donde se les ocurriese.
Con mi abuela podía colgarme del cuello incluso de los perros de la calle. Comprábamos pan y salíamos a darle un diente de marraqueta a cada quiltro huacho que se nos cruzara. Así vagábamos por la ciudad, huachos nosotros también por ser los únicos en esta empresa de repartir pan a nuestros iguales.
Cuando llegué a la casa de mi abuela para ordenar todo, después de su funeral, noté que la Minu no estaba. La busqué por todos los rincones donde sabía que le gustaba tomar sol y dormir, pero no aparecía. Supuse que ante la ausencia de mi abuela se había rajado, como queriendo decir que ya no tenía nada más que hacer aquí. Se los dije a mis familiares, incluyendo mi apreciación sobre el abandono que sintió la Minu al verse enfrentada a la muerte de su dueña, pero a nadie le importó.
Fue el día postrero del invierno o el primero de la primavera. Fue un día de sol tibio, el viento se volvía brisas ya agotado de tanto soplar. Fue un día brillante, como si el mundo fuese líquido,  o estuviese cubierto por la saliva de una babosa gigante llamada Ailen, que en su gelatinoso paso nocturno hubiese preparado al mundo para que al alba, expuesto todo ante la luz, centellease con nuevas fuerzas. Fue un día imposible, tan bello, que debió ser un error. Ese día la Minu volvió.
Venía por encima del muro cortafuegos, a un paso cansado y lánguido, tenía mechones de pelo mojados lo que le daba un aire de desamparo terrible. Avanzó hasta encontrarse con la puerta que da hacia el patio y bajó de un salto desde la cima del muro. Se acercó hasta la puerta y tímidamente la empezó a rasguñar con sus patas para que abriera. Cuando le abrí, ni siquiera se detuvo en mí, entro decididamente a sentarse al sillón que estaba al lado de la estufa, y así sin esperar que yo saliera de mi estupor, se acicaló entera y terminado ese magnífico ritual, agotada, se durmió.
Me acerqué lentamente y repasé todo su cuerpo con la mirada, no estaba herida, pero si tenía algunos costrones en la nariz y en las patas, estaba sólo algo más flaca. Seguía teniendo ese pelaje negro azabache en el lomo y un blanco perfecto en el pecho, estómago y entrepierna. Su rostro era en porciones perfectas blanco y negro, y los ojos eran de un amarillo oro que alejándose de sus pupilas llegaba a tonos verde agua.
Les avisé con alegría a todos mis familiares que la Minu había vuelto, a lo que me respondieron con indiferencia o una simulada alegría, seguía sin importales y ya en ese entonces a mí me importaba una mierda que no les importase, porque el cotidiano se había transformado en un descubrir constante de la evolución de la Minu, de un animal a un ser completamente humano. 
Nuestra relación se acercaba cada vez más. Al principio dormía en el sillón y salía mucho de la casa, a veces solo para tirarse a dormir en la losa del patio. Siempre me preocupaba porque no le faltase comida y que su recipiente de agua estuviese lleno y con agua limpia. La agasajaba con tarros de atún que abría sólo para ella. Pasado un tiempo el agua que le daba la reemplacé por leche entera de la mejor calidad que podía conseguir con mi sueldo de mesero. Los restos de pescado y de carne que dejaban en los platos, los guardaba en un pote y se lo llevaba  casi como ofrendas. Pasaron las semanas hasta que una noche siento a la Minu subirse a la cama y acomodarse entre mis piernas, acto seguido se enrolló contra sí misma y ronroneó suavemente hasta que se quedó dormida. Esa noche no pude dormir, la proximidad con su cuerpo me estaba desollando. Podía sentir su peso exacto, su acompasada respiración, incluso los débiles maullidos que daba entre sueños. Me quedé disfrutando en esa y todas las noches venideras la elasticidad de su cuerpo en potencia, sus sueños ariscos que se alejaban llevándome prendido a su ronroneo.
Todos los días llegaba agotado por la falta de sueño al trabajo, pero a medida que pasaba el tiempo me volvía cada vez más felino y la Minu mas humana. Me di cuenta que a pesar de estar cansado mis movimientos eran más agiles, podía hacer más ordenes en un día, sincronizaba todos mis tiempos mientras se preparaban los platos, repartía las bebidas en la misma mesa y ponía los aderezos para las ensaladas, limpiaba las mesas que se desocupaban, volvía a la cocina a buscar los platos para servirlos, los servía, tomaba otra orden, les repartía las bebidas a la segunda mesa y les ponía los aderezos, retiraba los platos vacíos de la primera  volvía a la cocina a buscar los postres los servía retiraba los platos vacíos de la segunda mesa  hacía la cuenta de la primera  les retiraba los postres y les dejaba la cuenta  pagaban  me dejaban propina en el mejor de los casos  servía los postres en la segunda y hacía la cuenta  limpiaba la primera mesa  retiraba los postres  pagaban  me dejaban propina  y empezaba todo de nuevo. Aprendí a mecanizar mis movimientos  pero todo esfuerzo mental me desgastaba, sin calculadora no podía hacer las cuentas y después de un par de horas en el trabajo sentía como si mi conciencia se esfumase y estuviese en piloto automático. Cuando me tocaba el turno de noche  lo disfrutaba, el fuerte de nuestro restaurant era el menú de almuerzo, por ello muy pocas personas venían en la noche. Cerrábamos cerca de las 12 y viviendo cerca, en menos de treinta minutos a pie estaba en casa.
Eran las 11:40, en diez minutos más se cerraban las puertas, en la cocina estaba limpiando todo y trapeando el piso con cloro. Estaba agotado, a pesar de haber atendido a solo dos mesas la falta de sueño me estaba haciendo mella. Entra primero, desde la calle, una risa estridente de mujer que lo rompe todo, y en seguida se ve cruzar el umbral  un hombre de unos sesenta años, riendo entre cortado y a media voz, enseguida detrás de él viene un mono mal pintado, mal teñido, mal vestido y mal hecho.  Se sientan en la última mesa, la que queda al lado del baño. Les entrego la carta y piden el menú del día  acompañado de pisco sour. Cuando vuelvo con los aderezos para las ensaladas me piden dos piscos sour más, y cuando vuelvo con los platos otros dos más. Ya en el postre, cuando les doy las opciones, me interrumpe el hombre y me dice:
-            Te voy a pedir un postre muy especial, me traes de esas cerezas en almíbar que tienes, me las das con crema chantillí encima y espolvoreas cacao y canela encima de la crema.
-            Como guste -  respondo.  De especial no tenía un choto, pero era un postre rápido de hacer. Les hago el postre, les sirvo dos pisco sour más y les llevo la cuenta.
Llegué a la casa cerca de la una de la mañana. Minu siempre me esperaba despierta después del trabajo, se frotaba contra mis piernas ronroneando y después la acariciaba mientras le daba las sobras que había recolectado durante el día.
Cuando me acosté, sentí cómo de un salto se subió a la cama, pero esta vez no fue a mis pies, siguió caminando por mi costado hasta encontrarse con mi cara, dio un maullido corto y enseguida me lamió una vez la nariz. Yo la amaba y ahora ella estaba tomando la iniciativa, me estaba besando. Respondí a sus besos con besos, y nos estuvimos lamiendo por largo rato. Tenía un sabor ceniciento y sus pelos con facilidad se desprendían, mientras ella me raspaba toda la cara con la pequeña lengua. De un momento a otro sus ronroneos se sentían como la vibración de un motor, no podía contener ni mi excitación ni mi erección, obviamente no la podía penetrar o al menos no sin el riesgo de hacerle daño, dudaba sobre cómo podríamos hacer el amor de una forma cómoda para los dos cuando en un ligero movimiento me ofreció su concha mientras se la lamía  a lo que solo atiné a meterle un dedo. La Minu se quedo estática, ronroneaba lentamente mientras movía suavemente el índice revolviendo sus entrañas. Ya no podía más, aunque todo había sido muy rápido estaba a punto de venirme, entonces la masturbé con fuerza y ella y yo nos venimos en un apagado gemido.
No recuerdo semana más completa en mi vida, mi mecanización de movimientos no podía estar mejor y sumándole a eso la buena disposición que tenía ante todo, las propinas me empezaron a llover.
Aunque reparaba hasta en los más mínimos detalles, pasaba por encima de todo y lo único que me motivaba era saber que la Minu me esperaba en casa. Ahora mi primer oficio era el de amante, podría haber renunciado a todo para solo verla a mi costado respirando mi aliento.
Todo iba bien hasta que un día sin más una familia entera encabezada por el padre, a la hora del postre me pide uno muy especial.
-            Te voy a pedir un postre muy especial, me traes de esas cerezas en almíbar que tienes, me las das con crema chantillí encima y espolvoreas cacao y canela…
-            Ah! sí, como el que pidió con la señorita la otra noche…
-           
-            ...
Había una regla implícita dentro del oficio. Al igual que los caballeros nosotros no tenemos memoria  y por estar enamorado se me olvidó la única regla de este juego. Pasaron unos segundos en los que nos quedamos mirando los dos con cara de imbéciles sin saber qué decir, después vino un QUÉ?! de la esposa  y miradas furiosas de los hijos, yo trato de hilvanar alguna excusa pero ya estábamos con la mierda hasta el cuello tanto él como yo  porque de un segundo a otro la esposa estaba dándole con todo lo que encontraba y yo tratando de separarlos. Me metí en medio intentando contener a la mujer que me dio con la panera en la nariz. Caí a un costado empujando unas sillas vacías, mientras sangraba en el piso, la discusión subía de tono, pero la mujer insistía en irse ahora hecha un mar de lágrimas con todos los hijos protegiéndola del horrible padre que tenían. La pelea siguió en la calle y la escuchamos internarse en la ciudad, siendo un estertor lejano y apenas audible.
Me levantaron mis compañeros de trabajo  y al explicarle la situación al jefe del restaurant me dijo que era un saco de mierda  pero que ya había tenido mucho por hoy así que me fuese a la casa y regresase mañana en el turno de la noche. Deshaciéndome en disculpas me devolví a mi casa.
Golpeado y cansado lo único que esperaba era encontrarme con la Minu. Pero al abrir la cerradura  siento gritos desgarrados de gatos. Entro pateando la puerta y buscando dónde estaba la Minu. La vi haciendo muecas de dolor en el sillón mientras un gato negro, grande y gordo, le estaba dando por detrás. ¡La muy puta estaba tirando en nuestra casa! En donde se sentaba mi abuela, en donde nos habíamos enamorado. Cuando el gato me vio entrar salió corriendo como pudo hacia el baño y escapó por una ventanilla, lo perseguí pateando lo que encontraba pero el hijo de puta era muy rápido a pesar de ser tan gordo.
Cuando volví al sillón  la Minu estaba lamiéndose la concha, disfrutando lo que quedó del sexo y de los cuernos que me había puesto. -¡PUTA DE MIERDA!- le grité con todos mis fuerzas, a lo que solo alzó la vista y me miro impávida. - ¡TENIA RAZON MI VIEJA CON ESO QUE TODOS LOS GATOS SON TRAICIONEROS! ¡PUTAAAA! ¡PUTA DE MIERDA!- La pateé con todas mis fuerzas, voló y chocó contra una lámpara que estaba sobre una mesa de luz, siguió su trayectoria en el aire  para terminar azotándose contra un librero que estaba detrás de la mesa.  
Desconcertada y algo coja  intentó escaparse por la ventanilla del baño. A lo que corrí y cerré la puerta.- ¡NO! ¡NO ME SALES MAS!- corrí por la casa cerrando todas las ventanas incluso clavé algunas, aseguré todas las puertas con doble llave y revisé la casa entera para ver si había alguna posibilidad de fuga. Cuando terminé ya era hora de irme al trabajo. Cuando salí vi los bellos ojos de la Minu brillando debajo de la cama, seguramente asustada, debidamente asustada.
Llegué al restaurant esperando que me dieran un castigo o que me llamaran la atención por lo que había pasado, pero no pasó nada excepto las bromas de mal gusto del jefe. No vino nadie en toda la noche, cerramos temprano y sin apuros.
Me volví caminando como de costumbre a mi casa. Llevaba caminando unas 6 cuadras, cuando un auto se sube a la vereda impidiéndome seguir. La puerta del copiloto se abre y veo la cara del viejo putañero, me dice que suba a lo que le respondo:
– No gracias, mejor camino, es una bonita noche…
- ¡Que te subas mierda!
- Bueno… gracias.
Me subo y de inmediato me pongo el cinturón. El viejo huele a vino y me queda mirando largo rato.  Pone marcha atrás y salimos a la calle, me pregunta dónde vivo, le doy las indicaciones y nos ponemos lentamente en marcha.
-            Mira pendejo, uno en la vida tiene que tener ciertos códigos, ¿sabes qué son los códigos? – sin esperar a que le responda sigue parsimoniosamente- son normas de conductas que nos diferencian de los bichos de cuatros patas. ¿Doblo a la izquierda?
-            Sí, sí – me apuro en contestar-  desde aquí es derecho. Cinco cuadras.
-            Bueno, como te iba diciendo, lo que hiciste puto de mierda, me cagó la vida, entiendes, ¡La vida hueón! Quizás no sabes lo que es eso, pero tenía una bella familia y tú te la pasaste por la raja…
Estaba asustado, nunca fui fuerte o valiente, si nos íbamos a las manos me sacaba la mierda. Estaba más preocupado pensando en cómo me iba a proteger la cara que escuchando. Miraba hacia adelante y asentía. Miraba hacia adelante y asentía.
El viejo seguía hablando y solo quedaban dos cuadras para llegar a mi casa cuando en una orilla del camino, por el costado del co-piloto, veo al gato negro. Si no hubiese tenido el cinturón puesto no me habría atrevido a girar el manubrio en mi dirección y que el auto hiciera una pequeña curva y se estrellase contra un árbol.  Fue tan rápido que no me fijé si maté al puto gato. Solo atiné a salir y despedirme del viejo.
-            Muchas gracias por traerme, desde aquí puedo caminar.
El viejo me miraba con los ojos inyectados en sangre y llorando. Me preguntaba a gritos- ¡¿Qué hiciste?!-  Aferrado al manubrio seguía gritando ¡Que hiciste!. Sentía que su voz se quebraba por el llanto, no sabía si refería a qué hice con su auto o con su vida, cualquiera sea el caso no me importaba. Después de un rato empezaron a salir los primeros curiosos, pero como el viejo estaba borracho y gritando sólo llamaron a carabineros y esperaron a que ellos se encargasen.
Cuando llegué a la casa estaba aún nervioso, solo atiné a darme una ducha y mañana pensaría en todo. Dormí como no lo había hecho en mucho tiempo. Me desperté al mediodía y falté al trabajo.
Me levante en un plan de reconciliación. No quería que estuviésemos peleados por más tiempo. La llamé desde el pie de la cama. No me contestó y ni siquiera se asomó. Me agaché para ver si aún estaba ahí. Y sí, estaba ahí hecha un ovillo. La tomé con cuidado, creyendo que estaba dormida, pero enseguida me di cuenta que era un peso muerto. Le vi sangre en la entrepierna y a la carrera tomé una  frazada con que envolverla y partí a la calle en busca de un taxi.
Al pasar por donde ayer habíamos chocado vi el cadáver del gato en la cuneta, con las tripas esparcidas por el suelo  y con una risa forzada y brutal. Me alegro que se haya muerto el hijo de puta, pero no tuve tiempo para regocijarme en la muerte del muy maricón. A poco andar encontré un taxi y le di la dirección a donde íbamos.
Ya en la clínica veterinaria me dijeron que la operarían en seguida y que mañana en la tarde podría verla.
-            ¿Operarla de qué?
-             La Minu tuvo un aborto, se le puede hacer la castración en seguida, ¿lo prefiere así?
-            Bueno… sí. Hasta mañana
-            Hasta mañana.
La conche`sumadre iba a tener hijos del negro. No lo podía creer. ¿Hace cuánto esta puta me está poniendo los cuernos?
Al día siguiente cuando la fui a buscar estaba hecha mierda. Ni siquiera podía estar de pie. No pude recriminarle nada. Ya estando en la casa  la acomodé en su porción de cama, la alimenté con gotero y pasábamos ese y los días venideros, sin saber qué decirnos, sin poder afrontar el quiebre, sin ser lo suficientemente valientes como para mirarnos a los ojos, entonces buscamos en una tácita rutina una tregua.
Cuando pudo ponerse de pie y alimentarse por sí misma empezó a buscar y maullar por todos los rincones de la casa. Estaba buscando a sus hijos, a esos que yo maté. Los buscaba con desespero y no me dejaba tocarla ni siquiera para limpiarle la cicatriz de la operación, que afortunadamente cerró sin problema alguno.
Un fin de semana  a la vuelta de la clínica en la que le sacaron los puntos de sutura  me dejó abrazarla. Lloré por no saber cómo reparar todo el daño. ¿Cómo le devuelvo el vientre? A sus hijos en potencia que deberían de ser maravillosos si nada los hubiese detenido, si yo no hubiese estado aquí, cómo la puedo aún amar sabiendo que soy lo único que ella quiere hacer desaparecer de su vida.
Lloré hasta que se me escocieron las mejillas por las lágrimas y caí dormido. Ella se mantuvo sobre mis muslos dándome calor. Cuando desperté ya no estaba. Sabía que era inútil buscarla, sabía que tan grande era mi error que no tenía ni el derecho de extrañarla.
Lo único que me queda son los sueños de mi abuela. Pero a veces en el trabajo, especialmente a las clientas de ojos verdes, les ofrezco un postre muy especial, como tratando de tironear el tiempo para hacerlo retroceder lo suficiente y así volver a encontrarnos cuando éramos felices.

Rodrigo Alarcón                                                                                                   

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