Minu
¡SU BOCA! Su boca es un rictus. Sus labios, dos delgadas carnosidades que en paralelo dejan entrever pequeños y amarillos dientes
¡ESOS OJOS! Parecen dos lágrimas ambarinas que están
prestas a derramarse. Tú no tenías esos ojos. No puede ser tuya esa boca sin
lengua que no conoció palabra alguna.
No veo más que
tu enjuto rostro acercándose. Está todo negro en rededor. No te acerques más… No te acerques más… No te acerques más… No te acerques más... ¡LA PUTA MADRE NO TE ACERQUES MÁS!
Ahora son tus
largas uñas que asoman por la ribera de tu rostro. Son cinco artríticas lanzas
por mano que me apuntan. Abuela no… por favor… déjame despertar… ya sé, ya sé
que la cagué.
Tus manos se
abren como las alas de un murciélago, mostrándome infinitas líneas en las
palmas, todos los caminos escogidos se van cerrando cuando diriges tus pulgares
hacia mis ojos.
¿Por qué te
dejaste crecer tanto las uñas de los pulgares? Parecen las garras de un águila.
Ya está, quiero
despertar. ¡YA ESTÁ! ¡NO! ¡ME VAS A ARRANCAR LOS OJOS, CONCHE’TUMADRE!
¿Estás llorando
Gueli? Yo también, parece que va a ser nuestra última vez… ¡NO! MIS
OJOS VIEJA DE MIERDAAA…
Son las 4:44 A.M
y otra vez me despierto empapado en sudor frío y revisando si mis ojos siguen
en sus cuencas. Una noche cualquiera mi abuela no me va a dejar despertar nunca
más o simplemente me va a matar del susto.
La promesa que le hice de cuidar a la Minu la cumplí
a cabalidad, pero nunca me imaginé que nos íbamos a terminar enamorando. Minu
tiene 8 años, pasó los últimos 7 años acompañando a mi abuela y hace un año,
desde que mi abuela murió, vivimos juntos. La casa de mi abuela, a su muerte, quedó en venta y para no dejarla
inhabitada yo me vine a vivir en ella mientras se vende.
En las semanas
de agonía, me pidió, me suplicó, que por favor cuidara de la Minu. A la mayoría
de mi familia no le gustan los animales entonces por un mero ejercicio de descarte
las opciones de herencia animal se redujeron a mí. Esa afinidad con casi todos
los bichos, especialmente los perros y los gatos, fueron uno de los pilares en
nuestra relación como abuela-nieto. Cuando era niño, mi vieja no me dejaba
acercarme a un perro a menos que su dueño fuese conocido y tuviese un pelaje
perfecto, estuviese desparasitado, desgarrapatizado, despulgarizado, estuviese
con todas sus vacunas al día, perfumado y que tenga un lindo collar con una
linda cadena (que hiciese juego con el collar) y fuese muy bien portado, no
ladrase de mas y que cagara en un rincón del patio. Con mi madre cerca, lo más
próximo que estuve de un perro fue una vez que me llevó a la casa de una amiga
solterona que, muerto su perro salchicha lo mandó a embalsamar, entonces pude
acariciar al animal muerto ante el horror de mi madre que de vuelta en la casa
me lavó desde las manos hasta los hombros y me mandó a cambiarme de ropa. De
gatos ni hablar, esos bichos aparte de traicioneros se lamían el orto a vista y
paciencia de todos y después vomitaban montones de pelos donde se les
ocurriese.
Con mi abuela
podía colgarme del cuello incluso de los perros de la calle. Comprábamos pan y
salíamos a darle un diente de marraqueta a cada quiltro huacho que se nos
cruzara. Así vagábamos por la ciudad, huachos nosotros también por ser los
únicos en esta empresa de repartir pan a nuestros iguales.
Cuando llegué a
la casa de mi abuela para ordenar todo, después de su funeral, noté que la Minu
no estaba. La busqué por todos los rincones donde sabía que le gustaba tomar
sol y dormir, pero no aparecía. Supuse que ante la ausencia de mi abuela se
había rajado, como queriendo decir que ya no tenía nada más que hacer aquí. Se
los dije a mis familiares, incluyendo mi apreciación sobre el abandono que
sintió la Minu al verse enfrentada a la muerte de su dueña, pero a nadie le
importó.
Fue el día
postrero del invierno o el primero de la primavera. Fue un día de sol tibio, el
viento se volvía brisas ya agotado de tanto soplar. Fue un día brillante, como
si el mundo fuese líquido, o estuviese
cubierto por la saliva de una babosa gigante llamada Ailen, que en su
gelatinoso paso nocturno hubiese preparado al mundo para que al alba, expuesto
todo ante la luz, centellease con nuevas fuerzas. Fue un día imposible, tan
bello, que debió ser un error. Ese día la Minu volvió.
Venía por encima
del muro cortafuegos, a un paso cansado y lánguido, tenía mechones de pelo
mojados lo que le daba un aire de desamparo terrible. Avanzó hasta encontrarse
con la puerta que da hacia el patio y bajó de un salto desde la cima del muro.
Se acercó hasta la puerta y tímidamente la empezó a rasguñar con sus patas para
que abriera. Cuando le abrí, ni siquiera se detuvo en mí, entro decididamente a
sentarse al sillón que estaba al lado de la estufa, y así sin esperar que yo
saliera de mi estupor, se acicaló entera y terminado ese magnífico ritual,
agotada, se durmió.
Me acerqué
lentamente y repasé todo su cuerpo con la mirada, no estaba herida, pero si
tenía algunos costrones en la nariz y en las patas, estaba sólo algo más flaca.
Seguía teniendo ese pelaje negro azabache en el lomo y un blanco perfecto en el
pecho, estómago y entrepierna. Su rostro era en porciones perfectas blanco y
negro, y los ojos eran de un amarillo oro que alejándose de sus pupilas llegaba
a tonos verde agua.
Les avisé con
alegría a todos mis familiares que la Minu había vuelto, a lo que me
respondieron con indiferencia o una simulada alegría, seguía sin importales y
ya en ese entonces a mí me importaba una mierda que no les importase, porque el
cotidiano se había transformado en un descubrir constante de la evolución de la
Minu, de un animal a un ser completamente humano.
Nuestra relación
se acercaba cada vez más. Al principio dormía en el sillón y salía mucho de la
casa, a veces solo para tirarse a dormir en la losa del patio. Siempre me
preocupaba porque no le faltase comida y que su recipiente de agua estuviese
lleno y con agua limpia. La agasajaba con tarros de atún que abría sólo para
ella. Pasado un tiempo el agua que le daba la reemplacé por leche entera de la
mejor calidad que podía conseguir con mi sueldo de mesero. Los restos de
pescado y de carne que dejaban en los platos, los guardaba en un pote y se lo
llevaba casi como ofrendas. Pasaron las
semanas hasta que una noche siento a la Minu subirse a la cama y acomodarse
entre mis piernas, acto seguido se enrolló contra sí misma y ronroneó suavemente
hasta que se quedó dormida. Esa noche no pude dormir, la proximidad con su
cuerpo me estaba desollando. Podía sentir su peso exacto, su acompasada
respiración, incluso los débiles maullidos que daba entre sueños. Me quedé
disfrutando en esa y todas las noches venideras la elasticidad de su cuerpo en
potencia, sus sueños ariscos que se alejaban llevándome prendido a su ronroneo.
Todos los días
llegaba agotado por la falta de sueño al trabajo, pero a medida que pasaba el
tiempo me volvía cada vez más felino y la Minu mas humana. Me di cuenta que a
pesar de estar cansado mis movimientos eran más agiles, podía hacer más ordenes
en un día, sincronizaba todos mis tiempos mientras se preparaban los platos,
repartía las bebidas en la misma mesa y ponía los aderezos para las ensaladas,
limpiaba las mesas que se desocupaban, volvía a la cocina a buscar los platos
para servirlos, los servía, tomaba otra orden, les repartía las bebidas a la
segunda mesa y les ponía los aderezos, retiraba los platos vacíos de la
primera volvía a la cocina a buscar los postres los servía retiraba los
platos vacíos de la segunda mesa hacía
la cuenta de la primera les retiraba los postres y les dejaba la cuenta
pagaban me dejaban propina en el mejor de los casos servía los postres en la
segunda y hacía la cuenta limpiaba la primera mesa retiraba los postres
pagaban me dejaban propina y empezaba todo de nuevo. Aprendí a mecanizar mis
movimientos pero todo esfuerzo mental me desgastaba, sin calculadora no podía
hacer las cuentas y después de un par de horas en el trabajo sentía como si mi
conciencia se esfumase y estuviese en piloto automático. Cuando me tocaba el
turno de noche lo disfrutaba, el fuerte
de nuestro restaurant era el menú de almuerzo, por ello muy pocas personas
venían en la noche. Cerrábamos cerca de las 12 y viviendo cerca, en menos de
treinta minutos a pie estaba en casa.
Eran las 11:40,
en diez minutos más se cerraban las puertas, en la cocina estaba limpiando todo
y trapeando el piso con cloro. Estaba agotado, a pesar de haber atendido a solo
dos mesas la falta de sueño me estaba haciendo mella. Entra primero, desde la
calle, una risa estridente de mujer que lo rompe todo, y en seguida se ve
cruzar el umbral un hombre de unos sesenta años, riendo entre
cortado y a media voz, enseguida detrás de él viene un mono mal pintado, mal
teñido, mal vestido y mal hecho. Se
sientan en la última mesa, la que queda al lado del baño. Les entrego la carta
y piden el menú del día acompañado de
pisco sour. Cuando vuelvo con los aderezos para las ensaladas me piden dos piscos
sour más, y cuando vuelvo con los platos otros dos más. Ya en el postre, cuando
les doy las opciones, me interrumpe el hombre y me dice:
-
Te voy a pedir un postre muy especial, me traes
de esas cerezas en almíbar que tienes, me las das con crema chantillí encima y
espolvoreas cacao y canela encima de la crema.
-
Como guste - respondo. De especial no tenía un
choto, pero era un postre rápido de hacer. Les hago el postre, les sirvo dos
pisco sour más y les llevo la cuenta.
Llegué a la casa
cerca de la una de la mañana. Minu siempre me esperaba despierta después del
trabajo, se frotaba contra mis piernas ronroneando y después la acariciaba
mientras le daba las sobras que había recolectado durante el día.
Cuando me acosté,
sentí cómo de un salto se subió a la cama, pero esta vez no fue a mis pies,
siguió caminando por mi costado hasta encontrarse con mi cara, dio un maullido
corto y enseguida me lamió una vez la nariz. Yo la amaba y ahora ella estaba
tomando la iniciativa, me estaba besando. Respondí a sus besos con besos, y nos
estuvimos lamiendo por largo rato. Tenía un sabor ceniciento y sus pelos con
facilidad se desprendían, mientras ella me raspaba toda la cara con la pequeña
lengua. De un momento a otro sus ronroneos se sentían como la vibración de un
motor, no podía contener ni mi excitación ni mi erección, obviamente no la
podía penetrar o al menos no sin el riesgo de hacerle daño, dudaba sobre cómo
podríamos hacer el amor de una forma cómoda para los dos cuando en un ligero
movimiento me ofreció su concha mientras se la lamía a lo que solo atiné a
meterle un dedo. La Minu se quedo estática, ronroneaba lentamente mientras
movía suavemente el índice revolviendo sus entrañas. Ya no podía más, aunque
todo había sido muy rápido estaba a punto de venirme, entonces la masturbé con
fuerza y ella y yo nos venimos en un apagado gemido.
No recuerdo
semana más completa en mi vida, mi mecanización de movimientos no podía estar
mejor y sumándole a eso la buena disposición que tenía ante todo, las propinas
me empezaron a llover.
Aunque reparaba
hasta en los más mínimos detalles, pasaba por encima de todo y lo único que me
motivaba era saber que la Minu me esperaba en casa. Ahora mi primer oficio era
el de amante, podría haber renunciado a todo para solo verla a mi costado respirando
mi aliento.
Todo iba bien
hasta que un día sin más una familia entera encabezada por el padre, a la hora
del postre me pide uno muy especial.
-
Te voy a pedir un postre muy especial, me traes
de esas cerezas en almíbar que tienes, me las das con crema chantillí encima y
espolvoreas cacao y canela…
-
Ah! sí, como el que pidió con la señorita la
otra noche…
-
…
-
...
Había una regla
implícita dentro del oficio. Al igual que los caballeros nosotros no tenemos
memoria y por estar enamorado se me
olvidó la única regla de este juego. Pasaron unos segundos en los que nos
quedamos mirando los dos con cara de imbéciles sin saber qué decir, después
vino un QUÉ?! de la esposa y miradas furiosas de los hijos, yo trato de
hilvanar alguna excusa pero ya estábamos con la mierda hasta el cuello tanto él
como yo porque de un segundo a otro la esposa estaba dándole con todo lo que
encontraba y yo tratando de separarlos. Me metí en medio intentando contener a
la mujer que me dio con la panera en la nariz. Caí a un costado empujando unas
sillas vacías, mientras sangraba en el piso, la discusión subía de tono, pero
la mujer insistía en irse ahora hecha un mar de lágrimas con todos los hijos
protegiéndola del horrible padre que tenían. La pelea siguió en la calle y la
escuchamos internarse en la ciudad, siendo un estertor lejano y apenas audible.
Me levantaron
mis compañeros de trabajo y al explicarle la situación al jefe del restaurant
me dijo que era un saco de mierda pero que ya había tenido mucho por hoy así
que me fuese a la casa y regresase mañana en el turno de la noche. Deshaciéndome en disculpas me devolví a mi casa.
Golpeado y
cansado lo único que esperaba era encontrarme con la Minu. Pero al abrir la cerradura
siento gritos desgarrados de gatos. Entro pateando la puerta y buscando dónde
estaba la Minu. La vi haciendo muecas de dolor en el sillón mientras un gato
negro, grande y gordo, le estaba dando por detrás. ¡La muy puta estaba tirando
en nuestra casa! En donde se sentaba mi abuela, en donde nos habíamos enamorado.
Cuando el gato me vio entrar salió corriendo como pudo hacia el baño y escapó
por una ventanilla, lo perseguí pateando lo que encontraba pero el hijo de
puta era muy rápido a pesar de ser tan gordo.
Cuando volví al
sillón la Minu estaba lamiéndose la concha, disfrutando lo que quedó del sexo
y de los cuernos que me había puesto. -¡PUTA DE MIERDA!- le grité con todos mis
fuerzas, a lo que solo alzó la vista y me miro impávida. - ¡TENIA RAZON MI
VIEJA CON ESO QUE TODOS LOS GATOS SON TRAICIONEROS! ¡PUTAAAA! ¡PUTA DE MIERDA!-
La pateé con todas mis fuerzas, voló y chocó contra una lámpara que estaba sobre
una mesa de luz, siguió su trayectoria en el aire para terminar azotándose
contra un librero que estaba detrás de la mesa.
Desconcertada y
algo coja intentó escaparse por la ventanilla del baño. A lo que corrí y cerré
la puerta.- ¡NO! ¡NO ME SALES MAS!- corrí por la casa cerrando todas las
ventanas incluso clavé algunas, aseguré todas las puertas con doble llave y
revisé la casa entera para ver si había alguna posibilidad de fuga. Cuando
terminé ya era hora de irme al trabajo. Cuando salí vi los bellos ojos de la
Minu brillando debajo de la cama, seguramente asustada, debidamente asustada.
Llegué al
restaurant esperando que me dieran un castigo o que me llamaran la atención por
lo que había pasado, pero no pasó nada excepto las bromas de mal gusto del
jefe. No vino nadie en toda la noche, cerramos temprano y sin apuros.
Me volví
caminando como de costumbre a mi casa. Llevaba caminando unas 6 cuadras, cuando
un auto se sube a la vereda impidiéndome seguir. La puerta del copiloto se abre
y veo la cara del viejo putañero, me dice que suba a lo que le respondo:
– No gracias,
mejor camino, es una bonita noche…
- ¡Que te subas
mierda!
- Bueno… gracias.
Me subo y de
inmediato me pongo el cinturón. El viejo huele a vino y me queda mirando largo
rato. Pone marcha atrás y salimos a la
calle, me pregunta dónde vivo, le doy las indicaciones y nos ponemos lentamente
en marcha.
-
Mira pendejo, uno en la vida tiene que tener
ciertos códigos, ¿sabes qué son los códigos? – sin esperar a que le responda
sigue parsimoniosamente- son normas de conductas que nos diferencian de los
bichos de cuatros patas. ¿Doblo a la izquierda?
-
Sí, sí – me apuro en contestar- desde aquí es derecho. Cinco cuadras.
-
Bueno, como te iba diciendo, lo que hiciste puto
de mierda, me cagó la vida, entiendes, ¡La vida hueón! Quizás no sabes lo que
es eso, pero tenía una bella familia y tú te la pasaste por la raja…
Estaba asustado,
nunca fui fuerte o valiente, si nos íbamos a las manos me sacaba la mierda.
Estaba más preocupado pensando en cómo me iba a proteger la cara que
escuchando. Miraba hacia adelante y asentía. Miraba hacia adelante y asentía.
El viejo seguía
hablando y solo quedaban dos cuadras para llegar a mi casa cuando en una
orilla del camino, por el costado del co-piloto, veo al gato negro. Si no
hubiese tenido el cinturón puesto no me habría atrevido a girar el manubrio en
mi dirección y que el auto hiciera una pequeña curva y se estrellase contra un
árbol. Fue tan rápido que no me fijé si
maté al puto gato. Solo atiné a salir y despedirme del viejo.
-
Muchas gracias por traerme, desde aquí puedo
caminar.
El viejo me
miraba con los ojos inyectados en sangre y llorando. Me preguntaba a gritos-
¡¿Qué hiciste?!- Aferrado al manubrio
seguía gritando ¡Que hiciste!. Sentía que su voz se quebraba por el llanto, no
sabía si refería a qué hice con su auto o con su vida, cualquiera sea el caso
no me importaba. Después de un rato empezaron a salir los primeros curiosos,
pero como el viejo estaba borracho y gritando sólo llamaron a carabineros y
esperaron a que ellos se encargasen.
Cuando llegué a
la casa estaba aún nervioso, solo atiné a darme una ducha y mañana pensaría en
todo. Dormí como no lo había hecho en mucho tiempo. Me desperté al mediodía y
falté al trabajo.
Me levante en un
plan de reconciliación. No quería que estuviésemos peleados por más tiempo. La
llamé desde el pie de la cama. No me contestó y ni siquiera se asomó. Me agaché
para ver si aún estaba ahí. Y sí, estaba ahí hecha un ovillo. La tomé con
cuidado, creyendo que estaba dormida, pero enseguida me di cuenta que era un
peso muerto. Le vi sangre en la entrepierna y a la carrera tomé una frazada con
que envolverla y partí a la calle en busca de un taxi.
Al pasar por
donde ayer habíamos chocado vi el cadáver del gato en la cuneta, con las
tripas esparcidas por el suelo y con una
risa forzada y brutal. Me alegro que se haya muerto el hijo de puta, pero no
tuve tiempo para regocijarme en la muerte del muy maricón. A poco andar
encontré un taxi y le di la dirección a donde íbamos.
Ya en la clínica
veterinaria me dijeron que la operarían en seguida y que mañana en la tarde
podría verla.
-
¿Operarla de qué?
-
La Minu
tuvo un aborto, se le puede hacer la castración en seguida, ¿lo prefiere así?
-
Bueno… sí. Hasta mañana
-
Hasta mañana.
La
conche`sumadre iba a tener hijos del negro. No lo podía creer. ¿Hace cuánto
esta puta me está poniendo los cuernos?
Al día
siguiente cuando la fui a buscar estaba hecha mierda. Ni siquiera podía estar
de pie. No pude recriminarle nada. Ya estando en la casa la acomodé en su
porción de cama, la alimenté con gotero y pasábamos ese y los días venideros,
sin saber qué decirnos, sin poder afrontar el quiebre, sin ser lo
suficientemente valientes como para mirarnos a los ojos, entonces buscamos en
una tácita rutina una tregua.
Cuando pudo
ponerse de pie y alimentarse por sí misma empezó a buscar y maullar por todos
los rincones de la casa. Estaba buscando a sus hijos, a esos que yo maté. Los
buscaba con desespero y no me dejaba tocarla ni siquiera para limpiarle la
cicatriz de la operación, que afortunadamente cerró sin problema alguno.
Un fin de
semana a la vuelta de la clínica en la que le sacaron los puntos de sutura me
dejó abrazarla. Lloré por no saber cómo reparar todo el daño. ¿Cómo le devuelvo
el vientre? A sus hijos en potencia que deberían de ser maravillosos si nada
los hubiese detenido, si yo no hubiese estado aquí, cómo la puedo aún amar
sabiendo que soy lo único que ella quiere hacer desaparecer de su vida.
Lloré hasta que
se me escocieron las mejillas por las lágrimas y caí dormido. Ella se mantuvo
sobre mis muslos dándome calor. Cuando desperté ya no estaba. Sabía que era
inútil buscarla, sabía que tan grande era mi error que no tenía ni el derecho
de extrañarla.
Lo único que me
queda son los sueños de mi abuela. Pero a veces en el trabajo, especialmente a
las clientas de ojos verdes, les ofrezco un postre muy especial, como tratando
de tironear el tiempo para hacerlo retroceder lo suficiente y así volver a
encontrarnos cuando éramos felices.
Rodrigo Alarcón
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