Quiero estar con los que se mantienen de pie
¿Quién era ese que exhalaba sangre, cuando agotado y sin fuerzas se
devolvía al camino que lo llevaría a su casa, por huellas que ni si quiera la
cordillera conocía? Ese temblor errante entre el frío y la lluvia, que se
perdía como si su sombra fuese un lastre, ¿era el mismo?
El sur, el mismo que muchos años antes había partido en dos mi infancia,
en ese entonces de hambre e indecisión, me devoraba. En el fogón, la espalda se
escarchaba y la barba se quemaba, aun así era el único momento de calor en la
noche. Bajaba un inmisericorde puelche y nos golpeaba de lleno en los rostros curtidos de tanto hielo, viento y
soledad. El alba nos salivaba en luz, pura luz, por entre medio de las
quebradas, cuando volvíamos sin prisas a levantar cercos.
De este lado de la alambrada, esta mi sudor y mi angustia, el otro lado
aun virgen, nos sobrevive como humanos, como plaga. Levanto este cerco ya no
porque tengo que ir Buenos Aires, si no para que se mantenga esa fracción de la
cordillera, inexpugnable.
Junto mi sueldo dentro de mis calcetas. Si no fueran de un material parecido al plástico, hace tiempo
los billetes se habrían deshecho. No es que quiera desconfiar, pero tengo que
hacerlo. Dormir con el machete a mano para empuñarlo. No es que quiera matar,
pero puede que tenga que hacerlo. Aquí, el vino, nos hermana para siempre o nos
mata de un par de estocadas y nos desbarranca por una anónima quebrada.
Tengo que juntar dinero suficiente como para dejar a mi familia cubierta
por lo menos un mes y quedarme con lo justo como para vivir el primer mes en
Buenos Aires. Una eficiente fuga, o más bien, un blindaje, una protección al
camino escogido.
Debo desmentir a Borges cuando dice – quien se aleja de su casa ya ha
vuelto-, porque para un desarraigado, no existe tal
vuelta y el hogar es solo el tiempo presente, ni siquiera comprende un espacio
físico. Debo desmentirlo porque si no todo el camino recorrido fue una gran
quimera.
Hoy me despierto con la cordillera a mis espaldas. Deambulo por el hambre
del horizonte que cada tanto escupe masas des nombradas de pieles, ojos,
rodillas, hombros, humanos como yo a medias, que se van cociendo y completando
en esta ciudad que se mantiene desde siempre al filo de la espada.
En contestación a las preguntas que abrieron el texto, la verdad sea
develada: esa sombra que se batía a contramano con su cuerpo y lo lastraba,
sigo siendo yo.
Rodrigo Alarcón San Martin
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