viernes, 23 de agosto de 2013

Quiero estar con los que se mantienen de pie

¿Quién era ese que exhalaba sangre, cuando agotado y sin fuerzas se devolvía al camino que lo llevaría a su casa, por huellas que ni si quiera la cordillera conocía? Ese temblor errante entre el frío y la lluvia, que se perdía como si su sombra fuese un lastre, ¿era el mismo?
El sur, el mismo que muchos años antes había partido en dos mi infancia, en ese entonces de hambre e indecisión, me devoraba. En el fogón, la espalda se escarchaba y la barba se quemaba, aun así era el único momento de calor en la noche. Bajaba un inmisericorde puelche y nos golpeaba de lleno en  los rostros curtidos de tanto hielo, viento y soledad. El alba nos salivaba en luz, pura luz, por entre medio de las quebradas, cuando volvíamos sin prisas a levantar cercos. 
De este lado de la alambrada, esta mi sudor y mi angustia, el otro lado aun virgen, nos sobrevive como humanos, como plaga. Levanto este cerco ya no porque tengo que ir Buenos Aires, si no para que se mantenga esa fracción de la cordillera, inexpugnable.
Junto mi sueldo dentro de mis calcetas. Si no fueran de  un material parecido al plástico, hace tiempo los billetes se habrían deshecho. No es que quiera desconfiar, pero tengo que hacerlo. Dormir con el machete a mano para empuñarlo. No es que quiera matar, pero puede que tenga que hacerlo. Aquí, el vino, nos hermana para siempre o nos mata de un par de estocadas y nos desbarranca por una anónima quebrada.
Tengo que juntar dinero suficiente como para dejar a mi familia cubierta por lo menos un mes y quedarme con lo justo como para vivir el primer mes en Buenos Aires. Una eficiente fuga, o más bien, un blindaje, una protección al camino escogido.
Debo desmentir a Borges cuando dice – quien se aleja de su casa ya ha vuelto-, porque para un desarraigado, no existe tal vuelta y el hogar es solo el tiempo presente, ni siquiera comprende un espacio físico. Debo desmentirlo porque si no todo el camino recorrido fue una gran quimera. 
Hoy me despierto con la cordillera a mis espaldas. Deambulo por el hambre del horizonte que cada tanto escupe masas des nombradas de pieles, ojos, rodillas, hombros, humanos como yo a medias, que se van cociendo y completando en esta ciudad que se mantiene desde siempre al filo de la espada.

En contestación a las preguntas que abrieron el texto, la verdad sea develada: esa sombra que se batía a contramano con su cuerpo y lo lastraba, sigo siendo yo. 

Rodrigo Alarcón San Martin

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