La estocada
Sergio era un dolor en las pelotas, insoportable
en todas sus formas. Especialmente por su verborrea y su necesidad obsesiva de
ser escuchado. Tenía un conocimiento chamuyero de todos los temas posibles.
Según la ocasión podía ser astrónomo para explicar su propia teoría de cómo
mueren las estrellas, haciendo una mezcolanza de súper novas con enanas blancas
con el big-bang para calcular “a ojo” cuanto nos demoraríamos en años luz en
ver como una estrella al azar desapareciese del firmamento para, un minuto
después, dar cátedra de como se debería manejar al país económicamente
erradicando los sindicatos, que eran lo que frenaban el crecimiento. Era un completo tarado, pero si yo, su mejor
amigo no lo soportaba ¿Quién? Si hasta sus viejos arrancaban de los largos
discursos en que empezaba afirmando un punto para después de dar vueltas a sí
mismo, como un perro que se persigue la cola, terminar diciendo exactamente lo
opuesto a lo que sostenía en un comienzo (y eso que era hijo único).
Crecimos juntos, somos compañeros de curso
desde Kinder y amigos desde entonces. Sergio no era tan rompe bolas cuando
chico, por lo menos no más que yo o que cualquiera de nuestros compañeros.
Ninguno de los dos sobresalía de la media, lo único que nos distinguió fue que
éramos inseparables, nos sentábamos uno al lado del otro en todas las clases,
vivíamos cerca así que íbamos y volvíamos del colegio juntos, todas las tareas
grupales la hacíamos juntos a pesar de la tentativa de los profesores de
separarnos, siempre nos ingeniábamos para volver al otro. Hubo solo una faceta
en la que a la par fuimos mejores que el resto, los dos jugábamos bien a la
pelota. Éramos volantes con llegada, pero Sergio como era zurdo iba por la
banda izquierda y yo como diestro corría por la derecha. Cuando empezamos a
jugar por la selección de nuestro curso, nos bautizaron como los hermanos
korioto por el anime “Los súper campeones”, incluso más de una vez ensayamos el
“Tiro mellizo” en el que los dos le daban a la pelota al mismo tiempo, pero no
nos daba para tanto.
Pasaron los años y llego nuestra
adolescencia, el tiempo en el que buscaríamos diferenciarnos. Pero no pasó así,
lo único que cambio en nosotros fue que nos invadió una abulia terrible que,
sumado al descubrimiento de la mano en círculo, nos dejo inhabilitados de
cualquier actividad física. Así dejamos de ser los hermanos korioto, para ser
unos pajeros cualquiera.
El punto de inflexión para nosotros fue a
los diecisiete cuando los dos en la misma fiesta y con la misma mina perdimos
la virginidad. Belén iba en un curso paralelo al nuestro pero todos la
conocíamos porque fue a la primera que le salieron tetas, lo que la volvió la mejor mina con la que se podía estar
por mucho tiempo. Su cuerpo se desarrolló precozmente, tenía un muy buen cuero pero
de cara era media Federica. A los de los cursos mayores les chupaba un huevo,
viendo una oportunidad con una pendeja la aprovecharon y fue la primera en
tener una seguidilla de novios, todos de cursos mayores. A los diecisiete venía
con muchos polvos encima y todos sabían que proponiéndoselo la mina te cogía.
Si te acostabas con otra mina podías decir que te la chamullaste y tú te la
habías tirado, pero con Belén era distinto, siempre era ella la que te cogía a
ti, casi como una especie de iniciación, un raro servicio a la comunidad de
vírgenes de nuestro colegio.
Cansados los dos de echarnos la paja le
pedimos a Belén nuestro primer polvo. Nos dijo que no aceptaba tríos por una
mala experiencia con dos locos que ya se había graduado, pero sí nos podía
coger por separado. Aceptamos y quedamos en vernos en una fiesta a la que todo
nuestro curso estaba invitado. Compramos juntos nuestros primeros condones,
unos que decían que retardaban la eyaculación, no porque fuésemos precoces sino
porque aunque fuese Belén queríamos dejar una buena impresión, si la cagábamos
de entrada se podía echar a correr el rumor y no cogíamos más. Antes de salir
de casa, me llama Sergio para recordarme que me lavase la pija, por si nos la
chupaba, yo le respondo que era improbable, - Peros somos buenos tipos, en una
de esas viene con regalo la cosa- aunque ya me había duchado y hasta perfumado,
me metí al baño y en el lavamanos me enjaboné el chino tuerto y me lavé por
segunda vez hasta las pelotas.
Llegamos con un elegante atraso que nadie
noto porque ya estaban todos borrachos y además nadie parecía esperarnos.
Preguntamos por Belén pero no sabían o no entendían de qué estábamos hablando,
uno que venía de vomitar el patio y por ello un poco más espabilado, nos dijo
que estaba en una pieza del segundo piso. Como lo habíamos conversado, Sergio
se adelanto y fue a por su primera vez. Yo salí al patio y me dedique a
tomarles el pelo a mis compañeras de curso que se metían los dedos para vomitar
por turnos en un lavadero que estaba en una esquina. Vomitaban para poder
seguir tomando y suerte que el lavadero no tenía rejilla para filtrar los
pedazos de comida que vertían desde sus estómagos, sino hubiese quedado
rebalsado en kilos y kilos de comida regurgitada. En eso estaba cuando desde
dentro, Sergio me hace la señal para decirme que es mi turno.
Cuando subí solo había una lámpara de
velador encendida. Belén estaba desnuda al borde de la cama. Tenía las piernas
estiradas y las entrecruzaba a la altura de los tobillos se apoyaba en la cama
con los dos brazos, curvando hacia atrás los hombros, lo que la hacía sacar
pecho. Con un gesto de su mano me hizo entender que tenía que desnudarme.
Tímidamente me saque prenda por prenda, mientras hipnotizado miraba los
pequeños pezones morenos que coronaban sus pulposos senos, tan recorridos y
experimentados, tan lamidos y besados, ante esa luz que le golpeaba las carnes,
de perfil y en tono sepia, se me antojaban perfectos, sabiendo que no podrían
ser míos, que este acto sería una luz que me encandilaría y desaparecería para
darle el testimonio de las mismas carnes al siguiente en la posta. Aunque
estábamos los dos sin ropa alguna, no la podía igualar en desnudez, la suya era
una versión prístina del deseo mismo.
Me acerque lentamente y me senté a unos
centímetros de ella. Belén se acomodó y me empezó a masturbar muy suavemente
mientras me hablaba. – Mira, a Sergio se le rompió el condón mientras
tirábamos, igual no pasa nada porque estoy tomando pastillas, pero si te
incomoda lo dejamos para la otra y te hago una paja y listo-
Negué
con la cabeza, sin poder hilvanar palabra, se sonrío, me besó con fuerza y se
montó encima mío. Sentí como entraba en ella fácilmente lubricada por el semen
de Sergio. Tal vez a otro le habría parecido asqueroso, hasta intolerable de
solo pensarlo pero para mí era como si fuese mi propio semen. Sin condón creí
que acabaría pronto, pero lo hicimos lentamente, de forma acompasada, dándonos
tiempo para recorrernos hasta conocernos y cuando ningún poro de nuestros
cuerpos era sorpresa para el otro, acabé dentro de ella.
Ya vistiéndome le pregunté si nos acompañaba
abajo en la fiesta. Me contestó que se duchaba y se iba a su casa. No pregunte
mas, le di las gracias y me fui en busca de Sergio. Lo encontré acostado a todo
su largo en un sillón del living de la casa. Cuando me vio venir sonrió para
después reír y enseguida estallar en un grito de alegría, yo me reí hasta las
lágrimas y como dos imbéciles decidimos emborracharnos para celebrar.
Tomamos cuanto pudimos y cuando no nos cabía
más pisco en el cuerpo, fuimos a vomitar para seguir tomando y tomando.
Borrachos al borde de caer en un coma etílico volvimos a nuestras casas
apoyándonos de lo que encontráramos. Fue cuando lo deje abrazado a un árbol en
frente de mi casa para poder sacar las llaves y así poder entrar, que se
desplomó recto hacia delante, y contra la berma de la calle se abrió la cabeza.
Las putas llaves no querían salir
de mi bolsillo, cuando logre sacarlas y con mucho esfuerzo meterla en la
cerradura para abrir la puerta, recién ahí me di cuenta de lo que pasó, volví
corriendo y por el susto se me paso la borrachera. Lo primero que ví fue su
nuca intacta mirando mi casa, mientras silente me acercaba a su rostro pegado
al asfalto. Pude ver su frente cortada
en diagonal, la piel se plegaba sobre los bordes de la herida como un cartón
que hubiesen arrugado, al centro se veía el blanco del cráneo. Parpadeaba
lentamente con un solo ojo, porque el otro estaba empapado en sangre. Alrededor
de su cabeza se formaba un charco que desde arriba podría haberse visto como
una aureola.
Con
un hilo de voz repetía “Sergio, Sergio” me agaché para que me pudieses oír,
estaba en un transe de negación e impotencia cuando siento el mismo golpe que
debió haber sentido, grito desgarrándome del dolor y caigo enfrentándonos cara
a cara. No me puedo mover pero siento el sonido de los vecinos viniendo en
nuestra ayuda, antes de desvanecerme veo como me dice sin voz –Vamos a estar
bien.
Teníamos
diecisiete y gracias a ese golpe el tiempo se detuvo en él. Cada segundo que
pasaba nos alejaba, ya no pudimos mas crecer juntos. Al despertarme en el
hospital, me dijeron que había tenido un shock nervioso. A Sergio le estaban
haciendo un scanner en el cerebro pero a primera vista estaba bien, consiente y
lúcido. Cuando pude entrar en su habitación del hospital, tenía un vendaje en
toda la cabeza. Lo único que cambió es que hablaba mucho y con todos, esperaba
secretamente que se le pasase, pero aparte de romperse la cabeza rompió su
crisálida y se volvió un gigantesco rompe bolas. Nunca hablamos de lo que paso
esa noche, de cómo la berma nos había golpeado a los dos por igual, de la
conciencia compartida del frío asfaltado, ambos desvirginados, desmayados sobre
la noche que abrió y cerro el telón de nuestra melliza verdad: sin importar
qué, no nos separaríamos mas.
A
parte de la verborrea, tras el golpe, Sergio tenía un dolor punzante en línea
con el pezón, entre la tercera y la cuarta costilla derecha contando de abajo
hacia arriba. Sentía que un bicho le estaba escarbando las carnes en esa zona,
que comía esos tensos tejidos de entre huesos, y rasgaba y cortaba por mero
gusto. Al verse al espejo, palpándose ese lugar no encontraba nada fuera de lo
normal, ninguna inflamación o coloración que indicase que había algo extraño en
su cuerpo. Ante la presión de su índice el dolor no acrecentaba, de hecho nunca
se hizo más agudo, solo permaneció tanto, pero tanto tiempo que ya ni siquiera
lo consideraba un dolor, era una pequeña molestia que el tiempo se encargo de
reducirla hasta el punto de casi hacerla desaparecer.
Ese
día yo tenía que cursar a la tarde, y como era costumbre, almorzamos juntos en
mi departamento y después cada uno salía por su cuenta.
Mientras
cocinaba, Sergio mirando al cielo me dice que va a llover, yo le pregunto que
como lo sabe. –Huele a oxígeno-
responde. – ¿Cómo mierda huele a oxigeno? ¿Qué? Tienes una nariz
atómica. –Cuando va llover se siente el olor a oxígeno- insistió. - No, hijo de
puta, ¡no!, no sé qué mierda estas oliendo pero no se huele el oxígeno. No hay
una fragancia a Argón cómo no te llega una brisa cargada en el perfume del
hidrógeno-.
-Bueno,
quizás me expresé mal-.
La
reacción normal de Sergio en estos casos era seguir este diálogo hasta que,
cansado, lo mandase a la mierda o lo dejase hablando solo. Nunca se daba por
vencido y menos reconocía el error. Por la sorpresa me quedé sin saber cómo
reaccionar y almorzamos en silencio.
A
parte de reconocer su error que ya era mucho, no había un cambio notable en él.
Siguió inmutable con sus mismos gestos y manías de un adolescente de 17 años.
Hacía
ya una semana que el baño olía a mierda. Al destapar la rejilla me di cuenta
que estaba por anegar todo. Traté de solucionar el problema sacando los pelos y
otras cosas que había, que eran obstáculo para que el agua corriese. Hecho esto
saque el sifón y espere en vano que se arreglara el problema, el agua no corrió
y seguía oliendo a mierda. Con el plomero habíamos quedado en que venía a eso
de las dos, pero eran las dos y cuarto y no llegaba. Aunque era más importante
arreglar el baño porque ya no soportaba el olor a mierda, tenía que cursar.
Estando Sergio en pleno ocio post almuerzo, le pedí que esperara al plomero por
mí. Al segundo me dijo que sí, que no me preocupara. De nuevo tenía una
reacción anormal, un Sergio cotidiano se habría quejado como un niño y habría
puesto una excusa cualquiera para no quedarse, y al final, después de pedírselo
por tercera vez, aceptaría.
Cuando
salí, estaba peleando con un gigante y un mamut en skyrim, tan despreocupado
como siempre.
Salí
contrariado y empecé a caminar dudando en volver y hacerle compañía. La
facultad me quedaba a unos veinte minutos caminando, estaba a un par de cuadras
de distancia, cuando siento un frío metálico que me apuñala entre la tercera y
la cuarta costilla contando de abajo hacia arriba. Me desplomo en la vereda y
contengo el grito de dolor. –Mierdamierdamierda, no debí haberlo dejado solo-
Di
media vuelta y empecé a correr como pude, el dolor había desaparecido y me
sentía ligero como nunca. A la entrada del edificio todos mis vecinos
empalidecieron al verme. Subí ante el estupor de todos. Por la puerta de mi
departamento salía un cuerpo en una camilla, envuelto en nylon. Entro y veo el
piso hecho una sola poza de sangre, y en medio de ella, una hoja metálica a
medio sumergir en la vida de mi amigo desparramada a mis pies.
Su
dolor era el vaticinio de esa puñalada que me correspondía, y su permanencia en
la tierra era la prolongación de mi vida. Ahora que todo tiene sentido poco
importa, pues se ha muerto mi extensión más bella punto y coma Sergio.
Rodrigo
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