sábado, 26 de octubre de 2013

La estocada
     
     Sergio era un dolor en las pelotas, insoportable en todas sus formas. Especialmente por su verborrea y su necesidad obsesiva de ser escuchado. Tenía un conocimiento chamuyero de todos los temas posibles. Según la ocasión podía ser astrónomo para explicar su propia teoría de cómo mueren las estrellas, haciendo una mezcolanza de súper novas con enanas blancas con el big-bang para calcular “a ojo” cuanto nos demoraríamos en años luz en ver como una estrella al azar desapareciese del firmamento para, un minuto después, dar cátedra de como se debería manejar al país económicamente erradicando los sindicatos, que eran lo que frenaban el crecimiento.    Era un completo tarado, pero si yo, su mejor amigo no lo soportaba ¿Quién? Si hasta sus viejos arrancaban de los largos discursos en que empezaba afirmando un punto para después de dar vueltas a sí mismo, como un perro que se persigue la cola, terminar diciendo exactamente lo opuesto a lo que sostenía en un comienzo (y eso que era hijo único).

   Crecimos juntos, somos compañeros de curso desde Kinder y amigos desde entonces. Sergio no era tan rompe bolas cuando chico, por lo menos no más que yo o que cualquiera de nuestros compañeros. Ninguno de los dos sobresalía de la media, lo único que nos distinguió fue que éramos inseparables, nos sentábamos uno al lado del otro en todas las clases, vivíamos cerca así que íbamos y volvíamos del colegio juntos, todas las tareas grupales la hacíamos juntos a pesar de la tentativa de los profesores de separarnos, siempre nos ingeniábamos para volver al otro. Hubo solo una faceta en la que a la par fuimos mejores que el resto, los dos jugábamos bien a la pelota. Éramos volantes con llegada, pero Sergio como era zurdo iba por la banda izquierda y yo como diestro corría por la derecha. Cuando empezamos a jugar por la selección de nuestro curso, nos bautizaron como los hermanos korioto por el anime “Los súper campeones”, incluso más de una vez ensayamos el “Tiro mellizo” en el que los dos le daban a la pelota al mismo tiempo, pero no nos daba para tanto.

   Pasaron los años y llego nuestra adolescencia, el tiempo en el que buscaríamos diferenciarnos. Pero no pasó así, lo único que cambio en nosotros fue que nos invadió una abulia terrible que, sumado al descubrimiento de la mano en círculo, nos dejo inhabilitados de cualquier actividad física. Así dejamos de ser los hermanos korioto, para ser unos pajeros cualquiera.

   El punto de inflexión para nosotros fue a los diecisiete cuando los dos en la misma fiesta y con la misma mina perdimos la virginidad. Belén iba en un curso paralelo al nuestro pero todos la conocíamos porque fue a la primera que le salieron tetas, lo que la  volvió la mejor mina con la que se podía estar por mucho tiempo. Su cuerpo se desarrolló precozmente, tenía un muy buen cuero pero de cara era media Federica. A los de los cursos mayores les chupaba un huevo, viendo una oportunidad con una pendeja la aprovecharon y fue la primera en tener una seguidilla de novios, todos de cursos mayores. A los diecisiete venía con muchos polvos encima y todos sabían que proponiéndoselo la mina te cogía. Si te acostabas con otra mina podías decir que te la chamullaste y tú te la habías tirado, pero con Belén era distinto, siempre era ella la que te cogía a ti, casi como una especie de iniciación, un raro servicio a la comunidad de vírgenes de nuestro colegio.

   Cansados los dos de echarnos la paja le pedimos a Belén nuestro primer polvo. Nos dijo que no aceptaba tríos por una mala experiencia con dos locos que ya se había graduado, pero sí nos podía coger por separado. Aceptamos y quedamos en vernos en una fiesta a la que todo nuestro curso estaba invitado. Compramos juntos nuestros primeros condones, unos que decían que retardaban la eyaculación, no porque fuésemos precoces sino porque aunque fuese Belén queríamos dejar una buena impresión, si la cagábamos de entrada se podía echar a correr el rumor y no cogíamos más. Antes de salir de casa, me llama Sergio para recordarme que me lavase la pija, por si nos la chupaba, yo le respondo que era improbable, - Peros somos buenos tipos, en una de esas viene con regalo la cosa- aunque ya me había duchado y hasta perfumado, me metí al baño y en el lavamanos me enjaboné el chino tuerto y me lavé por segunda vez hasta las pelotas.

   Llegamos con un elegante atraso que nadie noto porque ya estaban todos borrachos y además nadie parecía esperarnos. Preguntamos por Belén pero no sabían o no entendían de qué estábamos hablando, uno que venía de vomitar el patio y por ello un poco más espabilado, nos dijo que estaba en una pieza del segundo piso. Como lo habíamos conversado, Sergio se adelanto y fue a por su primera vez. Yo salí al patio y me dedique a tomarles el pelo a mis compañeras de curso que se metían los dedos para vomitar por turnos en un lavadero que estaba en una esquina. Vomitaban para poder seguir tomando y suerte que el lavadero no tenía rejilla para filtrar los pedazos de comida que vertían desde sus estómagos, sino hubiese quedado rebalsado en kilos y kilos de comida regurgitada. En eso estaba cuando desde dentro, Sergio me hace la señal para decirme que es mi turno.

   Cuando subí solo había una lámpara de velador encendida. Belén estaba desnuda al borde de la cama. Tenía las piernas estiradas y las entrecruzaba a la altura de los tobillos se apoyaba en la cama con los dos brazos, curvando hacia atrás los hombros, lo que la hacía sacar pecho. Con un gesto de su mano me hizo entender que tenía que desnudarme. Tímidamente me saque prenda por prenda, mientras hipnotizado miraba los pequeños pezones morenos que coronaban sus pulposos senos, tan recorridos y experimentados, tan lamidos y besados, ante esa luz que le golpeaba las carnes, de perfil y en tono sepia, se me antojaban perfectos, sabiendo que no podrían ser míos, que este acto sería una luz que me encandilaría y desaparecería para darle el testimonio de las mismas carnes al siguiente en la posta. Aunque estábamos los dos sin ropa alguna, no la podía igualar en desnudez, la suya era una versión prístina del deseo mismo.

   Me acerque lentamente y me senté a unos centímetros de ella. Belén se acomodó y me empezó a masturbar muy suavemente mientras me hablaba. – Mira, a Sergio se le rompió el condón mientras tirábamos, igual no pasa nada porque estoy tomando pastillas, pero si te incomoda lo dejamos para la otra y te hago una paja y listo-

Negué con la cabeza, sin poder hilvanar palabra, se sonrío, me besó con fuerza y se montó encima mío. Sentí como entraba en ella fácilmente lubricada por el semen de Sergio. Tal vez a otro le habría parecido asqueroso, hasta intolerable de solo pensarlo pero para mí era como si fuese mi propio semen. Sin condón creí que acabaría pronto, pero lo hicimos lentamente, de forma acompasada, dándonos tiempo para recorrernos hasta conocernos y cuando ningún poro de nuestros cuerpos era sorpresa para el otro, acabé dentro de ella.

   Ya vistiéndome le pregunté si nos acompañaba abajo en la fiesta. Me contestó que se duchaba y se iba a su casa. No pregunte mas, le di las gracias y me fui en busca de Sergio. Lo encontré acostado a todo su largo en un sillón del living de la casa. Cuando me vio venir sonrió para después reír y enseguida estallar en un grito de alegría, yo me reí hasta las lágrimas y como dos imbéciles decidimos emborracharnos para celebrar.

   Tomamos cuanto pudimos y cuando no nos cabía más pisco en el cuerpo, fuimos a vomitar para seguir tomando y tomando. Borrachos al borde de caer en un coma etílico volvimos a nuestras casas apoyándonos de lo que encontráramos. Fue cuando lo deje abrazado a un árbol en frente de mi casa para poder sacar las llaves y así poder entrar, que se desplomó recto hacia delante, y contra la berma de la calle se abrió la cabeza.       Las putas llaves no querían salir de mi bolsillo, cuando logre sacarlas y con mucho esfuerzo meterla en la cerradura para abrir la puerta, recién ahí me di cuenta de lo que pasó, volví corriendo y por el susto se me paso la borrachera. Lo primero que ví fue su nuca intacta mirando mi casa, mientras silente me acercaba a su rostro pegado al asfalto.   Pude ver su frente cortada en diagonal, la piel se plegaba sobre los bordes de la herida como un cartón que hubiesen arrugado, al centro se veía el blanco del cráneo. Parpadeaba lentamente con un solo ojo, porque el otro estaba empapado en sangre. Alrededor de su cabeza se formaba un charco que desde arriba podría haberse visto como una aureola.

Con un hilo de voz repetía “Sergio, Sergio” me agaché para que me pudieses oír, estaba en un transe de negación e impotencia cuando siento el mismo golpe que debió haber sentido, grito desgarrándome del dolor y caigo enfrentándonos cara a cara. No me puedo mover pero siento el sonido de los vecinos viniendo en nuestra ayuda, antes de desvanecerme veo como me dice sin voz –Vamos a estar bien.

Teníamos diecisiete y gracias a ese golpe el tiempo se detuvo en él. Cada segundo que pasaba nos alejaba, ya no pudimos mas crecer juntos. Al despertarme en el hospital, me dijeron que había tenido un shock nervioso. A Sergio le estaban haciendo un scanner en el cerebro pero a primera vista estaba bien, consiente y lúcido. Cuando pude entrar en su habitación del hospital, tenía un vendaje en toda la cabeza. Lo único que cambió es que hablaba mucho y con todos, esperaba secretamente que se le pasase, pero aparte de romperse la cabeza rompió su crisálida y se volvió un gigantesco rompe bolas. Nunca hablamos de lo que paso esa noche, de cómo la berma nos había golpeado a los dos por igual, de la conciencia compartida del frío asfaltado, ambos desvirginados, desmayados sobre la noche que abrió y cerro el telón de nuestra melliza verdad: sin importar qué, no nos separaríamos mas.

A parte de la verborrea, tras el golpe, Sergio tenía un dolor punzante en línea con el pezón, entre la tercera y la cuarta costilla derecha contando de abajo hacia arriba. Sentía que un bicho le estaba escarbando las carnes en esa zona, que comía esos tensos tejidos de entre huesos, y rasgaba y cortaba por mero gusto. Al verse al espejo, palpándose ese lugar no encontraba nada fuera de lo normal, ninguna inflamación o coloración que indicase que había algo extraño en su cuerpo. Ante la presión de su índice el dolor no acrecentaba, de hecho nunca se hizo más agudo, solo permaneció tanto, pero tanto tiempo que ya ni siquiera lo consideraba un dolor, era una pequeña molestia que el tiempo se encargo de reducirla hasta el punto de casi hacerla desaparecer.

Ese día yo tenía que cursar a la tarde, y como era costumbre, almorzamos juntos en mi departamento y después cada uno salía por su cuenta.

Mientras cocinaba, Sergio mirando al cielo me dice que va a llover, yo le pregunto que como lo sabe. –Huele a oxígeno-  responde. – ¿Cómo mierda huele a oxigeno? ¿Qué? Tienes una nariz atómica. –Cuando va llover se siente el olor a oxígeno- insistió. - No, hijo de puta, ¡no!, no sé qué mierda estas oliendo pero no se huele el oxígeno. No hay una fragancia a Argón cómo no te llega una brisa cargada en el perfume del hidrógeno-.

-Bueno, quizás me expresé mal-.

La reacción normal de Sergio en estos casos era seguir este diálogo hasta que, cansado, lo mandase a la mierda o lo dejase hablando solo. Nunca se daba por vencido y menos reconocía el error. Por la sorpresa me quedé sin saber cómo reaccionar y almorzamos en silencio.

A parte de reconocer su error que ya era mucho, no había un cambio notable en él. Siguió inmutable con sus mismos gestos y manías de un adolescente de 17 años.

Hacía ya una semana que el baño olía a mierda. Al destapar la rejilla me di cuenta que estaba por anegar todo. Traté de solucionar el problema sacando los pelos y otras cosas que había, que eran obstáculo para que el agua corriese. Hecho esto saque el sifón y espere en vano que se arreglara el problema, el agua no corrió y seguía oliendo a mierda. Con el plomero habíamos quedado en que venía a eso de las dos, pero eran las dos y cuarto y no llegaba. Aunque era más importante arreglar el baño porque ya no soportaba el olor a mierda, tenía que cursar. Estando Sergio en pleno ocio post almuerzo, le pedí que esperara al plomero por mí. Al segundo me dijo que sí, que no me preocupara. De nuevo tenía una reacción anormal, un Sergio cotidiano se habría quejado como un niño y habría puesto una excusa cualquiera para no quedarse, y al final, después de pedírselo por tercera vez, aceptaría.

Cuando salí, estaba peleando con un gigante y un mamut en skyrim, tan despreocupado como siempre.

Salí contrariado y empecé a caminar dudando en volver y hacerle compañía. La facultad me quedaba a unos veinte minutos caminando, estaba a un par de cuadras de distancia, cuando siento un frío metálico que me apuñala entre la tercera y la cuarta costilla contando de abajo hacia arriba. Me desplomo en la vereda y contengo el grito de dolor. –Mierdamierdamierda, no debí haberlo dejado solo-

Di media vuelta y empecé a correr como pude, el dolor había desaparecido y me sentía ligero como nunca. A la entrada del edificio todos mis vecinos empalidecieron al verme. Subí ante el estupor de todos. Por la puerta de mi departamento salía un cuerpo en una camilla, envuelto en nylon. Entro y veo el piso hecho una sola poza de sangre, y en medio de ella, una hoja metálica a medio sumergir en la vida de mi amigo desparramada a mis pies.

Su dolor era el vaticinio de esa puñalada que me correspondía, y su permanencia en la tierra era la prolongación de mi vida. Ahora que todo tiene sentido poco importa, pues se ha muerto mi extensión más bella punto y coma Sergio.


Rodrigo

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