Noches
alegres, mañanas tristes.
Para Sara.
En el pool por lo
menos tres de mis amigos me dijeron que si no paraba de hinchar las pelotas me
reventaban la cara. Siempre me pasa lo mismo cuando en medio de una borrachera
sale un paraguayo prensado para que lo fume. Empiezo a tocar a la gente y reírme
de ellos tratando de abrazarlos, cuando me da calor me desnudo sin importarme
nada y mis amigos tienen que detenerme y nos terminan echando del lugar porque
a pesar de que me gusta toquetear a la gente no me gusta que me toquen, me
amurro y me quiero ir, desnudo a cualquier parte, lejos de la preocupación de
los demás.
Terminé desnudo pero
en mi cama, con medio cuerpo colgando fuera de ella y con una mancha gigante de
baba en la almohada. Cuando me desperté para mear veo en mi pecho escrito con
plumón “Acuérdate ROBLE 952”. Si no lo hubiese tenido en el pecho no me habría
acordado, para mis adentros agradecí a los hijos de puta por haberme escrito el
cuerpo, pero cuando me di vuelta y me vi el culo escrito con un Mete - mela
respectivo en cada nalga, me
indigné un poco.
Todavía lento y
mareado por la noche anterior, me preparo un desayuno-almuerzo que no alcanzo a
terminar por lo revuelta que tengo la panza. Borré todo lo escrito en mí a
fuertes refregones de esponja cuando me duchaba, terminado esto solo dejé que
me corriera el agua por el cuerpo, estuve mucho rato sin moverme sintiendo cómo
las gotas se estrellaban contra mi piel y se transformaban en una sola masa de
agua que cayendo me arropaba como una tela líquida que se adhería y se amoldaba
a cada poro de mi cuerpo.
Salí de la ducha soltando
vapor de todos los rincones. A esa hora, pasado el medio día siempre caía un
haz de luz que en perpendicular atravesaba mi habitación. Desnudo me acerqué a
la ventana para que el sol me secara, poco a poco el vapor que emanaba fue
disminuyendo hasta que no había más rastro de él, salvo en las ventanas
empañadas.
Me detuvo la
sensación que había recuperado algo, que el vapor hubiese sido la materia que
se fugaba y mi cuerpo la fractura que lo permitía. El sol me arropaba como el
agua me había arropado hace unos minutos, todo estaba en orden de nuevo, sentía
que podía salir otra vez a vivir.
Partí en busca del Roble 952 a paso cansino
sin preocuparme del día que ya devenía noche, como era invierno oscurecía muy
temprano. Encontré la dirección sin dificultad alguna, toqué la puerta y salió
a recibirme Lucía, mi suegra, que de entrada y sin poder reaccionar me toma del
brazo y me invita a pasar con una sonrisa en la cara.
-
¿Quieres
ver a mi mamá?
-
Bueno…
En
eso me arrastra adentro de la sala sujetándome delicadamente del brazo.
Camínanos a paso rápido, hasta que llegamos donde está su mama.
-
Mira…
¡¿no esta bonita?!
-
Si…
-
Tiene
los cachetitos coloraditos, yo la maquille.
-
Si… si…
se ve bonita. Una pregunta…
-
Si, dime.
-
¿Por qué
tiene… mmmm… esa pañuelo… alrededor de
la cara? (con el índice hago una circunferencia a mi rostro mientras hablo)
-
Para que
la boca no se le abra.
-
Ah! …
Nos
quedamos un rato viendo a su mama en silencio. Yo estaba muy nervioso y no
quería reanudar la conversación, así que simplemente le di el pésame como me
habían ensañado: con un abrazo y un “ayudando a sentir”. Lucía prologaba el
abrazo apretándome contra ella. Yo la verdad ya me quería ir a la mierda pero
era la abuela de mi novia la que estaba en ese ataúd, y mi suegra, a la que
quería montones estaba algo tocada por el dolor de la perdida, no podía ser tan
hijo de puta e irme apenas había llegado, pero con justicia me preguntaba donde
mierda estaba
Claudia que me dejo con su vieja en ese estado.
Pensaba
en todo eso cuando nos abrazábamos. Cuando nos estábamos separando Lucia me
tomo de los hombros y me dijo con voz firme – Ahora ella está bien, porque está
con los seres de luz – Y me quedo mirando largo y tendido con una débil
sonrisa.
Ta!
Se le corrieron todas las tejas la puta madre y justo conmigo por qué pene me
tocó a mí la conchesumare- me decía para mis adentros mientras por fuera
asentía hipócritamente con la cara más seria que podía poner.
Me
miraba con sus dos manos sobre mis hombros y asentía, me miraba y yo asentía.
-
¿¡POR
QUÉ METIERON A MI ABUELITA EN UNA CASA TAN CHICA!?
Ese
grito tan destemplado como sincero nos sorprendió a todos. Sol era la hermana
menor de Claudia, parecía una muñequita de porcelana tenía unos rizos definidos
como los comerciales de pantene, una piel casi transparente y unos ojos cafés
gigantescos. Lo único malo es que tenía un genio de las re mil putas, no era
raro que llegase gritando al velorio pero, ¿Por qué nadie le explicó que era un
ataúd?
La
pregunta de Sol quedó suspendida entre todos los presentes sin poder darle una
respuesta que no fuese la brutal verdad. Para salvar la situación me acerqué
con mi mejor sonrisa, la estaba saludando con un beso cuando una de sus
pequeñas manos se me entierra en la mejilla alejándome de su cara y con mas
enojo aún me dice que no me preguntaba a mí, sino a su mamá. Lucía hasta ahora
estoica con su sonrisa y sus seres de luz no se había quebrado pero ante la
inocencia lloró sin voz tapándose la boca mientras se arrodillaba para abrazar
a su hija menor, aún enojada y sin poder comprender.
La
sala que se arrendaba para velar el cadáver estaba próxima al cierre, me había
pasado ahí la tarde y Claudia seguía sin aparecer. No intenté llamarla ni
buscarla, si no quería aparecerse por el velorio, con todo lo visto esa tarde,
era totalmente comprensible.
Pero
llegó. Estaba hecha un estropajo, visiblemente débil por un trasnoche en la
agonía. Sabía que se me venía encima una justa puteada, no estuve con ella por
salir con mis amigos al pool, además si no fuese por ellos no hubiese podido
llegar al velorio, a mí se me habría pasado por alto quizás hasta el funeral.
Nos
saludamos y me llevó afuera prendido de un brazo con el mismo gesto y paso que
Lucía me había llevado hasta el ataúd. Hablé primero para amortiguar el golpe,
le conté todo lo que había pasado desde que llegué, lo de los seres de luz y lo
de sol preguntando por qué habían metido a su abuela en una casa tan chica. Me
escuchaba distraídamente, con una mano en la axila y con la otra sostenía el
cigarro que fumaba en lentas pitadas que se convertían en grandes bocanadas de
humo. Miraba el piso y con la punta de sus zapatos movía piedrecitas del suelo.
Cuando terminé de hablar, Claudia siguió en la misma actitud, era un
despeñadero de silencio en el que había caído por egoísta y cada segundo que
pasaba más me rompía el cuerpo contra las paredes de ese abismo. Hasta que alzó
la vista (me quería matar), pero por lo menos podía mirarla a los ojos.
Difícilmente podría sostener esa mirada, así que bajé los ojos y empecé a jugar
con piedrecitas como ella, esperando a que hablara.
-
Te voy a
perdonar de una sola forma, tienes que hacer una elegía para leerla en el
funeral.
-
¡No!- me salió del alma y hasta a mi me dejó
sorprendido.
Claudia me quedó mirando boquiabierta por un
instante, cuando pudo salir de su sorpresa empezó a asentir hacia el suelo con
rabia. Yo la miraba sin saber qué decir. Tiró el cigarro al suelo y de un
fuerte taconazo lo aplastó contra la vereda, me dio la espalda con la intención
de entrar al velorio pero la alcancé a tomar de un brazo y decir “Espera por
favor”. Dio una vuelta sobre sí misma y de un revés de palma me dio un sopla
moco en toda la jeta. Sonó seco, como un golpe de puño y se sintió tan fuerte
como uno. Me empujé con la lengua el labio inferior para ver dónde estaba la
herida que me inundaba la boca en sangre, la miro enojado con el costado
izquierdo de mi cara ardiendo, pero su enojo se sobrepone al mío. Retrocedo
como la presa ante el depredador. Claudia me dice:
- ¿Qué mierda te crees que eres? Yo no aguanto
más,
en serio no
aguanto más…
-
Espera,
no era lo que quería decir… es que apenas la conozco, ¿Cómo voy a escribir algo
sobre ella si la vi cuatro veces en mi vida?
-
Yo te he
contado casi toda la vida de ella, me la debes, además, ¿No eres escritor?
-
Sí, pero
no tanto… Además, no me acuerdo de las veces que la vimos, fue hace mucho, lo
único que podría escribir es que tu mama en el velorio me hablo de seres de luz
y en su ataúd le amarraron la cabeza con una pañoleta que la hacía parecer esas
guirnaldas que se ponen en las puertas en navidad, no se puede improvisar tanto
Claudia…
-
¡ME
IMPORTA UNA MIERDA!, si me quieres volver a ver, llegas al funeral con una
bonita elegía para mi abuela. Ya le avisé a todos que ibas a hablar en su
funeral.
No me dejó responder,
dio media vuelta y cerró de un portazo la puerta del velatorio. Empecé a deambular
por el barrio, caminando me di cuenta que quedaba cerca del cementerio y por
todos los callejones colindantes proliferaban funerarias, salas como en la que
velaban ahora a la abuela, florerías y bares. No sabía qué mierda escribir y
las horas corría vertiginosas sin compadecerse de mí. Entré a un bar qué con
mucho sentido común lo habían bautizado “El Quitapenas”. Pido el whiskey más
barato, que superó mis expectativas en lo módico del precio y en lo malo que
era. Cuando iba por el segundo vaso, miro a la mesa de al lado y veo un
borracho conocido que estaba semidormido agarrado a una botella de vino.
-
¡Abuelo!
¡Abuelo André!
-
¡¿Qué
chucha pasa?!... ah! Eres tú. Toma. Sírveme un vaso.
Nunca había visto al
abuelo de la Claudia tomar y viendo la botella no debió de haber tomado más de dos
vasos. Le llené su vaso y también el mío. Me preguntó si venía del velorio y si
había visto la cosa que le habían puesto en la cabeza a su esposa. Le dije que
era una pañoleta para que no se le abriera la boca.
-
Está
bien, ¡pero le dejaron la cara como una guirnalda por dios!
Le tomé el hombro y choqué su vaso en un
brindis por la difunta. Ahora que estábamos en confianza, le conté por qué me
había peleado con Claudia y que necesitada de su ayuda para escribir algo para
el funeral. No sabía si me lograba entender pero estoy seguro que lo intentaba
con todas sus fuerzas etílicas.
-
Entonces
abuelo, ¿Qué digo en el funeral?
-
Dile…
dile que la amo y que me perdone por no decírselo y que la amo y…
Quedó mirando hacia la muerte, viendo a su
esposa alejarse con el resto de la frase marchitándose en los costrones púrpuras
de vino que se formaban en sus labios. Y… no era necesario nada mas, me alegré
de estar ahí, de ser testigo de ese momento en el que el abuelo sin darse
cuenta lloraba. Se abrían camino entre las arrugas dos surcos salinos que no se
extinguirían en esas ojeras que acunaban las noches de una vida, en esas
mejillas que solo sabían de saludos y hoy se sorprendían por verse atravesadas
en la despedida, simplemente no se extinguirían mas. Mi elegía comienza ahora
en la trágica alegría de este minuto y ante la tristeza venidera del vacío.
-
… No se
preocupe abuelo. Yo se lo digo.
Rodrigo
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