sábado, 26 de octubre de 2013

Estamos varados

Nada se pierde con vivir, ensaya:
Aquí tienes un cuerpo a tu medida
Lo hemos hecho en la sombra
Por amor a las artes de la carne
Pero también en serio, pensando en tu visita
Para ti o para nadie.
Monólogo del padre con su hijo de meses /  Enrique Lhin.

Era nuestro primer día de trabajo en la faena. Teníamos que cercar una hectárea completa. Dos de los lados de la parcela estaban despejados, el tercero era una boscosa ribera de río y el cuarto, gentileza del patrón, no lo teníamos que cercar.

Tú cortaste con la orilladora la maleza de los dos lados despejados mientras yo, a fuerza de machete me abría camino por entremedio del bosque creando una recta por donde pasaría el cerco. El bosque se defendía enredándome los pies con sus raíces, cerrándome el paso con enredaderas y troncos caídos que ya eran parte del suelo, golpeándome con sus extensiones que caían muertas por el filo del machete, haciéndome retroceder y tomar distancia para poder dar un golpe metálico a sus duras carnes, desmembrándolo, cercenándolo, dejando abiertas heridas para que drene toda la savia de los árboles y que queden sus cadáveres yertos en el sendero genocida que dejó mi mano. Yo no quería esto, me parece ridículo cercar una porción de terreno en medio de la nada, en la que sus únicos visitantes, encima ocasionales, eran los jabalíes.

Para cuando cada uno acabó su tarea, el día había avejentado. Después de guardar todas las herramientas comenzamos a caminar de regreso hacia Pucón. Eran unos dos kilómetros hasta la carretera y desde ahí podríamos tomar el bus que en menos de media hora nos dejaría a un par de cuadras de nuestra casa. Trabajamos en silencio todo el día, sólo se oía el flujo del río lamiendo las rocas y las hojas, empujadas por el viento estrellándose en contra de sus hermanas.

Hace mucho que no hablamos, quisiera, aprovechando el camino que nos queda y si no te inoportuno, recordar.

Estábamos en La Serena pero pronto nos mudaríamos de ciudad, hacia el sur. En ese entonces no sabía lo que era extrañar, no había perdido nada aún, excepto un Gohan de plástico que buscaba incansablemente por todos los rincones del patio en donde fantaseaba que luchaba solo contra el mundo y aún así ganaba. Tiempo después supe que el pastor alemán del vecino se lo había comido, no tengo idea de cómo llegó ahí, en ese entonces mis días pasaron imaginándome el sur y ya no importaba ninguno de mis juguetes.

Sabía que toda la familia, incluyéndome, había nacido en el sur, y que llovía mucho y había muchos bosques y Mapuches que eran indígenas del sur, distintos a los Diaguitas que estaba acostumbrado a ver. Estos eran belicosos y no se rindieron nunca ante los españoles, por ello la Araucanía a la que íbamos era indomable.

Me lo contaste tú. Me lo contaste todo mientras íbamos a la quebrada de Talca. Esa quebrada perdida en el valle del Elqui  era nuestra mina de cuarzos. Había una extraña fijación en la familia por los cuarzos, especialmente la abuela que los creía una especie de limpiador energético de espacios, por ello íbamos seguido a esta quebrada y llenábamos la maleta del auto con todos los cuarzos que podíamos.

Ese día, uno de los últimos en La Serena, pasamos de todos los cuarzos, veníamos a simplemente estar. Esa tarde debíamos de quedarnos en casa porque venderíamos el juego de muebles del living. Teníamos que estar ahí para sacarles algo de plata porque no nos los podíamos llevar, aunque preciosos eran muy grandes y el flete, muy caro.

A pesar de ello decidiste llevarme a escalar el cerro más alto de la quebrada, subimos juntos, solo por subir. Me estabas regalando ese atardecer. Nos abrazamos en la cima, empapados los dos en sudor y así compartimos mi primer crepúsculo que se convertiría en nostalgia. Como tú recordabas y anhelabas el olor a tierra, la lluvia y el verde del sur, yo recuerdo y anhelo esa quebrada olvidada tan fértil de cuarzos.

Seguimos caminando y entre nosotros quedó ese tenso vacío que dejan las palabras que pueden horadarnos. Esperamos impacientes que la carretera apareciese y nos sacase de ese limbo.
Quedaba bastante camino, entonces seguí… Te acuerdas de esa vez, también en La Serena, en que volviendo de la casa de la señora Anita, nuestra nana, de un empujón sacaste a mi hermana del auto y la dejaste ahí, en medio de la noche en un lugar desconocido para cualquiera de nosotros, mientras yo te pedía a gritos y llorando que no la abandonases, que era mi hermana, obvié no sé por qué el hecho de que tú eras el padre. Te volviste de cuerpo completo, agarrando el volante con una sola mano para gritarme “¡Cállate, mierda!” y dando una vuelta en u, abriste la puerta del copiloto con la misma fuerza con la que la habías abierto para dejar a mi hermana tirada, y le hiciste una seña para que cruzase y se metiese al auto.

 ¿Por qué viejo?, no me puedo acordar por qué dejaste a mi hermana huérfana por un minuto…

Fue lo mismo cuando ya en Temuco, mi hermana en plena adolescencia, estaba hecha una histérica.  Por una pelea estúpida, en un arranque de furia, pateó la pared de la caja de la escala. Estaba hecha de internit, ¡De internit! Cualquiera que pasara se podía apoyar, y la pared se rompía. No fue para tanto, si mal no recuerdo, tú mismo la arreglaste en menos de dos días. No había por qué gritarle que saliera de su pieza a toda voz, no tenías por qué ante la negativa de salir, patear la puerta hasta sacar de su marco y hacerle un hoyo en medio, patearla hacia adentro y que volase con mi hermana incluida, no tendrías que haberla agarrado del pelo, arrastrarla por la pieza y ante la resistencia golpearla en la cara con el puño cerrado hasta dejarla sangrando de las narices, tenía solo 14 años, dos años más que yo y cómo me pesaban. Dos años más y podría haberla defendido, si fuese más grande o hiciese más deporte tal vez tendría las pelotas de ponerme en medio para recibir yo el golpe, si no hubiese dejado de jugar al fútbol por leer, si nunca hubiésemos salido de La Serena esto no hubiese pasado. Pero estábamos ahí, mi hermana pidiéndome a gritos que llamase a los pacos, mientras que tú le respondías “¡Los pacos, ¿Qué?, mocosa de mierda!, ¡Los pacos ¿Qué?!” al mismo tiempo que la volvías a agarrar del pelo levantándola del suelo ya tibio por las lágrimas y sangre depositada en él, para soltarla en el aire a un metro de altura y que cayese violentamente como una muñeca desarticulada y dejarla tirada, siendo una maraña de sollozos esperando el abrazo cobarde de un hermano que llegó tarde, cuando ya no significaba  nada.

Siempre la golpeabas cuando mi madre estaba afuera de la ciudad, cuando no había quién nos defendiera, ¿o esa era la idea? ¿Hacer mierda a mi hermana a golpes, y a mí cómplice de estos, para que creciéramos y soltáramos la teta?

Tú amas a mi vieja, y sabías que si golpeabas a mi hermana en su presencia, para ella, era peor que si los golpes los recibiese su propia carne. Te acuerdas cuando mi mamá trabajó en ese hogar de menores, y la mayor huérfana era ella, porque al involucrarse no solo desde el sillón de la directora, buscando darles un poco de cobijo a “las niñitas del hogar” y quererlas, legitimando su dolor, ése que estaba presente y era cotidiano, el abandono, se empapó tanto de toda la situación que su físico empezó a somatizar el dolor del cual ya era parte. Un fin de semana, uno de los pocos que estaba libre, mientras los dos compartían el baño, ella se desmaya y tú en un acto reflejo la alcanzas a sostener. Le besabas la frente y repetías su nombre, cuando pudiste recostarla en el piso del baño, llorando no decías mas que “te amo” una y otra vez, como una rogativa para alejar a la muerte, un te amo para sobrevivir los dos.

La amabas y aún así te dabas el gusto de ser un hijo de puta por muchos pasajes. Fue un año nuevo, dos veranos atrás, en que nos sentamos en la mesa los mismos de siempre, para comer un asado y tomar hasta que no pudiéramos mas. Después de la cena, mis hermanas y yo salimos cada uno por su cuenta.

Estabas sin trabajo y por ello el único ingreso que había en la casa era el arriendo de una pieza a dos brasileñas que ya considerábamos familia. Una llego a través de la universidad de  mi hermana y la segunda vivía ya hace un tiempo en Santiago pero como era asmática tenía que mudarse a una ciudad que no estuviese contaminada. En una visita a su amiga decidió quedarse con nosotros y por ello compartían una pieza en mi casa. El dormitorio que compartían resulto ser el mío y yo tenía una cama en la pieza de mis papas. Con esto mis hermanas ahora eran tres
A la madrugada siguiente, nos encontramos todos en el living de la casa, los mismos que comieron en la cena, pero destruidos de tanto alcohol y otras hierbas. Sentados nos quedamos mirando, sin nada para decirnos, pero contentos de estar ahí. Uno a uno nos enfilamos a nuestras camas, mareados y ayudándonos de las paredes para llegar a nuestros respectivos cuartos. Entro al baño para sacarle el agua al pájaro y meo por lo menos un minuto de corrido, me tengo que apoyar de la taza para no mear fuera y agarrarme entre el índice y el anular suave pero firmemente la callampa para apuntar bien. Salgo cansado del baño después de todo el esfuerzo por mear cuando siento en tu cama movimientos lentos y pesados. Solo escucho tu voz, diciendo “venga mijita rica”, cuando mi mamá de un manotazo levanta las frazadas de la cama y corre como puede hacia el baño tapándose la boca con una mano y apartándome del umbral de la puerta con la otra. Al pasar veo que se le escurre entremedio de los dedos de la mano con la que se tapa la boca un amarillo vómito. Después de hacer espacio para que pasara, al mismo tiempo que descarga una porción de cena en la taza del baño, tú te levantas como un hipopótamo somnoliento, manoteando el buzo del pijama de un solo lado, porque con el otro te vas afirmando de lo que puedes, pared, cama e hijo. No te das cuenta que todavía tienes la verga afuera, semi erecta, aún palpitante y bombeando sangre. Te apoyas en el otro dintel de la puerta y miras cómo se arquea mi madre y el vómito empieza a salir también por la nariz, cómo a cada nueva ola los dedos de mi vieja se quieren enterrar en la loza de la taza y el pelo se le ensucia con un vómito cada vez más acuoso. De alguna manera reacciono y le tomo el pelo para que no se le ensucie más. Ya vació todo su estómago pero siguen viniendo las arcadas, con cada una de éstas mi vieja queda suspendida en el espacio con la boca abierta y bajándole por el labio inferior un hilo tímido de saliva, que lentamente se lo quita con el dorso de la mano. Vuelvo la vista hacia la puerta pero al parecer hace mucho te fuiste. Acuesto a mi vieja y salgo hacia el living un poco mas espabilado. Estabas durmiendo con un vaso en la mano y una botella de vino derramada sobre la mesa. El olor era muy fuerte y a cada minuto se avinagraba más y más. Te despierto moviéndote el hombro. Me miras como si me fueras a matar y te respondo con la misma intención asesina. Te levantas lentamente y cuando te vas yendo me dices “limpia esto y cuando termines te vas a acostar”. Para no matarte, simplemente lo hago.

Hubo un momento en el que pudimos o debimos enfrentarnos hasta que alguno de los dos cayera. Era un almuerzo de invierno en Pucón. Sumaba en ese entonces mi segunda deserción escolar, ésta iba a ser la última y la definitiva. En el seno de la familia había una apertura ante mis decisiones que siempre eran radicales. Tú nunca te mostraste a favor, pero tampoco lo rechazaste de frentón. Como era común en ti, todo conflicto en la familia lo tapabas con silencio. Recuerdo que comíamos los cuatro, tú como cabecera de mesa, yo a tu lado derecho y mi hermana y mi vieja frente mío, a tu izquierda. No me puedo acordar por qué empezamos a discutir, en realidad en ese período toda conversación era un polvorín, nos mordíamos mutuamente tratando de buscar la palabra más desgarradora posible y zanjar el tema con uno de los dos herido y callado, yéndose a su pieza sin poder levantar la mirada del piso. Era una discusión como cualquier otra, si me preguntas por qué fue precisamente ésta la que desencadenó todo, tengo que culpar al azar. Cualquier discusión anterior podría haber terminado igual y era solo cuestión de tiempo que estalláramos cada uno con sus cruces a cuestas para escupirnos, golpearnos y si se daba lugar, matarnos. El hecho es que después de insultos llenos de bilis lanzados en la cara de uno y otro, decidiste darme un correctivo, una sola cachetada en la cara, a la que respondí instintivamente con un golpe de izquierda en pleno ojo. “Le pegaste a tu padre” dijiste sentenciando un acto que suponías imperdonable e imborrable en mi memoria como hijo. “Si, hijo de puta, sì”  te contesté conteniéndome de gritártelo en la cara, de gritarte todo lo que me había guardado: Sí, hijo de las re mil putas, cómo se siente que te contesten los golpes. ¿tienes las pelotas para darme otra ahora?, no es tan fácil con mi vieja presente, no es tan fácil golpearme a mí en vez de una niña de 14 años… ¡Tenía solo 14 años la puta que te parió!

“¡Ah! ¿Quieres pelear?” y te empujé botándote de la silla, me paré rápidamente y agarré el atizador de la estufa para volarte la cabeza. Tú agarraste la pala de las cenizas y nuestras zurdas se entrecruzaron cada una agarrando el pecho del otro, mientras nuestras diestras sostenían en el aire sendos pedazos de fierro que prometían bajar en velocidad para estrellarse y borrar una vida. Nos miramos fuera de nosotros y a la vez en la misma furia. Pero estuvieron mi hermana y mi vieja llorando a los gritos, mi hermana pidiendo por favor que nos calmáramos y tratando de bajar la pala de las cenizas y mi mamá me pedía suavemente que bajara el atizador al mismo tiempo que con la delicadeza que las nubes riegan las cumbres, tomó mi mano derecha hasta que la bajé y lo solté. Bajamos nuestras armas, pero no dejamos de mirarnos ni tampoco dejamos de querer matarnos. Seguían llorando mi hermana y mi vieja entre nosotros y ahora mi mamá solo decía entrecortadamente “Estamos enfermos… todos… enfermos”. Nos soltamos la ropa y empezamos a disputarnos el dolor de nuestras mujeres, tratando de abrazarlas a las dos, empujando la mano del otro cuando se posaba sobre la que teníamos más cerca. Nos culpábamos mutuamente con la mirada como diciendo “Mira lo que hiciste”

Por fin llegamos a la carretera. Hay una congestión en el tráfico terrible, vemos cómo se empieza a formar una fila de autos a un par de kilómetros más allá. El bus pasa más que lleno y no se detiene a pesar de nuestras señas. El cielo se cierra y empieza a lloviznar. Pasa un segundo bus igual de lleno que el anterior. Ante la impotencia, haces dedo para que nos lleven. Te digo que es inútil, que estos cuicos de mierda se van a fijar en nuestras zapatos con tierra, en nuestros jeans rotos, en nuestras caras sucias y no nos van a llevar aunque sus empresas dependiesen de eso.- Vamos viejo – sólo nos queda caminar. Camino yo primero y a cada tanto miro hacia atrás para ver a qué distancia vienes. Me sigues a unos cien metros. A veces espero un poco para acortarlos, pero llevas un paso cansino que vuelve a estirar la distancia entre nosotros. Caminamos, mientras la lluvia toma cada vez más fuerza. Somos dos tristes sombras que se empecinan en llegar a su respectiva hora ajena para no encontrarse.
La lluvia se vuelve una tormenta y el viento nos golpea en ráfagas capaces de tumbarnos. Te grito, te llamo, pero por el sonido de la lluvia reventándose en el asfalto, mas el viento rugiendo como un animal antediluviano, no me alcanzas a oír. Te busco con la mirada y no puedo ver más de un metro más allá. Grito tu nombre a todo pulmón y la lluvia y el viento hacen que caiga contra la carretera. Me protejo como puedo pero sigo gritando y sigo gritando.

La lluvia amaina y siento en mi espalda un tibio sol de otoño, este es otro tiempo como otro lugar. Reconozco esta alameda, es la entrada a Chillan viejo. Te busco en todas direcciones, sé que estás en algún lugar de este otoño. Camino en dirección a la salida sur y a lo lejos veo un gentío que camina en desorden. Te veo en medio de una colmena de chillanejos, todos con los rostros permeados en vino, trillas, cuecas y campo. Este es el Chillan donde todo comenzó. Buscas un rostro en particular, yo también busco pero me conformo con uno cualquiera, cualquiera puede ser mi abuelo. Sigo caminando hacia ti y soy parte del gentío, yo mismo podría ser mi abuelo. Ese que no existió, que ante la pregunta infantil de “¿dónde está el abuelo?”  me respondiste, mintiéndome y matándolo “está muerto”, una extraña y tácita muerte que no solo cesó sus latidos, sino que lo borró del recuerdo de su hijo, de toda existencia para sus nietos . Ante la insistencia de un “me habría gustado conocerlo”  bastó un grito rabioso y contenido diciendo “bueno, simplemente no se puede”

Llego al centro del gentío y nos miramos largamente reconociéndonos. Ambos callamos, porque tú eres incapaz de verbalizar tus errores y dar una disculpa que no fuese una careta y yo no puedo decidirme a sentir empatía por tu dolor. Nos miramos, desde entonces y para siempre horrorizados ante el espectáculo de nuestros rostros silentes, impíos los dos, amándonos a pesar de todo, pero huachos, falto de padre, los dos.

RODRIGO

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