Estamos
varados
Nada se pierde con vivir, ensaya:
Aquí tienes un cuerpo a tu medida
Lo hemos hecho en la sombra
Por amor a las artes de la carne
Pero también en serio, pensando en tu visita
Para ti o para nadie.
Monólogo del padre
con su hijo de meses / Enrique Lhin.
Era nuestro primer
día de trabajo en la faena. Teníamos que cercar una hectárea completa. Dos de
los lados de la parcela estaban despejados, el tercero era una boscosa ribera
de río y el cuarto, gentileza del patrón, no lo teníamos que cercar.
Tú cortaste con la orilladora
la maleza de los dos lados despejados mientras yo, a fuerza de machete me abría
camino por entremedio del bosque creando una recta por donde pasaría el cerco.
El bosque se defendía enredándome los pies con sus raíces, cerrándome el paso
con enredaderas y troncos caídos que ya eran parte del suelo, golpeándome con
sus extensiones que caían muertas por el filo del machete, haciéndome retroceder
y tomar distancia para poder dar un golpe metálico a sus duras carnes,
desmembrándolo, cercenándolo, dejando abiertas heridas para que drene toda la
savia de los árboles y que queden sus cadáveres yertos en el sendero genocida
que dejó mi mano. Yo no quería esto, me parece ridículo cercar una porción de
terreno en medio de la nada, en la que sus únicos visitantes, encima ocasionales,
eran los jabalíes.
Para cuando cada uno
acabó su tarea, el día había avejentado. Después de guardar todas las
herramientas comenzamos a caminar de regreso hacia Pucón. Eran unos dos
kilómetros hasta la carretera y desde ahí podríamos tomar el bus que en menos
de media hora nos dejaría a un par de cuadras de nuestra casa. Trabajamos en
silencio todo el día, sólo se oía el flujo del río lamiendo las rocas y las
hojas, empujadas por el viento estrellándose en contra de sus hermanas.
Hace mucho que no
hablamos, quisiera, aprovechando el camino que nos queda y si no te inoportuno,
recordar.
Estábamos en La Serena
pero pronto nos mudaríamos de ciudad, hacia el sur. En ese entonces no sabía lo
que era extrañar, no había perdido nada aún, excepto un Gohan de plástico que
buscaba incansablemente por todos los rincones del patio en donde fantaseaba
que luchaba solo contra el mundo y aún así ganaba. Tiempo después supe que el pastor
alemán del vecino se lo había comido, no tengo idea de cómo llegó ahí, en ese
entonces mis días pasaron imaginándome el sur y ya no importaba ninguno de mis
juguetes.
Sabía que toda la familia,
incluyéndome, había nacido en el sur, y que llovía mucho y había muchos bosques
y Mapuches que eran indígenas del sur, distintos a los Diaguitas que estaba
acostumbrado a ver. Estos eran belicosos y no se rindieron nunca ante los
españoles, por ello la Araucanía a la que íbamos era indomable.
Me lo contaste tú.
Me lo contaste todo mientras íbamos a la quebrada de Talca. Esa quebrada
perdida en el valle del Elqui era
nuestra mina de cuarzos. Había una extraña fijación en la familia por los
cuarzos, especialmente la abuela que los creía una especie de limpiador
energético de espacios, por ello íbamos seguido a esta quebrada y llenábamos la
maleta del auto con todos los cuarzos que podíamos.
Ese día, uno de los
últimos en La Serena, pasamos de todos los cuarzos, veníamos a simplemente
estar. Esa tarde debíamos de quedarnos en casa porque venderíamos el juego de
muebles del living. Teníamos que estar ahí para sacarles algo de plata porque
no nos los podíamos llevar, aunque preciosos eran muy grandes y el flete, muy
caro.
A pesar de ello
decidiste llevarme a escalar el cerro más alto de la quebrada, subimos juntos,
solo por subir. Me estabas regalando ese atardecer. Nos abrazamos en la cima,
empapados los dos en sudor y así compartimos mi primer crepúsculo que se
convertiría en nostalgia. Como tú recordabas y anhelabas el olor a tierra, la
lluvia y el verde del sur, yo recuerdo y anhelo esa quebrada olvidada tan
fértil de cuarzos.
Seguimos caminando y
entre nosotros quedó ese tenso vacío que dejan las palabras que pueden
horadarnos. Esperamos impacientes que la carretera apareciese y nos sacase de ese
limbo.
Quedaba bastante
camino, entonces seguí… Te acuerdas de esa vez, también en La Serena, en que
volviendo de la casa de la señora Anita, nuestra nana, de un empujón sacaste a
mi hermana del auto y la dejaste ahí, en medio de la noche en un lugar
desconocido para cualquiera de nosotros, mientras yo te pedía a gritos y
llorando que no la abandonases, que era mi hermana, obvié no sé por qué el
hecho de que tú eras el padre. Te volviste de cuerpo completo, agarrando el
volante con una sola mano para gritarme “¡Cállate, mierda!” y dando una vuelta
en u, abriste la puerta del copiloto con la misma fuerza con la que la habías
abierto para dejar a mi hermana tirada, y le hiciste una seña para que cruzase
y se metiese al auto.
¿Por qué viejo?, no me puedo acordar por qué
dejaste a mi hermana huérfana por un minuto…
Fue lo mismo cuando
ya en Temuco, mi hermana en plena adolescencia, estaba hecha una
histérica. Por una pelea estúpida, en un
arranque de furia, pateó la pared de la caja de la escala. Estaba hecha de
internit, ¡De internit! Cualquiera que pasara se podía apoyar, y la pared se
rompía. No fue para tanto, si mal no recuerdo, tú mismo la arreglaste en menos
de dos días. No había por qué gritarle que saliera de su pieza a toda voz, no
tenías por qué ante la negativa de salir, patear la puerta hasta sacar de su
marco y hacerle un hoyo en medio, patearla hacia adentro y que volase con mi
hermana incluida, no tendrías que haberla agarrado del pelo, arrastrarla por la
pieza y ante la resistencia golpearla en la cara con el puño cerrado hasta
dejarla sangrando de las narices, tenía solo 14 años, dos años más que yo y cómo
me pesaban. Dos años más y podría haberla defendido, si fuese más grande o
hiciese más deporte tal vez tendría las pelotas de ponerme en medio para
recibir yo el golpe, si no hubiese dejado de jugar al fútbol por leer, si nunca
hubiésemos salido de La Serena esto no hubiese pasado. Pero estábamos ahí, mi
hermana pidiéndome a gritos que llamase a los pacos, mientras que tú le
respondías “¡Los pacos, ¿Qué?, mocosa de mierda!, ¡Los pacos ¿Qué?!” al mismo
tiempo que la volvías a agarrar del pelo levantándola del suelo ya tibio por
las lágrimas y sangre depositada en él, para soltarla en el aire a un metro de
altura y que cayese violentamente como una muñeca desarticulada y dejarla
tirada, siendo una maraña de sollozos esperando el abrazo cobarde de un hermano
que llegó tarde, cuando ya no significaba
nada.
Siempre la golpeabas
cuando mi madre estaba afuera de la ciudad, cuando no había quién nos
defendiera, ¿o esa era la idea? ¿Hacer mierda a mi hermana a golpes, y a mí
cómplice de estos, para que creciéramos y soltáramos la teta?
Tú amas a mi vieja,
y sabías que si golpeabas a mi hermana en su presencia, para ella, era peor que
si los golpes los recibiese su propia carne. Te acuerdas cuando mi mamá trabajó
en ese hogar de menores, y la mayor huérfana era ella, porque al involucrarse
no solo desde el sillón de la directora, buscando darles un poco de cobijo a
“las niñitas del hogar” y quererlas, legitimando su dolor, ése que estaba presente
y era cotidiano, el abandono, se empapó tanto de toda la situación que su
físico empezó a somatizar el dolor del cual ya era parte. Un fin de semana, uno
de los pocos que estaba libre, mientras los dos compartían el baño, ella se
desmaya y tú en un acto reflejo la alcanzas a sostener. Le besabas la frente y
repetías su nombre, cuando pudiste recostarla en el piso del baño, llorando no
decías mas que “te amo” una y otra vez, como una rogativa para alejar a la
muerte, un te amo para sobrevivir los dos.
La amabas y aún así
te dabas el gusto de ser un hijo de puta por muchos pasajes. Fue un año nuevo,
dos veranos atrás, en que nos sentamos en la mesa los mismos de siempre, para
comer un asado y tomar hasta que no pudiéramos mas. Después de la cena, mis
hermanas y yo salimos cada uno por su cuenta.
Estabas sin trabajo
y por ello el único ingreso que había en la casa era el arriendo de una pieza a
dos brasileñas que ya considerábamos familia. Una llego a través de la
universidad de mi hermana y la segunda
vivía ya hace un tiempo en Santiago pero como era asmática tenía que mudarse a
una ciudad que no estuviese contaminada. En una visita a su amiga decidió
quedarse con nosotros y por ello compartían una pieza en mi casa. El dormitorio
que compartían resulto ser el mío y yo tenía una cama en la pieza de mis papas.
Con esto mis hermanas ahora eran tres
A la madrugada
siguiente, nos encontramos todos en el living de la casa, los mismos que
comieron en la cena, pero destruidos de tanto alcohol y otras hierbas. Sentados
nos quedamos mirando, sin nada para decirnos, pero contentos de estar ahí. Uno
a uno nos enfilamos a nuestras camas, mareados y ayudándonos de las paredes
para llegar a nuestros respectivos cuartos. Entro al baño para sacarle el agua
al pájaro y meo por lo menos un minuto de corrido, me tengo que apoyar de la
taza para no mear fuera y agarrarme entre el índice y el anular suave pero
firmemente la callampa para apuntar bien. Salgo cansado del baño después de
todo el esfuerzo por mear cuando siento en tu cama movimientos lentos y
pesados. Solo escucho tu voz, diciendo “venga mijita rica”, cuando mi mamá de
un manotazo levanta las frazadas de la cama y corre como puede hacia el baño
tapándose la boca con una mano y apartándome del umbral de la puerta con la
otra. Al pasar veo que se le escurre entremedio de los dedos de la mano con la
que se tapa la boca un amarillo vómito. Después de hacer espacio para que
pasara, al mismo tiempo que descarga una porción de cena en la taza del baño,
tú te levantas como un hipopótamo somnoliento, manoteando el buzo del pijama de
un solo lado, porque con el otro te vas afirmando de lo que puedes, pared, cama
e hijo. No te das cuenta que todavía tienes la verga afuera, semi erecta, aún
palpitante y bombeando sangre. Te apoyas en el otro dintel de la puerta y miras
cómo se arquea mi madre y el vómito empieza a salir también por la nariz, cómo
a cada nueva ola los dedos de mi vieja se quieren enterrar en la loza de la
taza y el pelo se le ensucia con un vómito cada vez más acuoso. De alguna
manera reacciono y le tomo el pelo para que no se le ensucie más. Ya vació todo
su estómago pero siguen viniendo las arcadas, con cada una de éstas mi vieja
queda suspendida en el espacio con la boca abierta y bajándole por el labio
inferior un hilo tímido de saliva, que lentamente se lo quita con el dorso de
la mano. Vuelvo la vista hacia la puerta pero al parecer hace mucho te fuiste.
Acuesto a mi vieja y salgo hacia el living un poco mas espabilado. Estabas
durmiendo con un vaso en la mano y una botella de vino derramada sobre la mesa.
El olor era muy fuerte y a cada minuto se avinagraba más y más. Te despierto
moviéndote el hombro. Me miras como si me fueras a matar y te respondo con la
misma intención asesina. Te levantas lentamente y cuando te vas yendo me dices
“limpia esto y cuando termines te vas a acostar”. Para no matarte, simplemente
lo hago.
Hubo un momento en
el que pudimos o debimos enfrentarnos hasta que alguno de los dos cayera. Era
un almuerzo de invierno en Pucón. Sumaba en ese entonces mi segunda deserción
escolar, ésta iba a ser la última y la definitiva. En el seno de la familia había
una apertura ante mis decisiones que siempre eran radicales. Tú nunca te
mostraste a favor, pero tampoco lo rechazaste de frentón. Como era común en ti,
todo conflicto en la familia lo tapabas con silencio. Recuerdo que comíamos los
cuatro, tú como cabecera de mesa, yo a tu lado derecho y mi hermana y mi vieja
frente mío, a tu izquierda. No me puedo acordar por qué empezamos a discutir,
en realidad en ese período toda conversación era un polvorín, nos mordíamos
mutuamente tratando de buscar la palabra más desgarradora posible y zanjar el
tema con uno de los dos herido y callado, yéndose a su pieza sin poder levantar
la mirada del piso. Era una discusión como cualquier otra, si me preguntas por
qué fue precisamente ésta la que desencadenó todo, tengo que culpar al azar.
Cualquier discusión anterior podría haber terminado igual y era solo cuestión
de tiempo que estalláramos cada uno con sus cruces a cuestas para escupirnos,
golpearnos y si se daba lugar, matarnos. El hecho es que después de insultos
llenos de bilis lanzados en la cara de uno y otro, decidiste darme un
correctivo, una sola cachetada en la cara, a la que respondí instintivamente
con un golpe de izquierda en pleno ojo. “Le pegaste a tu padre” dijiste
sentenciando un acto que suponías imperdonable e imborrable en mi memoria como
hijo. “Si, hijo de puta, sì” te contesté
conteniéndome de gritártelo en la cara, de gritarte todo lo que me había
guardado: Sí, hijo de las re mil putas, cómo se siente que te contesten los
golpes. ¿tienes las pelotas para darme otra ahora?, no es tan fácil con mi
vieja presente, no es tan fácil golpearme a mí en vez de una niña de 14 años…
¡Tenía solo 14 años la puta que te parió!
“¡Ah! ¿Quieres
pelear?” y te empujé botándote de la silla, me paré rápidamente y agarré el
atizador de la estufa para volarte la cabeza. Tú agarraste la pala de las
cenizas y nuestras zurdas se entrecruzaron cada una agarrando el pecho del
otro, mientras nuestras diestras sostenían en el aire sendos pedazos de fierro que
prometían bajar en velocidad para estrellarse y borrar una vida. Nos miramos
fuera de nosotros y a la vez en la misma furia. Pero estuvieron mi hermana y mi
vieja llorando a los gritos, mi hermana pidiendo por favor que nos calmáramos y
tratando de bajar la pala de las cenizas y mi mamá me pedía suavemente que
bajara el atizador al mismo tiempo que con la delicadeza que las nubes riegan
las cumbres, tomó mi mano derecha hasta que la bajé y lo solté. Bajamos
nuestras armas, pero no dejamos de mirarnos ni tampoco dejamos de querer
matarnos. Seguían llorando mi hermana y mi vieja entre nosotros y ahora mi mamá
solo decía entrecortadamente “Estamos enfermos… todos… enfermos”. Nos soltamos
la ropa y empezamos a disputarnos el dolor de nuestras mujeres, tratando de
abrazarlas a las dos, empujando la mano del otro cuando se posaba sobre la que
teníamos más cerca. Nos culpábamos mutuamente con la mirada como diciendo “Mira
lo que hiciste”
Por fin llegamos a
la carretera. Hay una congestión en el tráfico terrible, vemos cómo se empieza
a formar una fila de autos a un par de kilómetros más allá. El bus pasa más que
lleno y no se detiene a pesar de nuestras señas. El cielo se cierra y empieza a
lloviznar. Pasa un segundo bus igual de lleno que el anterior. Ante la
impotencia, haces dedo para que nos lleven. Te digo que es inútil, que estos
cuicos de mierda se van a fijar en nuestras zapatos con tierra, en nuestros
jeans rotos, en nuestras caras sucias y no nos van a llevar aunque sus empresas
dependiesen de eso.- Vamos viejo – sólo nos queda caminar. Camino yo primero y
a cada tanto miro hacia atrás para ver a qué distancia vienes. Me sigues a unos
cien metros. A veces espero un poco para acortarlos, pero llevas un paso
cansino que vuelve a estirar la distancia entre nosotros. Caminamos, mientras
la lluvia toma cada vez más fuerza. Somos dos tristes sombras que se empecinan
en llegar a su respectiva hora ajena para no encontrarse.
La lluvia se vuelve
una tormenta y el viento nos golpea en ráfagas capaces de tumbarnos. Te grito,
te llamo, pero por el sonido de la lluvia reventándose en el asfalto, mas el
viento rugiendo como un animal antediluviano, no me alcanzas a oír. Te busco
con la mirada y no puedo ver más de un metro más allá. Grito tu nombre a todo
pulmón y la lluvia y el viento hacen que caiga contra la carretera. Me protejo
como puedo pero sigo gritando y sigo gritando.
La lluvia amaina y siento
en mi espalda un tibio sol de otoño, este es otro tiempo como otro lugar.
Reconozco esta alameda, es la entrada a Chillan viejo. Te busco en todas
direcciones, sé que estás en algún lugar de este otoño. Camino en dirección a
la salida sur y a lo lejos veo un gentío que camina en desorden. Te veo en
medio de una colmena de chillanejos, todos con los rostros permeados en vino,
trillas, cuecas y campo. Este es el Chillan donde todo comenzó. Buscas un
rostro en particular, yo también busco pero me conformo con uno cualquiera,
cualquiera puede ser mi abuelo. Sigo caminando hacia ti y soy parte del gentío,
yo mismo podría ser mi abuelo. Ese que no existió, que ante la pregunta infantil
de “¿dónde está el abuelo?” me respondiste,
mintiéndome y matándolo “está muerto”, una extraña y tácita muerte que no solo
cesó sus latidos, sino que lo borró del recuerdo de su hijo, de toda existencia
para sus nietos . Ante la insistencia de un “me habría gustado conocerlo” bastó un grito rabioso y contenido diciendo
“bueno, simplemente no se puede”
Llego al centro del gentío y nos miramos largamente reconociéndonos. Ambos callamos, porque tú eres incapaz de verbalizar tus errores y dar una disculpa que no fuese una careta y yo no puedo decidirme a sentir empatía por tu dolor. Nos miramos, desde entonces y para siempre horrorizados ante el espectáculo de nuestros rostros silentes, impíos los dos, amándonos a pesar de todo, pero huachos, falto de padre, los dos.
RODRIGO
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