jueves, 10 de abril de 2014


Es el primer invierno después de la sangre. Una tibia tormenta sin suficiente fuerza, se posa en el sur de Chile como tantas otras sin decidirse a barrer con todo, con nosotros, conmigo. Llueve sin intermitencias y el agua corre por las calles disimulando que no conoce, ni ha sido testigo de mi hijo muerto… también llovía ese día.

Era un diciembre lluvioso cuando de vacaciones salimos los tres, tu hermano Benjamín que en ese entonces tenía cuatro años, Sofía y yo. Esperamos el año nuevo lejos del ruido de los balnearios y los tumultos. Arrendamos una cabaña de Chillan hacia la cordillera, camino a las termas en un lugar llamado Shangri la. A cada escampada de lluvia salíamos a caminar por senderos que bordeaban bosques de hualles. Nos maravillábamos con cada gesto de tu hermano que descubría lo que era una montaña, la tierra húmeda, las ahora cercanas cumbres con glaciares en sus laderas, la lluvia sin smog, solo el bosque crujiendo al moverse y el sonido del viento al estrellarse contra sus ramas. Las caminatas era cortas por que en cualquier momento volvía a largarse la lluvia, disfrutábamos de igual forma si de vuelta a la cabaña la lluvia nos alcanzaba y teníamos que correr con tu hermano a cuestas los tres riendo y empapados.
Estábamos en la puerta del verano y las lluvias venían en retirada. Sofía había acostado a Benjamín, exhausto de tanto jugar en la terraza de la cabaña. Los días eran largos pero apenas caía el sol, Benjamín abandonaba  su cuerpo de niño lleno de novedad, dejándolo en el piso desarticulado como si no lo fuese a ocupar mas, se iba a soñar arrastrándonos a nosotros, aunque despiertos ensoñando, maravillados con su respiración tan leve y bella, mientras lo arropábamos en su cama guardando que su viaje hacia los sueños tuviese vuelta.

Esa noche llovió por última vez en ese diciembre, llovía quedamente con gotas muy finas que apenas se escuchaban en el zinc de la cabaña. Hicimos el amor con Sofía confiados en ese Shangri la, en la lluvia de diciembre que era agua que vaticinaba sol, confiamos hasta los orgasmos,  empeñados los dos en que juntos veríamos el curso del tiempo atravesarnos y desgajarnos, mas juntos no habría desperdicio de segundo alguno. Así  amasamos tu cuerpo entre la cordillera y la lluvia, viniste siendo estío y reclamaste ese pequeño latido en gesta, desde entonces eres Enrique.
 Pasaron tres años y crecimos todos, crecieron nuestros hijos, creció la casa, el auto se transformo en una camioneta, tenemos una nana, Sofía y yo pasamos menos tiempo en casa porque tenemos que trabajar más, nos acostumbramos con desgano a fuerza de rutina.

Enrique tenía tres años cumplidos, Benjamín ocho y cuidaba de su hermano mientras nosotros no estábamos en casa, no lo perdía de vista, siempre lo llevaba en su espalda jugando al caballito o caminaban de la mano siempre juntos. Mucha veces después me pregunte porque justo en ese momento Enrique sin que nadie lo viese se puso a jugar detrás de la camioneta en su punto ciego para el conductor, lo veo caminando con sus pasos cortitos mirando el cielo cerrarse amenazando con llover veo el pálido reflejo de las nubes en sus pupilas cargadas de asombro, cuando un motor arranca y lo oye sin asustarse y una masa de metal, vidrios y caucho avanza sin darse cuenta de sus blandas carnes todavía de su ternura, de su “apa, ama, te amo” de sus dientes de leche, de su fascinación por el agua y no querer nunca salir de la tina, de sus besos babosos y prolongados, de su  manitas escarbando y jugando en el pelo de Sofía para quedarse dormido, de su mantita malva que no se la podemos lavar por nada del mundo y se enoja si la ve limpia o con un olor distinto al suyo, ese que deposito después de tantas noches abrazados, y vino el golpe, sordo, solo metal abollándose. Y me bajo apurado, ahora homicida, el peor hijo de puta que existe.
Llueve mientras grito, la mientras muerte unge su cabeza con barro, lluvia y sangre, bautizándolo con un nombre imposible de nombrar para nosotros, tan ajenos al silencio, tan irrespetuosamente vivos para con él.  Sólo lloro y grito.

Benjamín, vio como levantaba el cuerpecito de su hermano entre llantos ahogados y gritos, de espalda contra la pared clavo su mirada forzándose ser testigo de todo, cuando llego la nana y nerviosa también llorando trato de llevarlo hacia adentro, Benjamín de un manotazo la corre, no se pierde gota de sangre ni los sesos de su hermano escurriendo por mi pecho, levanta la cabeza para ver como lo acomodo en el asiento del copiloto y hasta le pongo el cinturón, nos ve alejarnos a toda velocidad para llegar tarde a urgencias de un hospital que sólo me ayudara a hacer el papeleo para el funeral.
Después de volver del hospital y tratar de explicarle a Sofía lo inexplicable, Benjamín se acerca y dispara a quema ropa un, “¿Papá, por qué mataste a mi hermano?”. Y me pregunto también yo, por qué lo mate, y no encuentro respuesta para ninguno de los dos y Benjamín sin estridencia ni sorna me clava la pregunta todos los días.

Sigue tocando la puerta y cada golpe es un,  “¿Papá, por qué mataste a mi hermano?” “¿Papá, por qué mataste a mi hermano?” “¿Papá, por qué mataste a mi hermano?” “¿Papá, por qué mataste a mi hermano?” “¿Papá, por qué mataste a mi hermano?” “¿Papá, por qué mataste a mi hermano?”.
Hoy es el primer invierno después de la muerte de Enrique. Benjamín acaba de llegar y está esperando a que le abra la puerta, la golpea suave pero seguido. Sabe que estoy aquí, con miedo de él, como animal apaleado que espera el golpe de gracia. Me levanto y camino hacia la puerta, me oye desde fuera y deja de tocar, le abro y nos quedamos mirando largo rato, espero que me pregunte de nuevo, pero ahora sabe que con solo mirarme me está preguntando por su hermano.
-         
-  No lo sé hijo, pero… -  no puedo terminar la frase. Pero… pero cómo no culpar a la lluvia.


 Rodrigo.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Me grita divertido, un panchero:

-¿Que paso papá, ya no estamos tan jóvenes como para matarla con el pie, cierto?

Camino por la vereda con tres gruesos libros bajo el brazo. En el intento de sacar el celular del bolsillo con la misma mano con la que apoyaba los libros, uno de ellos se cae hacia adelante y con el pie trato de atajarla como si fuese una pelota, como si corriese por la banda derecha y me diesen un pase al vacío en el que alcanzo a estirar mi pierna para bajarla con el empeine. Veo el límite de la vereda con la calle, como si fuese la línea de tiza, entonces hago correr la pelota por la banda en el césped del Nelson Oyarzún de Chillan. Mi equipo, Ñublense, como siempre está peleando por ascender a primera, aún así tenemos 8 mil personas en las gradas alentándonos.  Veo el espacio para correr hasta el banderín del tiro de esquina y centrarla. Me vienen a cerrar el paso, encaro al defensa y trato de ganarle el espacio empujando con el cuerpo, estamos cerca del punto de cornel. En un pique corto amago hacia afuera para que la pelota me quede a tiro de mi diestra, veo por lo menos tres camisetas rojas en el área. Mi marcador quedo pasado, piso fuerte con mi pierna izquierda, abro mi pecho y me inclino hacia un costado, estiro mi zurda al mismo tiempo que me agacho un poco para que la pelota se eleve y le pego con el borde interno queriendo que el tiro tenga comba y caiga a la olla, la pelota baja y se encuentra con una frente de nuestro equipo y se mete en la base del segundo palo, dejando sin  posibilidad al arquero que se estira hacia el palo solo por compromiso.  Corro hacia mis compañeros que vienen a mi encuentro para festejar, pero tropiezo con el libro que se me cayó, está abierto de par en par el viento pasa las hojas fuerza. Como no pude bajar ese libro, tampoco pude matarla con el pie en ese partido, en el Nelson Oyarzún. Recojo el libro lentamente, veo la hora en mi celular. Son las 9 menos 5. Ya está. Como esa vez, imposible dar vuelta este partido, llegu tarde de nuevo.


Rodrigo

sábado, 9 de noviembre de 2013

Noches alegres, mañanas tristes.

Para Sara.

En el pool por lo menos tres de mis amigos me dijeron que si no paraba de hinchar las pelotas me reventaban la cara. Siempre me pasa lo mismo cuando en medio de una borrachera sale un paraguayo prensado para que lo fume. Empiezo a tocar a la gente y reírme de ellos tratando de abrazarlos, cuando me da calor me desnudo sin importarme nada y mis amigos tienen que detenerme y nos terminan echando del lugar porque a pesar de que me gusta toquetear a la gente no me gusta que me toquen, me amurro y me quiero ir, desnudo a cualquier parte, lejos de la preocupación de los demás.

Terminé desnudo pero en mi cama, con medio cuerpo colgando fuera de ella y con una mancha gigante de baba en la almohada. Cuando me desperté para mear veo en mi pecho escrito con plumón “Acuérdate ROBLE 952”. Si no lo hubiese tenido en el pecho no me habría acordado, para mis adentros agradecí a los hijos de puta por haberme escrito el cuerpo, pero cuando me di vuelta y me vi el culo escrito con un Mete - mela respectivo en cada nalga, me 
indigné un poco.

Todavía lento y mareado por la noche anterior, me preparo un desayuno-almuerzo que no alcanzo a terminar por lo revuelta que tengo la panza. Borré todo lo escrito en mí a fuertes refregones de esponja cuando me duchaba, terminado esto solo dejé que me corriera el agua por el cuerpo, estuve mucho rato sin moverme sintiendo cómo las gotas se estrellaban contra mi piel y se transformaban en una sola masa de agua que cayendo me arropaba como una tela líquida que se adhería y se amoldaba a cada poro de mi cuerpo.

Salí de la ducha soltando vapor de todos los rincones. A esa hora, pasado el medio día siempre caía un haz de luz que en perpendicular atravesaba mi habitación. Desnudo me acerqué a la ventana para que el sol me secara, poco a poco el vapor que emanaba fue disminuyendo hasta que no había más rastro de él, salvo en las ventanas empañadas.
Me detuvo la sensación que había recuperado algo, que el vapor hubiese sido la materia que se fugaba y mi cuerpo la fractura que lo permitía. El sol me arropaba como el agua me había arropado hace unos minutos, todo estaba en orden de nuevo, sentía que podía salir otra vez a vivir.

 Partí en busca del Roble 952 a paso cansino sin preocuparme del día que ya devenía noche, como era invierno oscurecía muy temprano. Encontré la dirección sin dificultad alguna, toqué la puerta y salió a recibirme Lucía, mi suegra, que de entrada y sin poder reaccionar me toma del brazo y me invita a pasar con una sonrisa en la cara.
-   ¿Quieres ver a mi mamá?
-   Bueno…
En eso me arrastra adentro de la sala sujetándome delicadamente del brazo. Camínanos a paso rápido, hasta que llegamos donde está su mama.
-   Mira… ¡¿no esta bonita?!
-   Si…
-   Tiene los cachetitos coloraditos, yo la maquille.
-   Si… si… se ve bonita. Una pregunta…
-   Si, dime.
-   ¿Por qué tiene… mmmm… esa pañuelo…  alrededor de la cara? (con el índice hago una circunferencia a mi rostro mientras hablo)
-   Para que la boca no se le abra.
-   Ah! …
Nos quedamos un rato viendo a su mama en silencio. Yo estaba muy nervioso y no quería reanudar la conversación, así que simplemente le di el pésame como me habían ensañado: con un abrazo y un “ayudando a sentir”. Lucía prologaba el abrazo apretándome contra ella. Yo la verdad ya me quería ir a la mierda pero era la abuela de mi novia la que estaba en ese ataúd, y mi suegra, a la que quería montones estaba algo tocada por el dolor de la perdida, no podía ser tan hijo de puta e irme apenas había llegado, pero con justicia me preguntaba donde mierda estaba 
Claudia que me dejo con su vieja en ese estado.

Pensaba en todo eso cuando nos abrazábamos. Cuando nos estábamos separando Lucia me tomo de los hombros y me dijo con voz firme – Ahora ella está bien, porque está con los seres de luz – Y me quedo mirando largo y tendido con una débil sonrisa.
Ta! Se le corrieron todas las tejas la puta madre y justo conmigo por qué pene me tocó a mí la conchesumare- me decía para mis adentros mientras por fuera asentía hipócritamente con la cara más seria que podía poner.
Me miraba con sus dos manos sobre mis hombros y asentía, me miraba y yo asentía.

-   ¿¡POR QUÉ METIERON A MI ABUELITA EN UNA CASA TAN CHICA!?

Ese grito tan destemplado como sincero nos sorprendió a todos. Sol era la hermana menor de Claudia, parecía una muñequita de porcelana tenía unos rizos definidos como los comerciales de pantene, una piel casi transparente y unos ojos cafés gigantescos. Lo único malo es que tenía un genio de las re mil putas, no era raro que llegase gritando al velorio pero, ¿Por qué nadie le explicó que era un ataúd?

La pregunta de Sol quedó suspendida entre todos los presentes sin poder darle una respuesta que no fuese la brutal verdad. Para salvar la situación me acerqué con mi mejor sonrisa, la estaba saludando con un beso cuando una de sus pequeñas manos se me entierra en la mejilla alejándome de su cara y con mas enojo aún me dice que no me preguntaba a mí, sino a su mamá. Lucía hasta ahora estoica con su sonrisa y sus seres de luz no se había quebrado pero ante la inocencia lloró sin voz tapándose la boca mientras se arrodillaba para abrazar a su hija menor, aún enojada y sin poder comprender.

La sala que se arrendaba para velar el cadáver estaba próxima al cierre, me había pasado ahí la tarde y Claudia seguía sin aparecer. No intenté llamarla ni buscarla, si no quería aparecerse por el velorio, con todo lo visto esa tarde, era totalmente comprensible.

Pero llegó. Estaba hecha un estropajo, visiblemente débil por un trasnoche en la agonía. Sabía que se me venía encima una justa puteada, no estuve con ella por salir con mis amigos al pool, además si no fuese por ellos no hubiese podido llegar al velorio, a mí se me habría pasado por alto quizás hasta el funeral.
Nos saludamos y me llevó afuera prendido de un brazo con el mismo gesto y paso que Lucía me había llevado hasta el ataúd. Hablé primero para amortiguar el golpe, le conté todo lo que había pasado desde que llegué, lo de los seres de luz y lo de sol preguntando por qué habían metido a su abuela en una casa tan chica. Me escuchaba distraídamente, con una mano en la axila y con la otra sostenía el cigarro que fumaba en lentas pitadas que se convertían en grandes bocanadas de humo. Miraba el piso y con la punta de sus zapatos movía piedrecitas del suelo. Cuando terminé de hablar, Claudia siguió en la misma actitud, era un despeñadero de silencio en el que había caído por egoísta y cada segundo que pasaba más me rompía el cuerpo contra las paredes de ese abismo. Hasta que alzó la vista (me quería matar), pero por lo menos podía mirarla a los ojos. Difícilmente podría sostener esa mirada, así que bajé los ojos y empecé a jugar con piedrecitas como ella, esperando a que hablara.

-   Te voy a perdonar de una sola forma, tienes que hacer una elegía para leerla en el funeral.
-    ¡No!- me salió del alma y hasta a mi me dejó sorprendido.

 Claudia me quedó mirando boquiabierta por un instante, cuando pudo salir de su sorpresa empezó a asentir hacia el suelo con rabia. Yo la miraba sin saber qué decir. Tiró el cigarro al suelo y de un fuerte taconazo lo aplastó contra la vereda, me dio la espalda con la intención de entrar al velorio pero la alcancé a tomar de un brazo y decir “Espera por favor”. Dio una vuelta sobre sí misma y de un revés de palma me dio un sopla moco en toda la jeta. Sonó seco, como un golpe de puño y se sintió tan fuerte como uno. Me empujé con la lengua el labio inferior para ver dónde estaba la herida que me inundaba la boca en sangre, la miro enojado con el costado izquierdo de mi cara ardiendo, pero su enojo se sobrepone al mío. Retrocedo como la presa ante el depredador. Claudia me dice:

 - ¿Qué mierda te crees que eres? Yo no aguanto más, 
                  en serio no aguanto más…
-   Espera, no era lo que quería decir… es que apenas la conozco, ¿Cómo voy a escribir algo sobre ella si la vi cuatro veces en mi vida?
-   Yo te he contado casi toda la vida de ella, me la debes, además, ¿No eres escritor?
-   Sí, pero no tanto… Además, no me acuerdo de las veces que la vimos, fue hace mucho, lo único que podría escribir es que tu mama en el velorio me hablo de seres de luz y en su ataúd le amarraron la cabeza con una pañoleta que la hacía parecer esas guirnaldas que se ponen en las puertas en navidad, no se puede improvisar tanto Claudia…
-   ¡ME IMPORTA UNA MIERDA!, si me quieres volver a ver, llegas al funeral con una bonita elegía para mi abuela. Ya le avisé a todos que ibas a hablar en su funeral.

No me dejó responder, dio media vuelta y cerró de un portazo la puerta del velatorio. Empecé a deambular por el barrio, caminando me di cuenta que quedaba cerca del cementerio y por todos los callejones colindantes proliferaban funerarias, salas como en la que velaban ahora a la abuela, florerías y bares. No sabía qué mierda escribir y las horas corría vertiginosas sin compadecerse de mí. Entré a un bar qué con mucho sentido común lo habían bautizado “El Quitapenas”. Pido el whiskey más barato, que superó mis expectativas en lo módico del precio y en lo malo que era. Cuando iba por el segundo vaso, miro a la mesa de al lado y veo un borracho conocido que estaba semidormido agarrado a una botella de vino.

-   ¡Abuelo! ¡Abuelo André!
-   ¡¿Qué chucha pasa?!... ah! Eres tú. Toma. Sírveme un vaso.

Nunca había visto al abuelo de la Claudia tomar y viendo la botella no debió de haber tomado más de dos vasos. Le llené su vaso y también el mío. Me preguntó si venía del velorio y si había visto la cosa que le habían puesto en la cabeza a su esposa. Le dije que era una pañoleta para que no se le abriera la boca.
-   Está bien, ¡pero le dejaron la cara como una guirnalda por dios!

 Le tomé el hombro y choqué su vaso en un brindis por la difunta. Ahora que estábamos en confianza, le conté por qué me había peleado con Claudia y que necesitada de su ayuda para escribir algo para el funeral. No sabía si me lograba entender pero estoy seguro que lo intentaba con todas sus fuerzas etílicas.

-   Entonces abuelo, ¿Qué digo en el funeral?
-   Dile… dile que la amo y que me perdone por no decírselo y que la amo y…

     Quedó mirando hacia la muerte, viendo a su esposa alejarse con el resto de la frase marchitándose en los costrones púrpuras de vino que se formaban en sus labios. Y… no era necesario nada mas, me alegré de estar ahí, de ser testigo de ese momento en el que el abuelo sin darse cuenta lloraba. Se abrían camino entre las arrugas dos surcos salinos que no se extinguirían en esas ojeras que acunaban las noches de una vida, en esas mejillas que solo sabían de saludos y hoy se sorprendían por verse atravesadas en la despedida, simplemente no se extinguirían mas. Mi elegía comienza ahora en la trágica alegría de este minuto y ante la tristeza venidera del vacío.


-   … No se preocupe abuelo. Yo se lo digo. 

Rodrigo

sábado, 26 de octubre de 2013

Estamos varados

Nada se pierde con vivir, ensaya:
Aquí tienes un cuerpo a tu medida
Lo hemos hecho en la sombra
Por amor a las artes de la carne
Pero también en serio, pensando en tu visita
Para ti o para nadie.
Monólogo del padre con su hijo de meses /  Enrique Lhin.

Era nuestro primer día de trabajo en la faena. Teníamos que cercar una hectárea completa. Dos de los lados de la parcela estaban despejados, el tercero era una boscosa ribera de río y el cuarto, gentileza del patrón, no lo teníamos que cercar.

Tú cortaste con la orilladora la maleza de los dos lados despejados mientras yo, a fuerza de machete me abría camino por entremedio del bosque creando una recta por donde pasaría el cerco. El bosque se defendía enredándome los pies con sus raíces, cerrándome el paso con enredaderas y troncos caídos que ya eran parte del suelo, golpeándome con sus extensiones que caían muertas por el filo del machete, haciéndome retroceder y tomar distancia para poder dar un golpe metálico a sus duras carnes, desmembrándolo, cercenándolo, dejando abiertas heridas para que drene toda la savia de los árboles y que queden sus cadáveres yertos en el sendero genocida que dejó mi mano. Yo no quería esto, me parece ridículo cercar una porción de terreno en medio de la nada, en la que sus únicos visitantes, encima ocasionales, eran los jabalíes.

Para cuando cada uno acabó su tarea, el día había avejentado. Después de guardar todas las herramientas comenzamos a caminar de regreso hacia Pucón. Eran unos dos kilómetros hasta la carretera y desde ahí podríamos tomar el bus que en menos de media hora nos dejaría a un par de cuadras de nuestra casa. Trabajamos en silencio todo el día, sólo se oía el flujo del río lamiendo las rocas y las hojas, empujadas por el viento estrellándose en contra de sus hermanas.

Hace mucho que no hablamos, quisiera, aprovechando el camino que nos queda y si no te inoportuno, recordar.

Estábamos en La Serena pero pronto nos mudaríamos de ciudad, hacia el sur. En ese entonces no sabía lo que era extrañar, no había perdido nada aún, excepto un Gohan de plástico que buscaba incansablemente por todos los rincones del patio en donde fantaseaba que luchaba solo contra el mundo y aún así ganaba. Tiempo después supe que el pastor alemán del vecino se lo había comido, no tengo idea de cómo llegó ahí, en ese entonces mis días pasaron imaginándome el sur y ya no importaba ninguno de mis juguetes.

Sabía que toda la familia, incluyéndome, había nacido en el sur, y que llovía mucho y había muchos bosques y Mapuches que eran indígenas del sur, distintos a los Diaguitas que estaba acostumbrado a ver. Estos eran belicosos y no se rindieron nunca ante los españoles, por ello la Araucanía a la que íbamos era indomable.

Me lo contaste tú. Me lo contaste todo mientras íbamos a la quebrada de Talca. Esa quebrada perdida en el valle del Elqui  era nuestra mina de cuarzos. Había una extraña fijación en la familia por los cuarzos, especialmente la abuela que los creía una especie de limpiador energético de espacios, por ello íbamos seguido a esta quebrada y llenábamos la maleta del auto con todos los cuarzos que podíamos.

Ese día, uno de los últimos en La Serena, pasamos de todos los cuarzos, veníamos a simplemente estar. Esa tarde debíamos de quedarnos en casa porque venderíamos el juego de muebles del living. Teníamos que estar ahí para sacarles algo de plata porque no nos los podíamos llevar, aunque preciosos eran muy grandes y el flete, muy caro.

A pesar de ello decidiste llevarme a escalar el cerro más alto de la quebrada, subimos juntos, solo por subir. Me estabas regalando ese atardecer. Nos abrazamos en la cima, empapados los dos en sudor y así compartimos mi primer crepúsculo que se convertiría en nostalgia. Como tú recordabas y anhelabas el olor a tierra, la lluvia y el verde del sur, yo recuerdo y anhelo esa quebrada olvidada tan fértil de cuarzos.

Seguimos caminando y entre nosotros quedó ese tenso vacío que dejan las palabras que pueden horadarnos. Esperamos impacientes que la carretera apareciese y nos sacase de ese limbo.
Quedaba bastante camino, entonces seguí… Te acuerdas de esa vez, también en La Serena, en que volviendo de la casa de la señora Anita, nuestra nana, de un empujón sacaste a mi hermana del auto y la dejaste ahí, en medio de la noche en un lugar desconocido para cualquiera de nosotros, mientras yo te pedía a gritos y llorando que no la abandonases, que era mi hermana, obvié no sé por qué el hecho de que tú eras el padre. Te volviste de cuerpo completo, agarrando el volante con una sola mano para gritarme “¡Cállate, mierda!” y dando una vuelta en u, abriste la puerta del copiloto con la misma fuerza con la que la habías abierto para dejar a mi hermana tirada, y le hiciste una seña para que cruzase y se metiese al auto.

 ¿Por qué viejo?, no me puedo acordar por qué dejaste a mi hermana huérfana por un minuto…

Fue lo mismo cuando ya en Temuco, mi hermana en plena adolescencia, estaba hecha una histérica.  Por una pelea estúpida, en un arranque de furia, pateó la pared de la caja de la escala. Estaba hecha de internit, ¡De internit! Cualquiera que pasara se podía apoyar, y la pared se rompía. No fue para tanto, si mal no recuerdo, tú mismo la arreglaste en menos de dos días. No había por qué gritarle que saliera de su pieza a toda voz, no tenías por qué ante la negativa de salir, patear la puerta hasta sacar de su marco y hacerle un hoyo en medio, patearla hacia adentro y que volase con mi hermana incluida, no tendrías que haberla agarrado del pelo, arrastrarla por la pieza y ante la resistencia golpearla en la cara con el puño cerrado hasta dejarla sangrando de las narices, tenía solo 14 años, dos años más que yo y cómo me pesaban. Dos años más y podría haberla defendido, si fuese más grande o hiciese más deporte tal vez tendría las pelotas de ponerme en medio para recibir yo el golpe, si no hubiese dejado de jugar al fútbol por leer, si nunca hubiésemos salido de La Serena esto no hubiese pasado. Pero estábamos ahí, mi hermana pidiéndome a gritos que llamase a los pacos, mientras que tú le respondías “¡Los pacos, ¿Qué?, mocosa de mierda!, ¡Los pacos ¿Qué?!” al mismo tiempo que la volvías a agarrar del pelo levantándola del suelo ya tibio por las lágrimas y sangre depositada en él, para soltarla en el aire a un metro de altura y que cayese violentamente como una muñeca desarticulada y dejarla tirada, siendo una maraña de sollozos esperando el abrazo cobarde de un hermano que llegó tarde, cuando ya no significaba  nada.

Siempre la golpeabas cuando mi madre estaba afuera de la ciudad, cuando no había quién nos defendiera, ¿o esa era la idea? ¿Hacer mierda a mi hermana a golpes, y a mí cómplice de estos, para que creciéramos y soltáramos la teta?

Tú amas a mi vieja, y sabías que si golpeabas a mi hermana en su presencia, para ella, era peor que si los golpes los recibiese su propia carne. Te acuerdas cuando mi mamá trabajó en ese hogar de menores, y la mayor huérfana era ella, porque al involucrarse no solo desde el sillón de la directora, buscando darles un poco de cobijo a “las niñitas del hogar” y quererlas, legitimando su dolor, ése que estaba presente y era cotidiano, el abandono, se empapó tanto de toda la situación que su físico empezó a somatizar el dolor del cual ya era parte. Un fin de semana, uno de los pocos que estaba libre, mientras los dos compartían el baño, ella se desmaya y tú en un acto reflejo la alcanzas a sostener. Le besabas la frente y repetías su nombre, cuando pudiste recostarla en el piso del baño, llorando no decías mas que “te amo” una y otra vez, como una rogativa para alejar a la muerte, un te amo para sobrevivir los dos.

La amabas y aún así te dabas el gusto de ser un hijo de puta por muchos pasajes. Fue un año nuevo, dos veranos atrás, en que nos sentamos en la mesa los mismos de siempre, para comer un asado y tomar hasta que no pudiéramos mas. Después de la cena, mis hermanas y yo salimos cada uno por su cuenta.

Estabas sin trabajo y por ello el único ingreso que había en la casa era el arriendo de una pieza a dos brasileñas que ya considerábamos familia. Una llego a través de la universidad de  mi hermana y la segunda vivía ya hace un tiempo en Santiago pero como era asmática tenía que mudarse a una ciudad que no estuviese contaminada. En una visita a su amiga decidió quedarse con nosotros y por ello compartían una pieza en mi casa. El dormitorio que compartían resulto ser el mío y yo tenía una cama en la pieza de mis papas. Con esto mis hermanas ahora eran tres
A la madrugada siguiente, nos encontramos todos en el living de la casa, los mismos que comieron en la cena, pero destruidos de tanto alcohol y otras hierbas. Sentados nos quedamos mirando, sin nada para decirnos, pero contentos de estar ahí. Uno a uno nos enfilamos a nuestras camas, mareados y ayudándonos de las paredes para llegar a nuestros respectivos cuartos. Entro al baño para sacarle el agua al pájaro y meo por lo menos un minuto de corrido, me tengo que apoyar de la taza para no mear fuera y agarrarme entre el índice y el anular suave pero firmemente la callampa para apuntar bien. Salgo cansado del baño después de todo el esfuerzo por mear cuando siento en tu cama movimientos lentos y pesados. Solo escucho tu voz, diciendo “venga mijita rica”, cuando mi mamá de un manotazo levanta las frazadas de la cama y corre como puede hacia el baño tapándose la boca con una mano y apartándome del umbral de la puerta con la otra. Al pasar veo que se le escurre entremedio de los dedos de la mano con la que se tapa la boca un amarillo vómito. Después de hacer espacio para que pasara, al mismo tiempo que descarga una porción de cena en la taza del baño, tú te levantas como un hipopótamo somnoliento, manoteando el buzo del pijama de un solo lado, porque con el otro te vas afirmando de lo que puedes, pared, cama e hijo. No te das cuenta que todavía tienes la verga afuera, semi erecta, aún palpitante y bombeando sangre. Te apoyas en el otro dintel de la puerta y miras cómo se arquea mi madre y el vómito empieza a salir también por la nariz, cómo a cada nueva ola los dedos de mi vieja se quieren enterrar en la loza de la taza y el pelo se le ensucia con un vómito cada vez más acuoso. De alguna manera reacciono y le tomo el pelo para que no se le ensucie más. Ya vació todo su estómago pero siguen viniendo las arcadas, con cada una de éstas mi vieja queda suspendida en el espacio con la boca abierta y bajándole por el labio inferior un hilo tímido de saliva, que lentamente se lo quita con el dorso de la mano. Vuelvo la vista hacia la puerta pero al parecer hace mucho te fuiste. Acuesto a mi vieja y salgo hacia el living un poco mas espabilado. Estabas durmiendo con un vaso en la mano y una botella de vino derramada sobre la mesa. El olor era muy fuerte y a cada minuto se avinagraba más y más. Te despierto moviéndote el hombro. Me miras como si me fueras a matar y te respondo con la misma intención asesina. Te levantas lentamente y cuando te vas yendo me dices “limpia esto y cuando termines te vas a acostar”. Para no matarte, simplemente lo hago.

Hubo un momento en el que pudimos o debimos enfrentarnos hasta que alguno de los dos cayera. Era un almuerzo de invierno en Pucón. Sumaba en ese entonces mi segunda deserción escolar, ésta iba a ser la última y la definitiva. En el seno de la familia había una apertura ante mis decisiones que siempre eran radicales. Tú nunca te mostraste a favor, pero tampoco lo rechazaste de frentón. Como era común en ti, todo conflicto en la familia lo tapabas con silencio. Recuerdo que comíamos los cuatro, tú como cabecera de mesa, yo a tu lado derecho y mi hermana y mi vieja frente mío, a tu izquierda. No me puedo acordar por qué empezamos a discutir, en realidad en ese período toda conversación era un polvorín, nos mordíamos mutuamente tratando de buscar la palabra más desgarradora posible y zanjar el tema con uno de los dos herido y callado, yéndose a su pieza sin poder levantar la mirada del piso. Era una discusión como cualquier otra, si me preguntas por qué fue precisamente ésta la que desencadenó todo, tengo que culpar al azar. Cualquier discusión anterior podría haber terminado igual y era solo cuestión de tiempo que estalláramos cada uno con sus cruces a cuestas para escupirnos, golpearnos y si se daba lugar, matarnos. El hecho es que después de insultos llenos de bilis lanzados en la cara de uno y otro, decidiste darme un correctivo, una sola cachetada en la cara, a la que respondí instintivamente con un golpe de izquierda en pleno ojo. “Le pegaste a tu padre” dijiste sentenciando un acto que suponías imperdonable e imborrable en mi memoria como hijo. “Si, hijo de puta, sì”  te contesté conteniéndome de gritártelo en la cara, de gritarte todo lo que me había guardado: Sí, hijo de las re mil putas, cómo se siente que te contesten los golpes. ¿tienes las pelotas para darme otra ahora?, no es tan fácil con mi vieja presente, no es tan fácil golpearme a mí en vez de una niña de 14 años… ¡Tenía solo 14 años la puta que te parió!

“¡Ah! ¿Quieres pelear?” y te empujé botándote de la silla, me paré rápidamente y agarré el atizador de la estufa para volarte la cabeza. Tú agarraste la pala de las cenizas y nuestras zurdas se entrecruzaron cada una agarrando el pecho del otro, mientras nuestras diestras sostenían en el aire sendos pedazos de fierro que prometían bajar en velocidad para estrellarse y borrar una vida. Nos miramos fuera de nosotros y a la vez en la misma furia. Pero estuvieron mi hermana y mi vieja llorando a los gritos, mi hermana pidiendo por favor que nos calmáramos y tratando de bajar la pala de las cenizas y mi mamá me pedía suavemente que bajara el atizador al mismo tiempo que con la delicadeza que las nubes riegan las cumbres, tomó mi mano derecha hasta que la bajé y lo solté. Bajamos nuestras armas, pero no dejamos de mirarnos ni tampoco dejamos de querer matarnos. Seguían llorando mi hermana y mi vieja entre nosotros y ahora mi mamá solo decía entrecortadamente “Estamos enfermos… todos… enfermos”. Nos soltamos la ropa y empezamos a disputarnos el dolor de nuestras mujeres, tratando de abrazarlas a las dos, empujando la mano del otro cuando se posaba sobre la que teníamos más cerca. Nos culpábamos mutuamente con la mirada como diciendo “Mira lo que hiciste”

Por fin llegamos a la carretera. Hay una congestión en el tráfico terrible, vemos cómo se empieza a formar una fila de autos a un par de kilómetros más allá. El bus pasa más que lleno y no se detiene a pesar de nuestras señas. El cielo se cierra y empieza a lloviznar. Pasa un segundo bus igual de lleno que el anterior. Ante la impotencia, haces dedo para que nos lleven. Te digo que es inútil, que estos cuicos de mierda se van a fijar en nuestras zapatos con tierra, en nuestros jeans rotos, en nuestras caras sucias y no nos van a llevar aunque sus empresas dependiesen de eso.- Vamos viejo – sólo nos queda caminar. Camino yo primero y a cada tanto miro hacia atrás para ver a qué distancia vienes. Me sigues a unos cien metros. A veces espero un poco para acortarlos, pero llevas un paso cansino que vuelve a estirar la distancia entre nosotros. Caminamos, mientras la lluvia toma cada vez más fuerza. Somos dos tristes sombras que se empecinan en llegar a su respectiva hora ajena para no encontrarse.
La lluvia se vuelve una tormenta y el viento nos golpea en ráfagas capaces de tumbarnos. Te grito, te llamo, pero por el sonido de la lluvia reventándose en el asfalto, mas el viento rugiendo como un animal antediluviano, no me alcanzas a oír. Te busco con la mirada y no puedo ver más de un metro más allá. Grito tu nombre a todo pulmón y la lluvia y el viento hacen que caiga contra la carretera. Me protejo como puedo pero sigo gritando y sigo gritando.

La lluvia amaina y siento en mi espalda un tibio sol de otoño, este es otro tiempo como otro lugar. Reconozco esta alameda, es la entrada a Chillan viejo. Te busco en todas direcciones, sé que estás en algún lugar de este otoño. Camino en dirección a la salida sur y a lo lejos veo un gentío que camina en desorden. Te veo en medio de una colmena de chillanejos, todos con los rostros permeados en vino, trillas, cuecas y campo. Este es el Chillan donde todo comenzó. Buscas un rostro en particular, yo también busco pero me conformo con uno cualquiera, cualquiera puede ser mi abuelo. Sigo caminando hacia ti y soy parte del gentío, yo mismo podría ser mi abuelo. Ese que no existió, que ante la pregunta infantil de “¿dónde está el abuelo?”  me respondiste, mintiéndome y matándolo “está muerto”, una extraña y tácita muerte que no solo cesó sus latidos, sino que lo borró del recuerdo de su hijo, de toda existencia para sus nietos . Ante la insistencia de un “me habría gustado conocerlo”  bastó un grito rabioso y contenido diciendo “bueno, simplemente no se puede”

Llego al centro del gentío y nos miramos largamente reconociéndonos. Ambos callamos, porque tú eres incapaz de verbalizar tus errores y dar una disculpa que no fuese una careta y yo no puedo decidirme a sentir empatía por tu dolor. Nos miramos, desde entonces y para siempre horrorizados ante el espectáculo de nuestros rostros silentes, impíos los dos, amándonos a pesar de todo, pero huachos, falto de padre, los dos.

RODRIGO
La estocada
     
     Sergio era un dolor en las pelotas, insoportable en todas sus formas. Especialmente por su verborrea y su necesidad obsesiva de ser escuchado. Tenía un conocimiento chamuyero de todos los temas posibles. Según la ocasión podía ser astrónomo para explicar su propia teoría de cómo mueren las estrellas, haciendo una mezcolanza de súper novas con enanas blancas con el big-bang para calcular “a ojo” cuanto nos demoraríamos en años luz en ver como una estrella al azar desapareciese del firmamento para, un minuto después, dar cátedra de como se debería manejar al país económicamente erradicando los sindicatos, que eran lo que frenaban el crecimiento.    Era un completo tarado, pero si yo, su mejor amigo no lo soportaba ¿Quién? Si hasta sus viejos arrancaban de los largos discursos en que empezaba afirmando un punto para después de dar vueltas a sí mismo, como un perro que se persigue la cola, terminar diciendo exactamente lo opuesto a lo que sostenía en un comienzo (y eso que era hijo único).

   Crecimos juntos, somos compañeros de curso desde Kinder y amigos desde entonces. Sergio no era tan rompe bolas cuando chico, por lo menos no más que yo o que cualquiera de nuestros compañeros. Ninguno de los dos sobresalía de la media, lo único que nos distinguió fue que éramos inseparables, nos sentábamos uno al lado del otro en todas las clases, vivíamos cerca así que íbamos y volvíamos del colegio juntos, todas las tareas grupales la hacíamos juntos a pesar de la tentativa de los profesores de separarnos, siempre nos ingeniábamos para volver al otro. Hubo solo una faceta en la que a la par fuimos mejores que el resto, los dos jugábamos bien a la pelota. Éramos volantes con llegada, pero Sergio como era zurdo iba por la banda izquierda y yo como diestro corría por la derecha. Cuando empezamos a jugar por la selección de nuestro curso, nos bautizaron como los hermanos korioto por el anime “Los súper campeones”, incluso más de una vez ensayamos el “Tiro mellizo” en el que los dos le daban a la pelota al mismo tiempo, pero no nos daba para tanto.

   Pasaron los años y llego nuestra adolescencia, el tiempo en el que buscaríamos diferenciarnos. Pero no pasó así, lo único que cambio en nosotros fue que nos invadió una abulia terrible que, sumado al descubrimiento de la mano en círculo, nos dejo inhabilitados de cualquier actividad física. Así dejamos de ser los hermanos korioto, para ser unos pajeros cualquiera.

   El punto de inflexión para nosotros fue a los diecisiete cuando los dos en la misma fiesta y con la misma mina perdimos la virginidad. Belén iba en un curso paralelo al nuestro pero todos la conocíamos porque fue a la primera que le salieron tetas, lo que la  volvió la mejor mina con la que se podía estar por mucho tiempo. Su cuerpo se desarrolló precozmente, tenía un muy buen cuero pero de cara era media Federica. A los de los cursos mayores les chupaba un huevo, viendo una oportunidad con una pendeja la aprovecharon y fue la primera en tener una seguidilla de novios, todos de cursos mayores. A los diecisiete venía con muchos polvos encima y todos sabían que proponiéndoselo la mina te cogía. Si te acostabas con otra mina podías decir que te la chamullaste y tú te la habías tirado, pero con Belén era distinto, siempre era ella la que te cogía a ti, casi como una especie de iniciación, un raro servicio a la comunidad de vírgenes de nuestro colegio.

   Cansados los dos de echarnos la paja le pedimos a Belén nuestro primer polvo. Nos dijo que no aceptaba tríos por una mala experiencia con dos locos que ya se había graduado, pero sí nos podía coger por separado. Aceptamos y quedamos en vernos en una fiesta a la que todo nuestro curso estaba invitado. Compramos juntos nuestros primeros condones, unos que decían que retardaban la eyaculación, no porque fuésemos precoces sino porque aunque fuese Belén queríamos dejar una buena impresión, si la cagábamos de entrada se podía echar a correr el rumor y no cogíamos más. Antes de salir de casa, me llama Sergio para recordarme que me lavase la pija, por si nos la chupaba, yo le respondo que era improbable, - Peros somos buenos tipos, en una de esas viene con regalo la cosa- aunque ya me había duchado y hasta perfumado, me metí al baño y en el lavamanos me enjaboné el chino tuerto y me lavé por segunda vez hasta las pelotas.

   Llegamos con un elegante atraso que nadie noto porque ya estaban todos borrachos y además nadie parecía esperarnos. Preguntamos por Belén pero no sabían o no entendían de qué estábamos hablando, uno que venía de vomitar el patio y por ello un poco más espabilado, nos dijo que estaba en una pieza del segundo piso. Como lo habíamos conversado, Sergio se adelanto y fue a por su primera vez. Yo salí al patio y me dedique a tomarles el pelo a mis compañeras de curso que se metían los dedos para vomitar por turnos en un lavadero que estaba en una esquina. Vomitaban para poder seguir tomando y suerte que el lavadero no tenía rejilla para filtrar los pedazos de comida que vertían desde sus estómagos, sino hubiese quedado rebalsado en kilos y kilos de comida regurgitada. En eso estaba cuando desde dentro, Sergio me hace la señal para decirme que es mi turno.

   Cuando subí solo había una lámpara de velador encendida. Belén estaba desnuda al borde de la cama. Tenía las piernas estiradas y las entrecruzaba a la altura de los tobillos se apoyaba en la cama con los dos brazos, curvando hacia atrás los hombros, lo que la hacía sacar pecho. Con un gesto de su mano me hizo entender que tenía que desnudarme. Tímidamente me saque prenda por prenda, mientras hipnotizado miraba los pequeños pezones morenos que coronaban sus pulposos senos, tan recorridos y experimentados, tan lamidos y besados, ante esa luz que le golpeaba las carnes, de perfil y en tono sepia, se me antojaban perfectos, sabiendo que no podrían ser míos, que este acto sería una luz que me encandilaría y desaparecería para darle el testimonio de las mismas carnes al siguiente en la posta. Aunque estábamos los dos sin ropa alguna, no la podía igualar en desnudez, la suya era una versión prístina del deseo mismo.

   Me acerque lentamente y me senté a unos centímetros de ella. Belén se acomodó y me empezó a masturbar muy suavemente mientras me hablaba. – Mira, a Sergio se le rompió el condón mientras tirábamos, igual no pasa nada porque estoy tomando pastillas, pero si te incomoda lo dejamos para la otra y te hago una paja y listo-

Negué con la cabeza, sin poder hilvanar palabra, se sonrío, me besó con fuerza y se montó encima mío. Sentí como entraba en ella fácilmente lubricada por el semen de Sergio. Tal vez a otro le habría parecido asqueroso, hasta intolerable de solo pensarlo pero para mí era como si fuese mi propio semen. Sin condón creí que acabaría pronto, pero lo hicimos lentamente, de forma acompasada, dándonos tiempo para recorrernos hasta conocernos y cuando ningún poro de nuestros cuerpos era sorpresa para el otro, acabé dentro de ella.

   Ya vistiéndome le pregunté si nos acompañaba abajo en la fiesta. Me contestó que se duchaba y se iba a su casa. No pregunte mas, le di las gracias y me fui en busca de Sergio. Lo encontré acostado a todo su largo en un sillón del living de la casa. Cuando me vio venir sonrió para después reír y enseguida estallar en un grito de alegría, yo me reí hasta las lágrimas y como dos imbéciles decidimos emborracharnos para celebrar.

   Tomamos cuanto pudimos y cuando no nos cabía más pisco en el cuerpo, fuimos a vomitar para seguir tomando y tomando. Borrachos al borde de caer en un coma etílico volvimos a nuestras casas apoyándonos de lo que encontráramos. Fue cuando lo deje abrazado a un árbol en frente de mi casa para poder sacar las llaves y así poder entrar, que se desplomó recto hacia delante, y contra la berma de la calle se abrió la cabeza.       Las putas llaves no querían salir de mi bolsillo, cuando logre sacarlas y con mucho esfuerzo meterla en la cerradura para abrir la puerta, recién ahí me di cuenta de lo que pasó, volví corriendo y por el susto se me paso la borrachera. Lo primero que ví fue su nuca intacta mirando mi casa, mientras silente me acercaba a su rostro pegado al asfalto.   Pude ver su frente cortada en diagonal, la piel se plegaba sobre los bordes de la herida como un cartón que hubiesen arrugado, al centro se veía el blanco del cráneo. Parpadeaba lentamente con un solo ojo, porque el otro estaba empapado en sangre. Alrededor de su cabeza se formaba un charco que desde arriba podría haberse visto como una aureola.

Con un hilo de voz repetía “Sergio, Sergio” me agaché para que me pudieses oír, estaba en un transe de negación e impotencia cuando siento el mismo golpe que debió haber sentido, grito desgarrándome del dolor y caigo enfrentándonos cara a cara. No me puedo mover pero siento el sonido de los vecinos viniendo en nuestra ayuda, antes de desvanecerme veo como me dice sin voz –Vamos a estar bien.

Teníamos diecisiete y gracias a ese golpe el tiempo se detuvo en él. Cada segundo que pasaba nos alejaba, ya no pudimos mas crecer juntos. Al despertarme en el hospital, me dijeron que había tenido un shock nervioso. A Sergio le estaban haciendo un scanner en el cerebro pero a primera vista estaba bien, consiente y lúcido. Cuando pude entrar en su habitación del hospital, tenía un vendaje en toda la cabeza. Lo único que cambió es que hablaba mucho y con todos, esperaba secretamente que se le pasase, pero aparte de romperse la cabeza rompió su crisálida y se volvió un gigantesco rompe bolas. Nunca hablamos de lo que paso esa noche, de cómo la berma nos había golpeado a los dos por igual, de la conciencia compartida del frío asfaltado, ambos desvirginados, desmayados sobre la noche que abrió y cerro el telón de nuestra melliza verdad: sin importar qué, no nos separaríamos mas.

A parte de la verborrea, tras el golpe, Sergio tenía un dolor punzante en línea con el pezón, entre la tercera y la cuarta costilla derecha contando de abajo hacia arriba. Sentía que un bicho le estaba escarbando las carnes en esa zona, que comía esos tensos tejidos de entre huesos, y rasgaba y cortaba por mero gusto. Al verse al espejo, palpándose ese lugar no encontraba nada fuera de lo normal, ninguna inflamación o coloración que indicase que había algo extraño en su cuerpo. Ante la presión de su índice el dolor no acrecentaba, de hecho nunca se hizo más agudo, solo permaneció tanto, pero tanto tiempo que ya ni siquiera lo consideraba un dolor, era una pequeña molestia que el tiempo se encargo de reducirla hasta el punto de casi hacerla desaparecer.

Ese día yo tenía que cursar a la tarde, y como era costumbre, almorzamos juntos en mi departamento y después cada uno salía por su cuenta.

Mientras cocinaba, Sergio mirando al cielo me dice que va a llover, yo le pregunto que como lo sabe. –Huele a oxígeno-  responde. – ¿Cómo mierda huele a oxigeno? ¿Qué? Tienes una nariz atómica. –Cuando va llover se siente el olor a oxígeno- insistió. - No, hijo de puta, ¡no!, no sé qué mierda estas oliendo pero no se huele el oxígeno. No hay una fragancia a Argón cómo no te llega una brisa cargada en el perfume del hidrógeno-.

-Bueno, quizás me expresé mal-.

La reacción normal de Sergio en estos casos era seguir este diálogo hasta que, cansado, lo mandase a la mierda o lo dejase hablando solo. Nunca se daba por vencido y menos reconocía el error. Por la sorpresa me quedé sin saber cómo reaccionar y almorzamos en silencio.

A parte de reconocer su error que ya era mucho, no había un cambio notable en él. Siguió inmutable con sus mismos gestos y manías de un adolescente de 17 años.

Hacía ya una semana que el baño olía a mierda. Al destapar la rejilla me di cuenta que estaba por anegar todo. Traté de solucionar el problema sacando los pelos y otras cosas que había, que eran obstáculo para que el agua corriese. Hecho esto saque el sifón y espere en vano que se arreglara el problema, el agua no corrió y seguía oliendo a mierda. Con el plomero habíamos quedado en que venía a eso de las dos, pero eran las dos y cuarto y no llegaba. Aunque era más importante arreglar el baño porque ya no soportaba el olor a mierda, tenía que cursar. Estando Sergio en pleno ocio post almuerzo, le pedí que esperara al plomero por mí. Al segundo me dijo que sí, que no me preocupara. De nuevo tenía una reacción anormal, un Sergio cotidiano se habría quejado como un niño y habría puesto una excusa cualquiera para no quedarse, y al final, después de pedírselo por tercera vez, aceptaría.

Cuando salí, estaba peleando con un gigante y un mamut en skyrim, tan despreocupado como siempre.

Salí contrariado y empecé a caminar dudando en volver y hacerle compañía. La facultad me quedaba a unos veinte minutos caminando, estaba a un par de cuadras de distancia, cuando siento un frío metálico que me apuñala entre la tercera y la cuarta costilla contando de abajo hacia arriba. Me desplomo en la vereda y contengo el grito de dolor. –Mierdamierdamierda, no debí haberlo dejado solo-

Di media vuelta y empecé a correr como pude, el dolor había desaparecido y me sentía ligero como nunca. A la entrada del edificio todos mis vecinos empalidecieron al verme. Subí ante el estupor de todos. Por la puerta de mi departamento salía un cuerpo en una camilla, envuelto en nylon. Entro y veo el piso hecho una sola poza de sangre, y en medio de ella, una hoja metálica a medio sumergir en la vida de mi amigo desparramada a mis pies.

Su dolor era el vaticinio de esa puñalada que me correspondía, y su permanencia en la tierra era la prolongación de mi vida. Ahora que todo tiene sentido poco importa, pues se ha muerto mi extensión más bella punto y coma Sergio.


Rodrigo

viernes, 18 de octubre de 2013

Esa noche Ana no pudo dormir. Luis roncaba a su lado hacía rato, los niños dormían sin el menor ruido. A las 5 no pudo más y se levantó. Primero fue al baño. Se miró en el espejo y se encontró vieja, agotada, ojerosa. Pensó que nunca tenía tiempo para detenerse a mirar su rostro en el espejo.
Fue  hacia la cocina y se sentó frente a la mesa. Comenzó a pintarse las uñas, pero las manos le temblaban sobre el individual celeste. Debería haberlo entendido todo, pero no podía predecir el futuro. Nunca fue muy rápida en darse cuenta de las cosas, toda su vida transcurrió en una rutina predecible y certera haciendo todo tal y cómo debía, una buena esposa, una buena madre, una excelente ama de casa.
Sus manos temblaban mientras el rojo esmalte se posaba en sus uñas y manchaba levemente los costados de sus dedos. Se aferraba a ese ínfimo momento como si fuese lo único que podía salvarla: un momento para ella, se decía casi como un mantra, llenándose de odio y sepultando la culpa.
Los niños aún dormían. También Luis. El despertador sonaría en cualquier momento. Con todos los dedos pintados agitó sus manos en el aire mientras tarareaba muy bajito una canción antigua. No pudo con su ansiedad y puso a hervir agua para el desayuno. Vió unas migas en el suelo, y corrió a buscar el trapo. Se corrió aún más la pintura de sus uñas, que aún no había secado del todo después de la tercera mano. Limpió las migas y en ese preciso instante el despertador sonó. Luis tardó un poco en despabilarse, pero se sorprendió de no ver a su mujer a su lado.
La llamó y le preguntó por la camisa blanca. Ana no respondió. Los niños aún dormían. Eran las 6.30 de la mañana y ella no había preparado el desayuno, no había planchado la camisa de Luis, los niños llegarían tarde al colegio, Luis se enojaría con ella, le gritaría, el agua de la pava chillaba detrás de ella, sentada frente a la mesa de la cocina, con sus manos manchadas temblando sobre el individual celeste.   

Verónica

martes, 15 de octubre de 2013

Tenía laringitis obstructiva. También tenía 6 años y vivía en La Serena con mis dos viejos y mi hermana, pero esto es accesorio para llegar hasta donde debo. El hecho objetivo es que la laringe se me inflamaba al punto de obstruir el paso del aire y solo veía a mi vieja a mi lado que me tomaba la mano, mientras escuchaba a mi papá caminando ansioso y llamando a la ambulancia. Tenía que esforzarme por respirar hasta el punto que por la fuerza ejercida a cada inhalación la boca aunque seca, se me llenaba de un herrumbroso sabor a sangre.

Cada respiración me era más dificultosa y cada vez mis pulmones recibían menos aire. No fue solo una vez en la que me vi privado de respirar por la obstrucción de mi laringe. Siempre de noche, siempre mi vieja tomándome la mano y para completar la escena mi papá llamando a la ambulancia una y otra vez, el mismo cuadro, una y otra vez.

La muerte era la asfixia. Cercana pero vaporosa muerte, que me tomaba por el cuello en las noches hasta que la ambulancia llegase con sus tanques de oxígeno y sus gases mentolados quitándome las garras de la calva del pescuezo, expulsándola a la fuerza de nuestra casa, dándole una patada en el huesudo culo, un portazo en la cara y celebrando que se haya ido a la mierda. Esto no era tan así, porque vengativa volvía una noche al azar y se pudría todo y mi mamá me tomaba la mano cuando yo me esforzaba por respirar mi papá llamaba a la ambulancia el gas mentolado y la pálida a la mierda otra vez.

Mi viejo por su trabajo debía recorrer grandes distancias por el norte de Chile. Vivíamos en la frontera sur del desierto de Atacama, unos kilómetros hacia el norte y caímos en la más brutal soledad. Por conocer y aprovechando que mi viejo podía, le pedí que me llevara al desierto. Aceptó y partimos al medio día hacia el norte, orillábamos el mar y el desierto nos circundaba, nos adentrábamos en él, yo como copiloto de mi infancia partíamos a la nada. Al ver una casa abandonada nos estacionamos al borde de la carretera para explorarla, encontramos unos casquetes de balas de fusil y una araña pollito, grande y peluda pero inocua y aburrida. Mientras mi papá preparaba unos sándwiches yo fui a caminar por unas quebradas que estaban a unos metros de la carretera, quería encontrar algo grandioso como una momia o un dinosaurio, algo para contarle a mi hermana cuando volviese. Recorría cada rincón con la mirada para que nada se me escapase y sin darme cuenta me metí en las fauces del único animal que reside en el desierto de Atacama, el silencio. No es metafórico, es real, sentí una viscosidad en todo el cuerpo, un frío a 30 grados y a pleno sol que parecía que me iba a desintegrar átomo por átomo, no podía moverme ni pedir ayuda. Obviamente no se escuchaba nada, ni el viento, ni la carretera, pero tampoco podía escuchar mis latidos, no tenía pensamientos, solo un miedo cerval que no me dejaba respirar, me quedé congelado en un espacio que ninguna ley en el universo regía, ya no sentía y poco a poco se iba evaporando mi conciencia sin poder resistirme ni detener, este silencio me iba a hacer desaparecer. Un auto a lo lejos, lo sentí venir y escuché la goma de sus llantas sobre el pavimento caliente, pude girar en esa dirección y corrí, escapé como pude de esa quebrada sabiendo que ese animal tuvo compasión de mí o simplemente no le era apetitoso engullirme. Cuando me vio venir mi papá corriendo y empapado en sudor me preguntó que qué pasaba. Nunca acerté a cabalidad una respuesta como aquella vez que le respondí con silencio.

Después de eso, la muerte no volvió a apretarme el cuello, tal vez porque ya había pasado por mucho o le había perdido el miedo conociendo algo peor que la asfixia.


Rodrigo